Día gris, mar furioso y la primera lluvia del año. Miraba por la ventana como mi calle se transformaba en un pequeño río sin habitantes, salvo por un par de perros vagos que caminaban empapados hacia ningún lado.
Los perros sin dueño son un tema constante en Valparaíso, a pesar de ser una preocupación siguen abandonados, enfermos, hambrientos. No tengo muy claro qué lugar ocupan en la pauta municipal, seguro que no muy urgente.
Son ignorados, repudiados, a veces temidos. Afortunadamente existen personas como Ángela, hace mucho tiempo quería escribirles sobre ella. Ángela es una mujer que bordea los 70 años, tiene los ojos celestes, el pelo medio colorín, a veces medio rubio, generalmente usa un buzo verde y siempre los labios bien rojos. Nunca alcanzó a saludarla, cada vez que me ve habla sin parar, creo que nunca me ha escuchado. Se que vivió toda su vida como una pequeña burguesa, que estudió en un colegio de monjas, que nunca se casó porque es bohemia, que cuando sale en las noches se pone pantys de colores y mini, que es enfermera universitaria, que trabajó más de 40 años en el mismo hospital y que el mayor amor de su vida no fue un hombre sino los perros. Ángela gasta todo el dinero de su jubilación en esterilizar, vacunar, alimentar y querer a los perros vagos. Se levanta temprano, saca a pasear a tres perros recogidos, al regreso agarra bolsas con comida y sigue siempre la misma ruta, sus amigos siempre están clavados como reloj esperándola. El recorrido termina después de almuerzo, por la tarde hace el mismo recorrido pero con bidones de agua. Una vez al mes desparasita alrededor de 15 perros, en verano lleva a la peluquería a los más chascones. La rutina de Ángela es la misma desde que la conozco hace unos 6 años. Veo como les habla, como los trata, como los reta. Algunas personas creen que esta media loca. A mi me parece una de las mujeres más cuerdas de este puerto, no solo por su preocupación constante, sino porque es de las pocas que realmente se ocupa de estos seres que a estas alturas son tan patrimoniales como los edificios porteños.
Viven con y entre nosotros, no son extraterrestres, son solo supuestamente el mejor amigo del hombre.