Su voz, rostro, actitud paciente y llena de fuerza es la encarnación del desierto mismo. Es imposible calcular su edad, tal como ocurre con la vastedad de la pampa. Habla del norte con la propiedad de quien lo ha recorrido, estudiado y analizado la vida entera. Premio Nacional de Historia y Doctor Honoris Causa de la Universidad Católica del Norte, incluso conversar con él en un café nos convierte en alumnos presenciales de una clase magistral de identidad.
Por Claudia Zazzali C. / Fotografías Andrés Gutiérrez V.
“Cada niño es el resultado de su ambiente, donde se cría, donde realiza las primeras observaciones de su vida. Cuando uno es niño es como una esponja que recoge todo lo que está en su entorno y eso nos marca mucho”. Así explica su vocación por la investigación el arqueólogo Lautaro Núñez Atencio. Nació en Iquique, donde descubrió, siendo muy niño, que entre la costa y el Oasis de Pica se escondían muchos misterios que esperaban ser descubiertos.
“Había cementerios indígenas, campamentos abandonados, ruinas. Entonces éramos un grupo de niños que, en vez de jugar fútbol, visitábamos estos sitios que nos llamaban profundamente la atención. Lo más interesante es que, a pesar de que no entendíamos nada de lo que era eso, nos interesaba la aventura y preguntarnos qué hacía esa gente ahí. Sabíamos de los changos, pero nada más. Todo era un tesoro, fragmentos de anzuelo, fragmentos de cerámica. Pasado y presente en un solo punto”, relata.
Tenía muchas preguntas que fue resolviendo a través del estudio, acercándose a la historia, a la geografía, a la arqueología. Cuando terminó el liceo les dijo a sus padres que quería ser arqueólogo. “Casi se murieron. Pensaban que esa era una profesión para hijos de ricos”, recuerda.
¿Por qué arqueología?
Las profesiones se eligen con el corazón. Hay que estar atentos a lo que nos marca profundamente en la infancia. Si tu vocación llega muy tarde vas a decir ¿cuánto voy a ganar? Pero cuando eres niño la pregunta es ¿qué quiero ser?
¿Cómo convenció a sus papás?
No fue fácil. Era el menor de cinco hermanos y la única opción era estudiar en Santiago, donde tampoco existía la carrera de arqueología propiamente tal. Pero en la Universidad de Chile existía una muy buena escuela de historia, con gran énfasis en la prehistoria y eso para mí fue definitivo, porque para mí era una palabra mágica.
Apuesto que ser el hermano menor ayudó a que le dieran en el gusto…
¡Sin duda! Porque además de la distancia estaba el tema económico. Yo soy de una familia de clase media baja, mi padre fue un hombre muy modesto, que comenzó como repartidor de cartas. Ser el menor fue una ventaja porque recibí el apoyo de todos mis hermanos que ya estaban grandes y fueron muy solidarios conmigo. Fui el primero de la familia en entrar a la universidad. Hubo una especie de confabulación familiar para que yo tuviera éxito y cumpliera mis sueños.
¿Y logró proyectar este amor por los estudios?
Absolutamente, fue un amor muy intenso que, entre otras cosas, me obligó a transformarme en un joven culto. Mi lenguaje era casi callejero, de barrios muy populares. Tuve que aprender a hablar, a exponer, a transmitir una serie de valores que no solo tenían que ver con el oficio, sino con mi propia formación. Desde ese punto de vista era un doble trabajo.
¿Sintió discriminación?
Todo lo contrario, yo tuve una suerte única. Cuando estaba en la Escuela de Historia en la Universidad de Chile, tuve compañeros de familias muy acomodadas que estudiaban porque sus padres habían decidido que fueran historiadores. Por supuesto hablaban francés, tenían bibliotecas impresionantes en sus casas, un mundo muy diferente al mío. Pero me tocó un tiempo en que la juventud era muy solidaria, somos la generación del sesenta y ocho, cuando creíamos que el mundo era nuestro. Vivimos la revolución de mayo muy intensamente y todos soñábamos con un mundo sin clases. No podíamos tener un lenguaje antagónico cuando todos éramos parte de un mismo discurso.
¿Aún vive ese sueño?
Siempre lo llevo conmigo. “Vive lo imposible”, era nuestra frase. Cuando vino la gran transformación mundial con el surgimiento de los procesos neoliberalistas y la dictadura en Chile, muchos de nosotros sufrimos el impacto de esa nueva realidad, pero esa formación tan especial que recibimos siendo muy jóvenes, nos permite que hoy analicemos ese pasado sin ningún desprecio, ni resentimiento, incluso con respeto. Cuando nos integramos a la cultura de la conciliación podemos entender al otro desde su propia versión de la historia, esperando que también te entiendan a ti desde tu propia versión. Uno no puede salir con un hacha a romper las cabezas de quien piensa distinto a ti.
VUELVO VIDA VUELVO
Ya era profesor en la Universidad de Chile cuando hubo una convención en Arica que reunió a los pocos arqueólogos que había en el país. Se quería crear la carrera en el norte y lo invitaron a quedarse, sin saber que sus raíces ya estaban en estos paisajes. Así, se ligó al mundo académico, primero en la sede Antofagasta de su Alma Mater y luego, en la naciente Universidad del Norte, casa de estudios que lo alberga hasta hoy.
