Hace treinta años que viene fotografiando el universo con un lente poco común: el del Observatorio Cerro Tololo. Sus ojos han tenido el privilegio de escudriñar el lado del Hemisferio Sur Celeste muchas noches al año, lo que le valió descubrir una nebulosa planetaria que hoy lleva su apellido. Esta es la historia de un cazador de estrellas.
Por Laura Valdés P. / Fotografía Philip Southern A.
La primera vez que Arturo quedó maravillado con la bóveda celeste fue cuando apenas se empinaba a los seis años, como Lobato, en la rama scout de su colegio. Habían hecho un paseo en las cercanías de Rengo, en la sexta región, y al caer la noche, sus ojos de niño apreciaron un sinfín de titilantes estrellas. Las siguientes excursiones fueron sinónimo de descubrir y aprender las constelaciones y observar un cielo nocturno âsin la contaminación lumínicaâ que hoy existe. Ese fue el comienzo de una aventura fascinante que lo trasladó al Valle de Elqui en el Cerro Tololo, donde nos recibió una mañana de intenso sol y pudimos conocer no sólo las instalaciones del primer observatorio construido en Chile, sino también al hombre que se enamoró de su profesión. âEste lugar es un verdadero paraísoâ, señala con una ancha sonrisa. Y cómo no serlo, si Arturo desde pequeño hojeaba con denodado interés las páginas del diccionario El pequeño Larousse, que su padre le había regalado para aprender acerca de los términos astronómicos. Solsticio, equinoccio, luna menguante, eclipse⦠eran las nuevas palabras que iba asimilando con tanto interés que terminó dando, a los diez años, charlas sobre astronomía a sus compañeros de clases. Y nunca más dejó de hacerlo porque le gusta poder transmitir sus conocimientos con un lenguaje sencillo y claro.