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EDICIÓN | Junio 2012

Naturaleza Feroz

Salar de Uyuni, Bolivia

A tan solo cuatro horas de Iquique se encuentra la entrada a Bolivia por el paso fronterizo de Colchane-Pisiga. Mucho habíamos leído del Salar de Uyuni, habíamos visto fotos y escuchado hablar maravillas de quienes sí habían estado. Todo quedó chico.

por Marcela Piddo M. Tell Antofagasta / fotografía Rodrigo Ponce V.

Pues ya era hora, aceptamos la invitación de los Hoteles Tayka y de Fremen tours, y nos embarcamos en esta experiencia inolvidable de cuatro días. La tarde anterior ascendimos desde Iquique hasta Colchane y dormimos en el Hotel Isluga. Había que aclimatarse, ya que todo el viaje sería sobre los 3.500 metros y para quienes estamos acostumbrados a vivir a nivel del mar, este cambio lo resiente nuestro cuerpo y, sobre todo, la cabeza.

Nuestro conductor, Luis, nos esperaba puntual en un Toyota Prado impecable. Luego del trámite aduanero, subimos el equipaje a la parrilla y, como niños chicos, comenzamos a absorber todo lo que pasaba por nuestros ojos. Nunca más anduvimos por caminos pavimentados y ahí se nota la importancia de contratar servicios del más alto nivel, con vehículos apropiados y equipados para el escenario que se nos abre. 

La primera parada en el Salar de Coipasa, fue una estupenda avant premiere de lo que se nos venía. Coipasa tiene setecientos kilometros de largo, es decir, apenas cien kilómetros menos que desde Arica hasta San Pedro de Atacama. Nosotros lo cruzamos en uno de sus extremos de cincuenta kilómetros de ancho, para llegar al Hotel de Sal de Tahua.

Los 2.218 kilómetros cuadrados de blancura extrema de Coipasa nos hacen sentir inmediatamente en un lugar también extremo, en lo que fue el fondo de una laguna interior de la Cordillera de Los Andes. El Salar de Uyuni lo sextuplica, con sus doce mil quinientos metros cuadrados. El mismo tamaño de la isla de Jamaica.

La radiación hace impensable no considerar lentes oscuros y protector solar durante todo el viaje. ¡Y no solo porque es blanco, sino porque pareciera no terminar nunca!

Y esa sensación que juega con nuestros sentidos, desordenándolos, ¡es maravillosa! Sabemos que vamos por tierra, pero como el cielo no se distingue de la sal en el horizonte, a ratos pareciera que fuéramos navegando en agua, o volando sobre las nubes, o bajando por la nieve… todo es tan blanco que desconcierta pero al mismo tiempo maravilla.

La primera parada para almorzar es en el pueblo de Chantani, hermoso, mantenido casi intacto con sus paredes de piedras y sus techos de paja, con habitantes que, en cuanto nos ven, se ocultan en sus casas y nos miran de reojo. Respetamos su decisión y caminamos respetuosamente entre sus callejuelas, asentadas sobre dunas. Luego de disfrutar de un rico picnic, continuamos hasta nuestro primer hotel en Tahua, el Tayka de Sal, fantástico, con amplias habitaciones, con sus bloques hechos de sal y energía solar. Somos los únicos en el hotel y su personal nos atiende de maravilla, y esto también se refleja en la comida.

La Red Tayka considera la construcción de hoteles con la comunidad local, donde la empresa privada se compromete a contratar gente del lugar y, además, por cada extranjero que duerme ahí, un dólar se va a la comunidad. En diez años más, los hoteles pasarán directamente a la comunidad, quienes ya tendrán todo el know how para ofrecer el servicio con la misma calidad e incluso mejor. Es todo un ejemplo de asociatividad.

Luego de la cena con vinito y chimenea, nos vamos a dormir, o tratamos.  Nunca se nos había hecho tan real aquel consejo de “cuando estés en Bolivia, debes comer poquito, caminar despacito y dormir solito…”.  Cuesta un poco conciliar el sueño a 3.600 metros de altura, pero además la salida del sol es muy temprano. Asumimos que dormiremos poco en los próximos días, pero si el resto es igual de impresionante, todo el sacrificio habrá valido la pena.

Al día siguiente, Luis nos espera a las nueve, listo para iniciar nuestro recorrido hacia el mirador, donde podemos observar muchos cactus en flor —literalmente— y, además, apreciar las pircas de piedras que llevan haciendo, por generaciones, los indígenas del sector en los cerros, para guardar sus animales. Desde arriba se tiene una vista aún más clara para apreciar la inmensidad del salar más grande del mundo, y donde se encuentra la mayor concentración de litio del planeta. Decidimos regresar caminando al hotel porque queremos comprar artesanía en el pueblito que limita con él. Pero no encontramos nada.