¿Cómo es ser arqueólogo?
El arqueólogo es un historiador que, en vez de trabajar con documentos, tiene que hacer excavaciones. Andamos siempre subiendo cerros, bajando cerros y aunque a veces la gente tiene una imagen muy romántica de nuestra profesión, lo cierto es que lejos de las aventuras cinematográficas, nuestro trabajo requiere procedimientos tremendamente científicos y técnicos, con mucho de laboratorio. En ese sentido, nuestro norte es privilegiado, porque en la actualidad hay más ruinas que ciudades. Si contamos todos los poblados del desierto contemporáneo no alcanzan a ser ni la cuarta parte de los asentamientos prehispánicos y prehistóricos que podemos encontrar.
Y eso que le decían el despoblado de Atacama…
Esa imagen es falsa porque el desierto siempre estuvo poblado. Los seres humanos están en el desierto hace once mil años. Antofagasta es un asentamiento moderno, pero tenemos una herencia de milenios porque hubo gente trabajando, pescando y mariscando en estas playas. El desierto es el producto de una evolución humana muy inteligente, porque una cosa es dominar un medio rico en recursos y otra cosa es luchar con un entorno adverso, donde existió una tremenda capacidad humana de adaptación, de productividad, de sacar provecho de las más mínimas de sus posibilidades. Por eso me encanta la arqueología porque evidencia los esfuerzos que ha hecho la sociedad para llegar a lo que hoy somos. Hoy somos el producto de todo lo que fuimos en el pasado. Los seres humanos no llegamos acá en paracaídas, todo lo contrario; como los árboles, tenemos raíces muy profundas que debemos proteger.
¿Esas raíces son nuestra identidad?
La identidad, como las sociedades, no se construye, se revela. La nuestra está acá por once mil años. ¿Por qué querer llenar de verde nuestro paisaje? Si nuestros colores son únicos. ¡Llenemos los espacios de rocas multicolores!, esos son nuestros árboles.
Pero es difícil que ese discurso lo entiendan las personas que vienen desde otras partes del país… ¿lo escuchan las autoridades?
Una de las ventajas de ser Premio Nacional de Historia es que puedo emitir juicios porque tengo la obligación de opinar para que el Estado sea mejor. Desde ese punto de vista, todo mi discurso está vinculado con la importancia del norte y sus valores culturales y la necesidad real de lograr la descentralización de las decisiones. A mí me cuesta pensar que todo lo que sea patrimonio cultural, arqueológico, sea decidido desde Santiago, no lo puedo entender. Es como si nosotros en Antofagasta debiéramos decidir qué es el patrimonio cultural de Santiago.
¿Descentralizar la visión de país es su principal lucha?
Yo creo que he tenido dos grandes luchas. Primero, lograr que comprendamos que nuestro país no tiene doscientos años, esa es una ficción. Hay que sumar los trescientos años de colonia española donde se hizo Chile y, luego, los diez mil años de vida prehispánica donde también se hizo Chile. Entonces, Chile tiene no tiene doscientos años, sino doce mil años de una historia riquísima. La otra tarea en la que estoy muy fuertemente involucrado, es descentralizar la toma de decisiones respecto al patrimonio cultural histórico de las regiones, de tal manera que cada región pueda normar, pueda decir qué hace y no hace con respecto a su patrimonio. Si alguien no entiende el desierto, nunca le dará el valor que corresponde porque no comprende la riqueza de sus vientos, sus colores, el paisaje de la soledad, de lo vacío.
¿Qué nos falta para valorarnos como sociedad?
Conocernos. Tenemos que entender nuestro propio mundo, la inmensa capacidad de adaptación que demostramos quienes aquí vivimos. Nuestros paisajes culturales son producto de grandes epopeyas. En el norte, más que un paisaje físico, existe una herencia de sociedades que fueron domesticando un entorno diverso y complejo que cruza el mar, la Cordillera de la Costa, la pampa intermedia salitrera, los oasis cordilleranos y si avanzas un poco más llegas a la selva. Todo en la misma latitud, no te has movido ni hacia el sur ni hacia el norte, todo esto saliendo de Antofagasta.
Es como para hacer una película
Así es, tiene mucho de trama, donde muchos actores han intervenido primero para construir la civilización y, luego, lograr el desarrollo. Nuestros ríos fueron salvajes, los atacameños los domesticaron, nuestros mares fueron dominados por los pescadores, los minerales estaban enterrados y los mineros los obligaron a salir de sus escondites. Todo ese mundo primitivo fue transformado por nuestra sociedad y eso amerita muchas estatuas, muchas esculturas que no vemos. Quizás una película no estaría mal.
¿Y ahora qué piensa, Lautaro? ¿Logró cambiar el mundo?
Te lo voy a responder con una canción de Los Iracundos: el mundo está cambiando… y cambiará más.
“Fui el primero de la familia en entrar a la universidad. Hubo una especie de confabulación familiar para que yo tuviera éxito y cumpliera mis sueños”.