Stendhal
Alianza Editorial (1997), 588 páginas
Los seguidores de Stendhal (el seudónimo de Marie Henry Beyle, 1783-1842) nunca se pondrán de acuerdo acerca de cuál es su mejor novela: ésta o Rojo y Negro. Ninguna fue acogida con entusiasmo, pero hoy lo han consagrado como uno de los autores canónicos del romanticismo del siglo XIX. El no ser reconocido en vida no lo preocupó especialmente (Si existe otro mundo, no dejaré de ir a ver a Montesquieu, y si me dice: “Pobre amigo, no ha tenido usted ni un ápice de talento”, me causaría enojo, pero en absoluto sorpresa. A menudo pienso: ¿Qué ojo puede verse a sí mismo? De su inconclusa autobiografía Vida de Henry Brulard). Escribió La Cartuja de Parma en un torrente de inspiración. El 4 de noviembre de 1839 Stendhal se encerró en un cuarto de París y no salió hasta terminarla, el 25 de diciembre. La novela fue publicada en 1839, en dos partes. El le editor quitó casi trescientas páginas, lo que se nota hacia el final, donde se pierde el detalle minucioso de los primeros capítulos. La historia gira alrededor del noble italiano Fabricio del Dongo, quien crece en las riberas del Lago Como. Allí vive una tranquila existencia hasta que cruza la frontera sin pasaporte (grave delito en aquella época), para pelear junto a Napoleón, en Waterloo. Comienzan así las aventuras que permiten al protagonista forjar su definitiva personalidad. La fuerza escondida que lo conduce es la búsqueda del amor. No aquel enamoramiento que dura sólo cuando la mujer deseada está presente –tan abundante en la vida cortesana que le toca vivir-, sino que aquel sublime sentimiento que permite enfrentar gustoso el destino trágico. El mismo que en el capítulo 9 le anunciara el abate Blanes, su maestro de juventud: sería injustamente encarcelado, escaparía y terminaría sus días dedicado a la reflexión solitaria (en la Cartuja de Parma). La grandeza de Stendhal radica en cómo pinta con palabras un cuadro que permite apreciar con igual nitidez paisajes, vida social y política, sentimientos y personalidades. Así se aprecian con gran exactitud: los hermosos paisajes rurales y urbanos del norte de Italia; las turbulencias políticas del siglo XIX, marcadas por la mayor o menor adhesión a la monarquía y a la iglesia; la vida en las cortes de los diversos reyes y las intrigas palaciegas. Las diferencias sociales entre nobles, burgueses y gentes del pueblo (sirvientes y campesinos); las instituciones policiales y jurídicas. Finalmente, la psique de cada uno de los personajes que emerge con notable nitidez: la amada tía del héroe, la duquesa Sanseverina; el hábil ministro Mosca, protector del héroe; su amada y virtuosa Clelia Conti; Ernesto IV, príncipe de Parma, que pretende gobernar los destinos de toda Italia. Todos tienen una voz propia que no parece provenir del narrador, a diferencia de lo que ocurre con su héroe, Fabricio, que junto a Julien Sorel (héroe de Rojo y Negro), son retratos parciales del propio Stendhal. No es coincidencia que ambos, al igual que su creador, no tengan el menor afecto por su padre y que sean acérrimos bonapartistas.