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EDICIÓN | Agosto 2010

El arte de vivir

Melina Vivado Landea
El arte de vivir

Abrió sus ojos en el corazón de una familia ligada a la pintura. De mente soñadora y pies inquietos, tenía dieciséis años cuando partió a recorrer Sudamérica. Como una golondrina de invierno, recorrió mil pueblos, saboreó cientos de historias y quiso hacer suyo el reto de ser diferente. Hoy divide sus tiempos entre Cachagua y Asia. En sus esquemas no existe el para siempre, sólo el aquí y el ahora. Como esta entrevista.

Por Macarena Ríos R.<br /> Fotografía Vernon Villanueva B.

Son las diez de la mañana y la tibieza del sol se hace sentir a través de los ventanales de su casa-taller. Desde su puerta pintada de sueños, se puede admirar el inmaculado verde del Club de Golf de Cachagua. Interminables árboles y un mar profundo a lo lejos complementan un paisaje que la tiene eternamente enamorada y que, cada cierto tiempo, la hace volver a sus raíces desde el corazón de Bali.

Rodeada de cuadros, telas y lienzos, la casa de esta joven pintora es una invitación al relajo y la tranquilidad. Revela el exquisito arte de vivir en paz. Sin prisas ni trámites. Como si estuviera suspendida en el tiempo.

Afuera, en algún lugar, su hijo Kai pasea en brazos de Josh, un surfista australiano que se ganó su corazón y que, poco a poco, se ha transformado en su norte, a pesar de su vital independencia que la marcó desde pequeña.

Melina es feliz. Su estilo de vida, sus viajes incansables y el óleo sobre tela denotan sus pasiones. Con una taza de té que entibia el espíritu, nos invita a compartir su particular visión del mundo y la magia que la inspira al pintar. La de la madre naturaleza, la del océano, de Bali, la India y sus seres queridos.

<strong>PARAÍSO ASIÁTICO</strong>

Impulsada por las historias que contaba Calá Vicuña, el segundo marido de su mamá —la pintora Carolina Landea—, Melina siempre soñó con conocer la capital de Indonesia. Con apenas dieciocho años partió a Asia, al país de las mil islas. Reconoce que los primeros seis meses fueron duros, pero que después de conocer la onda de los balineses y su cultura, todo fue distinto. “Son tremendamente alegres, viven el día a día. No son de mucha plata ni de cosas materiales, lo único que les preocupa es tener dinero para hacer las ceremonias, una de las cosas más lindas que tienen”. Y en eso se les va la vida, en agradecer, a través de ritos plagados de flores e inciensos, el estar vivos y sanos.

<em><strong>¿Es posible vivir del arte allá?</strong></em><br /> Al principio hacía exposiciones y no pasaba nada, porque nadie me conocía, pero hay un movimiento de arte grande en Bali. La corriente artística de la isla se influenció mucho con la llegada de los holandeses hace años. Hay muchas comunidades de artistas que viven en las montañas. Bastante europeo que fabrica ropa, muebles, todo tipo de cosas hechas a mano, al estilo handicraft.

<em><strong>Llevas diez años en un ir y venir constante, ¿qué es lo que más te ha impactado?</strong></em><br /> Ha habido un par de momentos angustiantes que me han hecho cuestionarme seriamente mi permanencia en la isla. Uno fue el atentado terrorista que hubo en Bali, el 2002, y el otro el de las torres gemelas. Como era un ataque musulmán e Indonesia es uno de los países musulmanes más grandes del mundo, inevitablemente te preguntas cuán segura estás ahí.

Pero el corazón de Melina ya era parte de Bali, una isla hinduista en medio de un país musulmán. “¡Esta ciudad me ha entregado tanto! Es mi inspiración, mi puerta hacia Oriente, mi incursión a todo lo que he aprendido. No era cosa de llegar y arrancar”.

Durante todo este tiempo, Melina ha aprendido a cultivar la paciencia, a valorar el día a día, a estar más conectada con el presente en un lugar milenario, donde el calor agota, el hielo vale oro y no existe el agua potable. “Eso es lo que tiene un poco Asia, no vives proyectándote en cómo va a ser mañana, allá se vive el momento y cada día es bien mágico, porque te conectas con el presente, y es el presente el que te entrega todo lo que necesitas”. Y justamente esos son sus tipos de días: levantarse temprano, aprovechar las mañanas, ir al mercado, caminar por la playa, disfrutar un agua de coco. Y pintar.

<em><strong>“Dentro de mis planes está el tener un velero y hacer viajes dentro de Indonesia y Asia, trabajar con gente de distintas islas en proyectos culturales, de arte y ecológicos”.</strong></em>

<strong>HIJA DEL RIGOR</strong>

Melina dejó el colegio a los catorce años y empezó a mochilear por Sudamérica a los dieciséis. “Sentía que ya no encajaba para nada. Ya no quería entender materias que para mí no tenían ningún significado. Anhelaba ser libre, desarrollar otras habilidades, ver otros paisajes. Pintar”.

