El dueño del restaurante Portofino ha sabido abrirse espacio en este competitivo rubro, apuntando siempre hacia arriba. Pese a comenzar en medio de la crisis asiática de 1998 y vivir un destructivo incendio del local en el 2000, ha posicionado su marca y sacado adelante a sus siete hijos.
Por Maureen Berger H. / Fotografías Vernon Villanueva B.
La familia Airola siempre ha estado ligada a los negocios; como inmigrantes italianos llegaron en 1920 y se instalaron con un pequeño almacén en el Cerro Esperanza de Valparaíso. Años después, los hermanos Renato y Osvaldo formaron una importadora que traía los más atractivos juguetes, menaje, plásticos, fuegos artificiales, artículos escolares y productos varios, que desde acá distribuía a varias ciudades de Chile, conocida como la famosa Casa Airola, que se ubicó en puntos neurálgicos del plan de la ciudad puerto.
Renato Airola (44) hijo, estudió en la Scuola Italiana, administración de empresas en el Instituto Profesional Viña del Mar (hoy UVM) y en el Incacea y se incorporó a la firma familiar en 1988. “Viajé por más de quince años al oriente a comprar juguetes para nuestra empresa. Asistía a las ferias de España y Alemania para conocer las novedades”. No obstante vio cómo la competencia, los vaivenes del mercado y la presencia de demasiados familiares, complicaron el crecimiento de Casa Airola. “Además, falleció mi padre y al primo que quedó a cargo también le descubrieron un cáncer”. Todo esto llevó a que la empresa bajara la cortina para siempre.
Él ya estaba casado y tenía dos hijos, por ende, decidió hablar con sus padres. “Les pedí que me pasaran la casa donde residían en Bellamar 301, Cerro Esperanza. Ellos aceptaron porque ya eran de edad y la vivienda era tremenda, cada vez les era más complejo mantenerla. Les conseguí un departamento a poca distancia, con la misma vista espectacular a la que siempre estuvieron acostumbrados”.
¿Tú viviste en esa casa?
Claro, varios años. Es un inmueble espectacular, con una vista impresionante y está ubicado justo entre Valparaíso y Viña. Fue fuerte transformar mi casa, botamos paredes, unimos dormitorios y agrandamos salones. Mi idea era cumplir el sueño que siempre conversábamos en la familia, pero que nadie concretaba: aventurarme en el rubro gastronómico.
NACE PORTOFINO
Los orígenes de Portofino tienen que ver con la visión de este administrador de empresas que apostó por independizarse durante plena crisis asiática, uno de los peores años en la economía mundial. “De cien personas que consulté, noventa y ocho me dijeron que esto sería un fracaso. Decían: ¿quién va a ir con un Mercedes Benz o un BMV a comer al Cerro Esperanza?, ¡tu estás loco! Bueno, le creí al dos por ciento y logré transformar la casa de mi infancia en un restaurante de primer nivel, que abrió sus puertas en diciembre de 1998”.
El padre de Renato Airola fue dirigente de Everton desde 1951, “gracias a ese bichito del fútbol que la familia te hereda, partí como director junto a otros amigos y, en el 2003, me nombraron presidente. Gracias a Dios tuve una muy buena campaña, Everton subió en mi presidencia a primera división, bajamos las deudas. Pero llegó un momento en que me quitó demasiado tiempo, empecé a dejar a mi familia botada y decidí dejarlo. Hoy solo estoy ligado como simpatizante de este equipo”, comenta el empresario, aludiendo a otra de las etapas importantes de su vida.
¿Cómo lograron atraer a los famosos al Portofino?
De patudo. El mismo mes que abrimos se acercaba año nuevo y vi a la actriz Esperanza Silva, quien estaba animando un programa de televisión, quejándose que no tenía dónde ir a celebrar. La llamé al canal y me sacaron al aire, la invité a mi restaurante y tuve como media hora de publicidad gratuita, describiendo la carta, los precios, etc. Luego el teléfono no paró de sonar y en una semana llenamos el Portofino en su primer año nuevo. Esa gestión fue crucial, junto a la colaboración de la gente que trabaja en los sellos discográficos que empezaron a traerme famosos.
