Salvaje. Esa es la sensación que me dejó. Hace años que no iba. Miami, todo grande, todo limpio, ordenado, respetuoso, no se ve ni un pelota perdido, todos parecen saber adónde van. Nadie vira en U, nadie ocupa un estacionamiento de discapacitados o inexistente, los peatones esperan la luz verde. Todo eso me abruma, me mata, ¡quiero vivir aquí, chico!.
Llegando al aeropuerto me topo en los pasillos de la entrada con el ex Presidente Lagos. Yo, con mi mujer y los siete niños, él con un par de escoltas. Él no sube por escala mecánica, toma el ascensor. Mi mujer también, por el coche de guagua. Él entra primero y sorprendido de que una mujer detenga el cierre de puertas y lo haga esperar. Seguimos juntos hasta la entrada de Policía Internacional, donde nos arrean a los latinos por kilo: 500 mil brasileros, 400 mil argentinos, 14 chilenos… y Don Richie que pasa por al lado con los pilotos. Algún beneficio tendrá ser un ex Presidente… ¡qué pechugón!/
La ciudad es gigantesca, cualquier pique de un lado a otro es como ir de Vitacura a Rancagua, pero las autopistas te dan la sensación de que nada es tan lejos. Las salidas de las carreteras no están numeradas por orden, o sea ¿del 1 al 10?: no. Los números indican las millas desde que empezó la carretera; salida 10 a 10 millas del inicio, salida 25 a 25 millas, genial, lógico, eficiente, ¿qué pasó acá?.
Descubro algo raro: la pista de la izquierda de las autopistas es, al ojo, 1,2 metros más ancha que las demás, ¿para qué será? Más tarde, paseando, veo los lanchones con un ancho como de un auto y medio. ¿Cómo los traen? Por ahí pos pavo.
Taco en la autopista, todos lentos, una lata… pero nadie ocupa las dos pistas de los lados para policías, pasan los polices hechos unos peos, y es imposible no acordarse de la Autopista del Sol con el mismo taco y todos los prepotentes, newrichs y flaites ocupando esa pista para saltarse las filas lentas.
¿Algo malo? Los gordos. ¡Qué manera de comer esos gringos! Chorrean las camisas y shorts con brazos y piernas mantecosas, gigantes, 36% de obesidad nacional no es un chiste. ¿La causa? Todo es rico. Combinan la Coca-Cola con vainilla… es perfecta. ¿Con piña? También. Los queques se deshacen en la boca. Las pastas son deleitables. El mejor McDonald’s de US$ 6.49 ($ 3.000 chilenos) es mejor que el Mr Jack. de Vitacura de $ 7.500. Suma y sigue. Subí cinco kilos en diez días, medio kilo diario. Rico.
Y cómo cuidan la pega en los buenos lugares: “yo estoy en este restaurante para que ustedes tengan un momento inolvidable, así que todo lo que pueda hacer para que disfruten, háganmelo saber”. ¿¡De dónde salió ese mozo!? ¿¡Es un extraterrestre!? Y eso fue sólo el comienzo. Después vino pura delicadeza. Esa gente ama servir, o al menos te lo hace creer, que ya es bastante.
Acá en eso estamos mal. Creemos que lustrarle los zapatos a alguien es rebajarnos, que servir un café o ser servicial nos denigra. Ahí empezamos a equivocarnos. Se me ocurre un negocio: poner una Escuela de Servicio, enseñarle a la gente a agachar el moño. No hay nada más engrandecedor que servir al otro. Pero no ser sumiso como pensaba Portales, sino algo más simple: verse contento, ser simpático… ¿Algún socio interesado?.
Pero como los chilenos somos vivos, yo estaba seguro de que tanto servilismo, al final, era por la propina. Me equivoqué otra vez. Cuando me iba dejé la mansa propina y el extraterrestre apenas miró los billetes. Pero su asistente me dijo: “¿Puede poner una nota en la entrada diciendo que el servicio estuvo EXCELENTE?”. “Sí, por supuesto”, dije. “Pero no ponga muy bien, tiene que ser excelente”, retrucó. “¿Y por qué?”, pregunté. “Porque si no lo echan”. Tanta amabilidad era porque… estaba cuidando la pega.
Algún día llegaremos a eso. Se los juro.
Volví a Chile. Aeropuerto, manga, policía internacional, un millón de pericos en la fila ven a mi mujer con los siete niños (uno en brazos) y por sobre toda la racionalidad norteamericana aparece la calidez latina “pase por acá con los niños señora” saltándose el maremágnum humano.
Viva Chile mierda.