Nieta de Cuca Burchard, es la cuarta generación de una familia de pintores que partió con el primer Premio Nacional de Arte que hubo en Chile: Pablo Burchard. Dice que tuvo desde siempre un pincel entre sus dedos. “Pinto desde que tengo uso de razón. Todas las mañanas me iba a la cama de mis abuelos y me hacían dibujar”.

En esa época, Melina vivía con su abuela y le pidió que no la llevara más al colegio. Cuca le dijo que sí. “Me dijo: ‘bueno, pero no te vas a quedar en la casa haciendo nada; haz lo que sabes hacer: pinta’. Igual trató de buscarme un colegio más artístico, pero no encontramos nada”.

Sin tener un estilo muy definido, se dejó guiar por la mano de su abuela. Hoy reconoce un cierto parecido con los trazos de su mamá y con los de Gonzalo, su padre. Pero, sin duda, su permanencia en Asia le ha cambiado la piel y los colores. La magia y el misterio de ese continente la inspiraron a entrar a un nuevo ciclo en su pintura. A un auto descubrimiento. “Mis cuadros hablan de viajes, de temáticas más espirituales, de paisajes que veo a diario allá. Incluso puedes ir viendo la evolución en <a href="http://melinadelmar.com">http://melinadelmar.com</a>”.

<em><strong>Siempre pintas formatos grandes, ¿te acomoda?</strong></em><br /> La mayoría de mis cuadros son grandes, me gustan de ese tamaño. Pero si estoy viajando necesito algo más funcional, entonces pinto cuadros más pequeños como retratos y paisajes.

<em><strong>¿Qué quieres transmitir a través de tus pinturas?</strong></em><br /> Cuando la gente compra un determinado cuadro lo hace porque algo le pasa con esa pintura en particular; a mí me gustaría transmitir sanación. Trato de hacer una conexión con la naturaleza. Tengo una pintura que me encanta. La hice en uno de mis viajes a Tailandia. Es de un monasterio donde los monjes conviven con los tigres. Hay algunos que han ido llegando solos. Es increíble.

Para esta artista, que no cree en el “para siempre”, la vida es una gran aventura. “Trato de no quedarme en las primeras capas de las cosas, sino de conocer y profundizar”. En lo inmediato, quiere aprender la técnica de la escultura, en Bali, con una familia de escultores que vive allá. “Necesito explorar más, hacer algo más tridimensional y no quedarme solamente en el óleo y la tela”.

<strong>KAI</strong>

Su vida dio un giro inesperado con la llegada de Kai, su primer hijo, hoy de casi 1 año. Aunque siempre primó la idea de tenerlo en Bali, los hilos del destino la llevaron a elevar anclas y a cruzar el Índico para exponer en Cachagua. “Estando en Chile me bajó el síndrome del nido (ríe). Era marzo y ya tenía como seis meses. También me dio angustia estar sin mi mamá, sin mi familia y decidimos tenerlo acá, aunque en condiciones totalmente alejadas a lo que yo soñaba”.

Claro, porque Kai nació en invierno, en plena crisis de la influenza humana. “Fue bien duro, yo quería tenerlo bajo el agua, pero al final fue cesárea en una clínica convencional y tuvimos que estar enclaustrados durante harto tiempo en mi casa en Cachagua”.

<em><strong>¿Qué quieres para tu hijo?</strong></em><br /> Mira, en este momento, y con todo lo hippie que soy, me preocupa el tema de su salud con tanto viaje mío. En Asia los climas son distintos, pero en Bali hay buenas clínicas y harta asistencia médica, sobre todo porque Australia está al lado.

“Quiero que Kai se acostumbre a vivir como yo vivo. Tengo un grupo de amigos nómades con los que nos encontramos en distintas partes del mundo y tienen sus hijos así y viven de esa manera. Me gustaría seguir viajando, conociendo… con Josh tenemos proyectos de vida bien aventureros y creo que para Kai va a ser muy entretenido, pero siento que a los niños les gusta tener sus amigos y su casa, así que creo que mi base va a ser Bali”.

Melina entrelaza sus finos dedos en la taza de té. Sus ojos se pierden en el horizonte. La brisa marina nos envuelve mientras nos cuenta que los balineses aman a los niños, que para ellos son lo más cercano que tienen a Dios, que dentro de sus planes está el tener un velero y hacer viajes dentro de Indonesia y Asia, trabajar con gente de distintas islas en proyectos culturales, de arte y ecológicos. “El hecho de que mi hijo crezca con todo eso va a ser súper enriquecedor, más que enseñarle cosas en un colegio. Ver y palpar distintas culturas lo va a hacer crecer muchísimo como persona”.

El camino natural que une su casa a la de su mamá, está lleno de esculturas asiáticas e hindúes, fruto de los eternos viajes de esta pintora que se niega a echar raíces. Escuchamos los balbuceos del pequeño Kai, que aparece con Josh, un tipo alto, moreno, de sonrisa eterna e inmaculada. “Este es mi mundo, mi nido”, susurra una Melina enamorada, plena, llena de vida.

 

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