¿Se propusieron ser un restaurante de gente famosa?
No, se dio solo. El hecho de contar con tres comedores privados hace que los cantantes, actores, políticos, empresarios, etc., se sientan a gusto, puedan comer sin que nadie los vea ni moleste, cerrar negocios, hablar lo que deseen y también hacer eventos grandes (tenemos capacidad para ciento sesenta personas).
¿Qué personajes destacas?
Emilio Estefan fue uno de los primeros, Chayanne, Maná, Paulina Rubio, Los Prisioneros, Yuri, Simple Red, Juan Gabriel, Raquel Argandoña, Felipe Camiroaga, Cecilia Bolocco, presidentes chilenos y de varios países como Croacia, Suiza, Portugal. Todos están inmortalizados en fotos ubicadas en el local. Y la que menos olvido fue la visita de Julio Iglesias. Cuando supe que venía lo invitamos y él mandó a decir que aceptaba comer gratis, siempre y cuando yo fuera a buscar entradas gratis para su concierto en la conferencia de prensa del Hotel O’Higgins y luego le dejara pagar en una segunda visita al restaurante. Partí y en medio de la conferencia alguien le preguntó por la comida de la zona y el dijo que anoche había cenado maravillosamente donde “su amigo” de Portofino, me apuntó y toda la prensa me captó. Fue una sensación increíble.
¿Alguna otra anécdota?
Sí, Enrique Iglesias, el día que “tiró” la gaviota al público de la Quinta Vergara, acá le hicimos una asado y él estaba muy achacado por lo que había pasado, aún no entendía la gravedad del tema. En otra ocasión, Charly García vino después de un concierto y se puso a correr eufórico por todo el salón, agarró el piano que teníamos y lo hizo pedazos. Quedamos plop. Ricardo Arjona, en cambio, pidió el piano y se puso a tocar y cantar, fue genial. O cuando Ítalo Passalacqua estaba despachando desde nuestro local y comentó que el grupo juvenil ATeens estaba cenando acá y se vino todo el Cerro Esperanza abajo tratando de entrar al local. Pasamos harto susto, ¡quedó la escoba! Son cosas que sólo se viven en Portofino.
Durante el Festival de Viña también tienen harto movimiento…
Sí, todos los años hacemos el almuerzo de la Municipalidad de Viña para el jurado acá y yo, como banquetero, ofrezco el cóctel en el vip de la Quinta Vergara, donde surgen varios contactos y más presencia de famosos en mi local. El público viene esos días porque sabe que se puede encontrar con algún artista almorzando o cenando.
FATÍDICO INCENDIO
En el 2000, una fatídica noche, el músico que en ese entonces amenizaba las veladas tocando el órgano, olvidó dejar apagado su equipo al final de la jornada. Producto del sobrecalentamiento del transformador de sus equipos, se incendió el piso de madera, la alfombra, la mantelería y el fuego empezó a devorar todo a su paso. En la madrugada vecinos alertaron a Renato Airola que se estaba quemando el Portofino. Como vivía cerca, corrió en piyama e intentó apagarlo con la manguera del jardín, pero no hubo caso.
¿Cómo fue el día después?
Dramático pero esperanzador, porque todo el personal demostró su cariño por el restaurante y llegó a ayudar a limpiar, pintar, reconstruir y sacar adelante el local, que tuvo pérdidas por cuarenta millones de pesos. Muchos amigos me apoyaron, moral y económicamente, y en sólo un mes pudimos abrir las puertas nuevamente.
¿El hecho de mantener una carta refinada, les ha perjudicado en tiempos de crisis económica?
No, mi objetivo siempre han sido las empresas, porque creo que cualquier negocio se cierra o celebra perfecto con una comida. Haya o no crisis, nadie se priva de comer. Si hubiésemos querido hacer un restaurante popular, tendríamos que habernos instalado en el centro, no en un cerro, pues acá hay que llegar en auto.
¿Cuál es la tendencia gastronómica que predomina en Portofino?
