James Ellroy
Editorial Mondadori (2011), 226 páginas
Cuando James Ellroy tenía diez años (en 1959) Jean Hilliker, su madre, fue asesinada. Algunos días antes su joven hijo la había maldecido agriamente. La madre, recién divorciada, era la única salvación de su pequeño. A partir de allí el joven se convertiría en un psicópata, frustrado sexualmente y dipsómano. Así vivió en las calles, habló con prostitutas y traficantes, se hizo amigo de detectives de infidelidades y policías corruptos, acumuló experiencias. Todo esto en Los Angeles, en las décadas de la postguerra. Así comenzó a escribir y dar salida a sus alocadas ideas. Luego, la consagración. Éxito tras éxito de ventas. Los críticos a sus pies. Con La dalia negra y América, y su más reciente Sangre vagabunda se convierte en uno de los maestros de la novela negra. Varios premios a mejor libro del año. Pero eso no lo calma. Sus relaciones con las mujeres son extrañas, posesivas y cargadas de sexualidad. Nunca deja de recordar a la madre ausente. Es fervorosamente creyente, fascista y xenófobo. Y así se refleja en sus personajes, todos estereotipos de los bajos fondos. El conoció los casos individuales que prefiguran sus personajes.
En estas memorias, Ellroy, nos devela su intimidad y no se guarda nada. Nos muestra de donde salieron sus personajes y la historia alternativa de los Estados Unidos que construye en sus novelas. En un principio incomoda tanta honestidad. Es como ver un cadáver trozado. Sin embargo, allí esta justamente lo notable de esta obra, un escritor que se auto incrimina de esta manera.