India del Norte tiene cierto aspecto persa y sabor a mutton tandori, es decir a cordero asado picante. La India que huele a coco; la de caras morenas, arte y arquitectura esencialmente hindú, ésa queda al sur del río Narmada.
Cintura acuosa es el Narmada, uno de los pocos ríos que fluye de Este a Oeste, y divide el país en dos. Se escurre por una cuenca que delinea un quiebre geológico y climático. Al norte quedan las resecas llanuras polvorientas con sus veranos ardientes. Al sur reina el trópico, glauco y aromático. Hay más pluviosidad y menos calor. Pero, el río Narmada es además la marca histórica que separó por mil años la India musulmana de la otra, la hindú.
En el año 1100, invadieron India varios grupos turcos e iranios-afganos, que trasladaron a tales nuevos territorios sus querellas y luchas, obligando a la población hindú a un repliegue hacia el Sur. Nacía Delhi, en el mismo sitio de hoy pero siendo entonces un sistema de fortalezas que resguardaban al sultán de turno con sus tropas. Los nombres suenan a fábula: Qutb-ud-din, Allauddin (o Aladín), Iltutmish; ésos, y otros, fueron los gobernantes que instalaron un reinado islámico, el que por su superioridad táctica y a través de expediciones y ataques, causaron el desconcierto en los reinos hindúes existentes. Hasta que muchos de ésos se unieron bajo un solo mando. El líder de las fuerzas hindúes fue un príncipe llamado Jarijara, o Jakka, quien creó y dirigió por veinte años el imperio de Vijayanagara. Se le llamó S?mr?yya, ó S?mr?yyamu que significa “el reino universal”; Vijayanagara fue la amplia área de poder que abarcó buena parte del Sur de India, desde su fundación, en 1336, hasta su fin, en el año 1646.
El nombre Vijayanagara se debe a la ciudad que encabezó esa asociación política. Vijayanagara significa “Ciudad de la Victoria”, nombre bien puesto. Sus ruinas están en la actual Hampi, a 770 Km al Sur de Bombay. Ciudad inexpugnable, capaz de llevar al triunfo a la unión hindú. Levantada en un paraje inaudito: un valle de piedra que no necesita murallas ni almenas; sólo los templos y los santuarios para lograr el amparo divino. Vijayanagara tenía el poder sacro, y el brazo fuerte de sus hombres. Con ese prestigio creó una coalición que detuvo el avance del Islam. Y con férreo mando también condujo una administración y economía unificada que permitió la prosperidad general. Por eso y con razón se le llamó “el Imperio de Vijayanagara”. Sus puertos y ciudades fueron visitados por maravillados viajeros europeos como Domingo Paes, Fernão Nuñes y Niccolò Da Conti, que escribieron acerca del poder y riqueza de Vijayanagara. Fuerza y dominio que se expresó en una arquitectura triunfal, extendida no sólo por todo el Sur de India, sino también a otros reinos de impronta hindú existentes en el Sudeste Asiático. A esa expansión cultural se le llama “estilo Vijayanagara”, como se ve aún hoy en sobrecargados templos con sus característicos pórticos monumentales, llamados gopurams. Aunque lo más relevante fue el liderazgo militar contra el Islam; y por consecuencia, el sentido protector que poseyó este imperio sobre las tendencias y manifestaciones del hinduismo.
En el contexto de las creencias e ideas hindúes, Vijayanagara fue el rashtra, es decir el reino ideal que gobierna con sabiduría, protege el saber, las artes y las letras. Al Sur del río Narmada, reinó un orden que permitió la madurez de las lenguas vernáculas derivadas del sánscrito, las que hasta hoy se hablan. Y, como corresponde a un “reino santo”, protegió la religión y el pensamiento, así como desplegó con eficacia los cánones y regulaciones que provenían de los libros de sabiduría tradicional, consiguiendo la prosperidad y el bienestar. Se aplicaron tecnologías de irrigación, de almacenaje, y exportación de mercancías -principalmente especias. Vijayanagara tiene una indirecta conexión con América. Sus puertos repletos de pimienta, comino, cardamum y otras apetecidas especias, llevaron a Cristóbal Colón a intentar el viaje hacia la India por el poniente.
Sentado un día, en lo que queda de Vijayanagara, en Hampi, en aquel paisaje que parece set de filmaciones de películas de ciencia ficción, me pareció oír el sonido de una gran concha marina que llamaba a concurrir al templo para recibir las bendiciones de Vishnú, deidad máxima del reino; luego a armarse poderosamente para ir a dejar la vida en una batalla, a las orillas del río Narmada.
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