Es mediterránea con toques de Perú e Italia. Apostamos por una comida diferente a lo que Viña, Valparaíso y Concón ofrecían hace más de diez años atrás, donde sólo se quedaban en el congrio Margarita, el pastel de jaiba y el caldillo de congrio. Nuestra propuesta fue incorporar recetas distintas, pescados, risottos, pastas, opciones más sanas, sin tanta crema. Un ejemplo de los platos estrellas es el congrio Toulouse, a la plancha salteado con aceite de oliva, fondos de alcachofa y alcaparra junto a ensalada de berros, camarones y tomates cherry.
¿Está en los planes abrir un Portofino en Viña?
La alcaldesa de Viña, Virginia Reginato, siempre me reclama eso, así que en uno de los comedores privados el muralista Guillermo Valdivia— quien ya hizo una obra con imágenes de Valparaíso— nos va a pintar un mural inspirado en la Ciudad Jardín. Además, nuestra nueva apuesta está hoy en Concón.
EL SECRETO
“Nosotros, como buena familia italiana, somos aclanados; yo tengo siete hijos Romina (22), Ornella (20) los mellizos Renato y Julia (14) Franco (6) Mauro (4) y Colomba (3) y mis nietos Emilio (1) y Alonso (1 mes)”, acota Renato Airola. Su actual señora es María José Díaz de Serio, quien pertenece a la familia dueña de Distribuidora San Fermín La Española, trabaja en esta firma y, además, es una de las socias con su marido y está a cargo del restaurante El Secreto, ubicado en calle Maroto 1011 Concón.
¿Por qué se interesaron en una zona de tantos restaurantes como Concón?
Un amigo me ofreció una casa en Concón y, honestamente, al principio no le tuve fe al local, sabía que estaba saturado de restaurantes. Pero no le pude decir que no, me llevó a conocerla la recorrí, me empecé a imaginar el restaurante funcionando, las terrazas, la increíble vista al mar tal como el Portofino, salones grandes, salones privados, una bajada de jardín maravilloso con una pileta de agua, un estacionamiento enorme... Quedé tan cautivado que cerramos el negocio ese mismo día. Abrimos el 1 de enero del 2011 y nos ha ido bastante bien.
¿Cómo enfocaron la carta?
Es comida más criolla, con pescados y mariscos, que no pueden faltar porque el cliente que va a Concón lo pide. Pero un treinta por ciento de la carta es de carne, con carne mechada, costillar en horno de barro, plateada al jugo y más. La capacidad es para ciento cincuenta personas y vamos a crecer más con una nueva terraza.
Antes también estuvieron en Monticello, ¿por qué cerraron?
Hemos tenido dos experiencias poco afortunadas. Meses antes del terremoto abrimos un Portofino al interior del Casino Monticello, pero luego del desastre y las enormes pérdidas económicas, tuvimos que retirarnos de ese proyecto. Además, nos hicimos cargo de un Segafredo en la Plaza Sotomayor de Valparaíso, pero no ha tenido el éxito esperado. Estamos pensando en cambiarle pronto el estilo, la carta y el nombre.
¿Van a incursionar en otras áreas de la gastronomía?
Queremos ahondar más en los servicios de banquetería para empresas y casas particulares.
¿Y en otros rubros?
Sí, con un amigo invertimos en el área de la minería de carbón. Estamos a la espera de cómo funcione.
¿Planean abrir un restaurante en Santiago?
Luego de todos los dramas que hemos visto, como la tragedia de Juan Fernández, por ejemplo, he pensado hasta dónde llega la satisfacción personal. No me cabe duda que si abriéramos un restaurante en Santiago nos iría dos veces mejor, pero tendría que pasar cuatro días en la capital y aumentar enormemente mi carga laboral. Sin embargo, la realidad es que tengo siete hijos, dos nietos y una señora con quienes disfruto, vivo bien, me junto con mis amigos, resido equidistante de los dos locales, entonces todo ese tiempo y tranquilidad que gano no tiene precio.
“Mi idea era cumplir el sueño que siempre conversábamos en la familia pero nadie concretaba: aventurarme en el rubro gastronómico”.