Por la tarde, nos esperaba quizás lo más espectacular de este viaje, la visita a la Isla Incahuasi, la única por la que se puede caminar. No habíamos visto más turistas en estos dos días, pero acá, es sorprendente. Más de cuarenta Toyota 4x4 estacionados a los pies de este impresionante lugar, dan cuenta que es el highlight del viaje y donde la foto es imperdible. Turistas de todo el mundo, cual torre de Babel, caminan despacito por el sendero que rodea la isla. Conocimos a la señora Aurelia, que llegó con su marido hace veinte años a esta isla, cuando no era turística, pero ellos confiaban en que tenía potencial. Hoy, viven de los tés, de los cigarrillos y cervezas que venden a los turistas y de las dos camas que tienen para ofrecer alojamiento.

Después de extasiar nuestros sentidos una vez más, continuamos con Luis hacia la Cueva Galaxia, donde el propio hijo del descubridor nos espera y guía dentro del lugar. Su padre buscaba restos de indios enterrados bajo tierra y excavando en un cerrito encontró una formación rocosa impresionante, como una gran burbuja que reventó, dejando miles de perfectas estalactitas. Los ingresos de las entradas van para la familia y así los hijos han podido estudiar en la universidad de La Paz.

Por la tarde continuamos hacia San Pedro de Quemes, llamado así luego que los chilenos lo quemaran durante la Guerra del Pacífico. Nos encontramos con su alcalde que paseaba por la plaza. Nos saluda como buen anfitrión y le decimos que venimos de Chile y entonces destaca al Choro Soria —ex alcalde de Iquique—, que siempre trabajó para que Chile se uniera a Bolivia a través de este pueblo. Y la idea no es mala. Exactamente al otro lado de nuestro hotel está la minera Doña Inés de Collahuasi.  Cosas de la vida. Sólo falta voluntad para concretarlo.

ESMERALDA FURIOSO

Al día siguiente, y luego de dormir en el Hotel de Piedra y de un desayuno muy contundente, continuamos por el borde del salar, esta vez visitando las hermosas lagunas altiplánicas (Hedionda, Chiarkota, Honda y Ramaditas), que hacen interesante la alternancia en el paisaje. Pero ya habiendo conocido las lagunas altiplánicas de Miscanti&Miniques en San Pedro de Atacama anteriormente, estas no hacen más que corroborar que la separación entre ambos países es sólo política y que el altiplano es toda una gran macrozona con pasado similar y futuro muy promisorio.  Por algo le llaman el Tíbet de Sudamérica.

Llegamos bien cansados al último Hotel de la Red Tayka, el Hotel del Desierto, a 4.500 metros de altura. Nuevamente debemos caminar despacito, comer livianito y dormir solitos. Por algo al lado de la recepción hay cuatro tubos de oxígeno. La altura se siente fuerte y al mirar por la ventana se aprecia claramente que estamos en medio de la nada, a diez kilómetros a la redonda. Tenemos los picos de la Cordillera de Los Andes a la misma altura de nuestros ojos, sin siquiera mover el cuello. Se duerme bien, pero poco.

En nuestro último día antes de entrar nuevamente a Chile, cruzamos por los geiser Sol de mañana y Luis nos lleva a disfrutar de las Termas de Polques, donde nos hacemos los valientes y le damos un relajo a nuestro cuerpo en las agradables aguas tibias de la piscina artificial. Como si fuera una película, impresiona ver el tren minero que va desde Oruro a Antofagasta, parece una alucinación en un paraje tan, pero tan desolado.

Ya a pocos kilómetros del encuentro con la frontera chilena, y con el corazón emocionado, hacemos las últimas paradas en el árbol de Piedra y las impresionantes Laguna Colorada y Laguna Verde. El viento es abrumador, sobre todo en la segunda, pero sin él, el color no aparece, así que aguantamos el frío y nos regocijamos con el esmeralda furioso.

Ya en la frontera, la policía boliviana nos despide. Cruzamos a Chile y a los doscientos metros el camino ya está pavimentado. Gran cambio, pero si tuviera la oportunidad de volver a Uyuni, no lo pienso dos veces. Una experiencia de vida que nos hace sentir tan pequeños pero a la vez afortunados, frente a una naturaleza feroz y que tenemos al lado.

 

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