Probablemente nada resuma de modo más efectivo nuestra identidad regional que las rutas patrimoniales. Si dejamos de lado los caminos que usaron los habitantes primeros de Cuchipuy u otros antepasados remotos, todas las demás expresiones de nuestros antecedentes culturales se pueden rastrear en esas vías que configuraron el sistema de comunicaciones de la región.
El fulgurante paso de los incas -tan corto en el tiempo y tan profundo en sus efectos- por el camino de la cuesta de Chada, permite suponer que se produjo sobre las huellas de pisadas anteriores. Luego, conquistadores y misioneros españoles hicieron resonar, cargados con el peso de las armas y de los vasos sagrados, los cascos de sus caballos, entonces exóticos en nuestras tierras, y que hoy resultan indisolubles de la iconografía más aceptada de nuestro mundo rural tradicional. Iban hacia La Frontera, donde el encuentro con el pueblo indígena se teñía de rojo con la sangre que salía de las heridas de ambos bandos, pero que en otros frentes se unió -la sangre- en mestizaje que aún perdura.
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A través de la costa, entretanto, por otros caminos, agustinos y franciscanos fueron fundando hospicios, donde los viajeros agotados reponían sus fuerzas para seguir, pero donde también algunos se quedaban, y hacían surgir los primeros asentamientos distintos de los dispersos y poco poblados pueblos de indios. A lo largo de los caminos, las encomiendas reunían indígenas y servidores negros, que también -sí, también- forman parte de nuestro acervo racial.
Los años pasaron; surgieron las ciudades, y otras tecnologías mejoraron las rutas; nuevos personajes dejaron distintos ingenios para someter el territorio y domesticar el agua; se valoraron los frutos originarios y se adaptaron los traídos. Nuevas creencias, valores y lenguajes se superpusieron a los que había antes. Y a lo largo de las rutas se ven ruedas de agua, molinos, capillas, y estadios. Álamos, sauces y zarzamoras nos tapan maizales y manzanares. Y en algún recodo, una patagua o un peumo nos recuerdan -y nombres como El Tambo, Pumanque o San Fernando- que somos el resultado de un caminar de mucho más de quinientos años, y de una mezcla que aún no termina.