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EDICIÓN | Junio 2012

Los Cholas, y la danza de Shiva

Por Sergio Melitón Carrasco Álvarez, Ph.d. Profesor Universidad De Chile, Director China & India Intelligence Reports
Los Cholas, y la danza de Shiva

El Tamil Nadu al Sur de India es el reino Chola, dominio de templos fantásticos que emergen entre la vegetación exuberante; antiguos y venerables como esa dinastía.  Una inscripción del siglo III a.C. dice: “Los príncipes Cholas merecen todo respeto porque llaman la atención del Cielo”.  Con tales justos títulos exigieron tributos hasta que decayeron.  Mil quinientos años de señorío, a partir de su humilde origen en el fértil valle del río Kaveri.  Fue desde ahí que se extendieron hasta el río Ganges, Shri Lanka, y la actual Indonesia. Tanto poder lograron, que enviaron soberbias embajadas a China y a Persia, anunciando que el mundo del Sur era Chola.

Cholas, Pandyas, Cheras y Pallavas, son las dinastías tamiles.  Nunca simultáneas sino en sucesión; cuando una era la preeminente las otras aguardaban su turno.  De los Cholas ya se habla en los primeros textos tamiles Sangam.  Esos escritos recopilados tres siglos antes de la era cristiana, destacan que “los príncipes Cholas son grandes protectores de templos y brahmanes”.  Tarea noble e insigne, porque aseguraba la simpatía divina hacia las creaturas, haciendo a la naturaleza previsible y abundante.  Esos primeros Cholas reinaron en Urayur, la actual Tiruchirapalli; y después en Vijayalaya, ciudad erigida en la misma vecindad.  Por siglos llevaron una vida rutinaria, aunque su prestigio hizo que las otras dinastías buscaran casar a sus hijos con princesas de linaje Chola. En el año 850 comienza la supremacía Chola. Los conflictos entre Pandyas y Pallavas los obliga a ofrecer su protección universal.  Expanden su influencia al norte; al Sur, conquistan Shri Lanka, y siguen hasta Indonesia. Cada nuevo sucesor de la dinastía añade más dominios, hasta que construyeron un imperio.  El año 1200 los Cholas están en su cenit, pero sigue una rápida decadencia.  El poder Chola fue como la danza de Shiva, el dios que destruye para que venga el renuevo.
Los Chola combinaron astucia administrativa y estrategia guerrera. Su política consistió en infringir derrotas abrumadoras para luego ofrecer convenientes alianzas matrimoniales.  Quizás el fin se debió a que los últimos Cholas se dulcificaron. No hubo más conquistas ni amenazas que causaran la lealtad de los feudatarios.  Nada más se podó, luego nada más renació.

Sin embargo, por siglos su correcta administración hizo prosperar a India.  El imperio se basaba en la monarquía sagrada inspirada en los Dharmasastra, textos políticos que otorgan supremo sitial al rey (raya) cuya principal misión es proteger al mundo.  Con ese fin, el imperio había de garantizar la libre circulación por la red de santuarios, todos bajo custodia y mantención imperial.  Para tal adecuada administración justamente el rey construía templos y los dotaba de riquezas.  Cada templo, además de su valor religioso intrínseco, actuaban como ente administrativo, económico y regulador del comercio local.  Estaba capacitado para recibir donaciones, las que se convertían en patrimonio propio y gracias a lo cual realizaban sus tareas en beneficio de la comunidad.
Como la expansión Chola fue acompañada de la fundación de templos, los principios brahmánicos llegaron hasta los últimos confines del Sur de Asia. En lo ético y estético, la impronta brahmánico-dravidiana se halla por ejemplo en los templos de Prambanan, Indonesia.   La arquitectura monumental se expresó en templos dravidianos majestuosos, estilo que resume y recoge la cultura india desde sus orígenes. Pero, donde esa grandeza arquitectónica alcanza su máxima expresión es en tres templos shivaitas, hoy declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Esos son: Brahadesvara, en Thanjavur; Gangaikonda, en Cholapuram (“La Ciudad de los Cholas”), y Airavatesvara en Darasuram.  
El arte, la religión, la literatura se elevó y multiplicó bajo los Chola.  Entre otras  expresiones notables está la estatuaria en bronce.   Los ejemplos son muchos, y las piezas se hallan repartidas por los museos del mundo (incluida la muestra que se trajo a Santiago).  Las figuras representan a Shiva y a su familia de divinidades; o bien a Vishnu y a su consorte Lakshmi, o a santos shaivas –imitadores de Shiva. Las estatuas siguen una tradición fácilmente reconocible y propia del período, la que alcanza su gloria entre el siglo XI y XII, siendo la representación más clásica la del célebre Shiva Nataraja, o Shiva danzante, el que con su danza destruye el mundo para que todo renazca mejor.  ¿Me pareció oír sonar un tambor?

Este artículo, en quince páginas, se puede pedir a smcarrasco@vtr.net.

 

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