Este particular proyecto nació con la intención de convertirse en un registro de técnicas. Algo así como un manual paso a paso que permitiera, a las futuras generaciones, reproducir preciados bienes culturales que, lamentablemente, están en vías de desaparecer. Sin embargo, la magia del desierto hizo lo suyo. Los invitamos a conocer algo de esta historia, un emocionante relato sobre hombres y mujeres que, sin darse cuenta, son emblemas de nuestra identidad nacional.
Por Claudia Zazzali / Fotografías Andrés Gutiérrez, Archivo Cultam.
“En este privilegiado paisaje nortino, hubo senderos sutiles grabados en la mente más que en el suelo. Cada montaña, hondonada y roca, formó parte de este largo itinerario en busca de técnicas artesanales olvidadas entre las grietas de los días. Pero la tradición permanece en la memoria, y cuando pensamos que ya no quedan restos de ella, cuando pareció haber dado su entierro final en la implacable lucha por sobrevivir, reaparece para ser atrapada por las nuevas generaciones”.
Estas líneas fueron extraídas del libro Artesanía ancestral, objeto de nuestro reportaje. Y especifico “objeto” porque los sujetos son tan variados y múltiples que sería imposible enumerarlos. Personajes protagónicos y anónimos que decidieron tomar las riendas del manoseado concepto de “búsqueda de identidad” y se pusieron manos a la obra: había que salir del discurso y gritar a los cuatro vientos que sí existe identidad nortina, que está oculta en los rincones y que, si no hacemos algo cuanto antes, seguirá escondida en la inmensidad del desierto.
LOS GESTORES
Cultam es el nombre de la Agrupación para la sustentabilidad del patrimonio cultural y natural, entidad ejecutora del proyecto “Puesta en valor y conservación de técnicas artesanales ancestrales en vías de desaparecer”, algo así como el hermano mayor del libro que hoy nos convoca.
Miguel Silva es su coordinador y junto a Aracelli Marín, Marietta Perucci y Roberto Aguilar, emprendió un viaje directo al norte profundo, cuyo principal objetivo fue, y es, poner en valor a hombres y mujeres que ejercen el oficio de artesanos, piedra angular de la tradición de nuestras tierras. En el equipo participó además Ronny Gutiérrez, como asesor indígena y agente vinculante entre las comunidades y los creadores de esta obra.
La historia se remonta hace algunos años, cuando Miguel y Aracelli comenzaron a redescubrir el concepto de artesanía. En realidad, podríamos retroceder mucho más y contar sobre las manualidades que Aracelli aprendió con su abuela o los trucos para trabajar madera que recibió Miguel de su padre. Pero nos faltarían líneas, así que digamos mejor que esta será solo la narración de un capítulo de una especie de enciclopedia destinada a las tradiciones locales.
Por razones profesionales, Miguel y Aracelli comenzaron un emprendimiento relacionado con el turismo cultural. Formaron una empresa a la que bautizaron con las iniciales de sus hijos: AKAX producciones gráficas, y en ese camino descubrieron que existía un interesante nicho en el cual desarrollarse: crear productos con identidad local.
Quisieron presentar algún proyecto relacionado a ese quehacer, pero para lograrlo, debían estar afiliados a alguna organización artesanal. De esa forma, Miguel se afilió a los Artesanos del Cobre. Y ahí nacieron las preguntas ¿dónde están los artesanos?, ¿quiénes son?, ¿qué hacen?
En esta búsqueda, tomaron contacto con la oficina de información de la UNESCO, entidad que tenía una tradición de veinte años de investigación relacionada con la artesanía. Descubrieron, entonces, el concepto suscrito en la Convención de Manila en 1997 que, entre otras cosas, define al producto artesanal como aquel donde la contribución manual directa del artesano sea el componente más importante del producto terminado.
“Empezamos a entender que somos artesanos. Fue una decisión de vida en que nos comprometimos a salvar el término artesanía”, cuenta Miguel. Y para conseguirlo, el primer paso era documentar y llevar al mundo académico la información necesaria, y hasta entonces casi inexistente, que contribuyera a poner en valor la importancia de estos oficios ya casi olvidados.
“Hicimos un catastro de artesanos el año 2009, donde descubrimos que muchos de ellos eran viejitos y que sus técnicas se iban a morir con ellos. Por eso decidimos que era imprescindible tratar de plasmar esas técnicas en un libro”, nos cuenta Aracelli.
Durante este proceso, concluyeron que educar a la comunidad era imprescindible para posicionar a los artesanos como verdaderos estandartes identitarios y que estaban muy lejos de la imagen de itinerantes o manualistas que la gran mayoría aún mantiene.
EL PROCESO
Cuando ya tuvieron una mirada global, con estadísticas y datos duros, comprobaron matemáticamente lo que ya presentían: el promedio de edad de los artesanos de la zona es de casi cincuenta años. Y cada año el grupo etario se hace más viejo, porque los jóvenes ven que no se pueden mantener haciendo artesanía y optan por otros trabajos.
Para revertir esta situación, y como parte del proyecto global, hoy en día, Cultam está trabajando en diez técnicas con el objetivo de formar un grupo de gente que pueda reproducir este material, crear un centro de comercialización y lograr que ellos puedan vender sus productos. De esta forma, se puede conseguir un reencantamiento de las nuevas generaciones con su tradición.
Esta solución, que parece tan evidente, es mucho más complicada a la hora de ponerla en acción, pues existe una serie de limitantes en el sistema que impiden acercar al mundo artesanal con las herramientas de fomento disponibles.
Un ejemplo claro es que, en el sector artesanal, solo el diez por ciento tiene acceso a conexión a internet. Si consideramos que la mayoría de los fondos concursables requiere utilizar plataformas digitales, la conclusión es obvia: la participación es casi nula.
Incluso es más. El sesenta por ciento del mundo artesanal de la región es indígena y vive en poblados que ni siquiera tienen una adecuada conectividad vial, entonces hasta escribir un proyecto que cumpla los estándares necesarios se convierte en un problema.
De esta forma, organizarse se hace imprescindible. La Mesa Regional de Artesanía vincula a diecisiete agrupaciones que, de alguna u otra forma, se mantienen en contacto permanente. Hasta las radios comunitarias colaboran en esta forma tan particular de interactuar en una región con un territorio tan vasto como diverso, donde permanecen tres culturas originarias vivas: aimaras, quechuas y lickan antai.
“En este andar descubrimos realidades que parten el alma, porque ya estaba bueno de ir a buscar información como quien recoge fruta al pie del árbol. Entendimos que los artesanos necesitan sentirse escuchados, valorados y reconocidos. Lo que ellos quieren mostrar es que son parte de este país, que son tan chilenos como cualquiera y que quieren aportar sin dejar de ser lo que son, con sus propios ritmos y en su propia forma”, nos cuenta Miguel.
Aracelli complementa: “cuando las empresas regalan algo relacionado con nuestra materialidad local y creado por manos locales, realmente contribuyen a la recuperación de nuestras tradiciones”.
“Hoy nos reconocemos como artesanos y nos sentimos orgullosos de serlo. Y más bonito aún es que nuestro entorno familiar reconoce la importancia de nuestra labor”, finaliza Miguel. Pero, sinceramente, esperamos que esto sea solo el comienzo de una nueva historia tejida con hilos ancestrales, con la que podamos abrigar a las nuevas generaciones.
“El pasado poco a poco se va olvidando, el tiempo pisa y aniquila la historia y su gente. Pero en este lugar de multitud de placeres, donde el aroma insinuante evoca aquellos que fueron, el aire suntuoso nos trae hacia aquél que está transmitiendo la memoria de su pueblo, quien nos habla como si no hubiese mañana y trabaja para recuperar el ayer”, Aracelli Marín.