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EDICIÓN | Agosto 2011

Una ventana a nuestro pasado

Por Francisco Mora C., Conservador del Museo Regional de Rancagua
Una ventana a nuestro pasado

Una de las funciones que cumplen los museos es explicar nuestro pasado y relacionarlo con el presente. Ello nos permite dar una mirada hacia atrás y conocer nuestra historia, pero no sólo hablamos de los hechos relevantes de ésta, sino también de la vida cotidiana de nuestros antepasados, conocer cómo ellos se las ingeniaron y dieron solución a los problemas que enfrentaban en su diario vivir. Hoy en día, la tecnología nos entrega muchas comodidades que antes no existían y que ahora las hemos asumido como parte necesaria de nuestra vida, la luz eléctrica, el agua potable, la calefacción, etc. Nos hemos preguntado alguna vez ¿cómo se conservaban los alimentos antes que existieran los refrigeradores? ¿Era posible tomarse un helado en aquella época? Las crónicas nos dicen que sí, incluso dentro de los oficios existentes en la colonia encontramos al vendedor de helados, pero ¿cómo era esto posible si no existían congeladores eléctricos? Pues bien, existen relatos que nos lo explican y objetos en los museos que lo confirman. Los refrigeradores de aquellos tiempos no eran más que enormes armarios, que en su mayoría llevaban el interior revestido con una lámina metálica donde se colocaban grandes barras de hielo, lo que permitía refrigerar los alimentos. Estas barras, durante la Colonia, era traídas a lomo de mula desde la cordillera, más tarde existieron fábricas en donde se vendían.

En la colección de nuestro museo se encuentra un pequeño balde de madera, que en su interior lleva un contenedor metálico y una manivela. Este objeto es una máquina para hacer helado y su uso es mencionado en antiguos recetarios; se utilizaba llenando la cubeta de madera con una mezcla de hielo picado con sal y dentro de esta el contenedor metálico con los ingredientes del helado, los que se giraban con la manivela hasta que tomara consistencia.

En la actualidad, para nosotros reproducir documentos es cosa muy sencilla: basta con presionar un botón y la fotocopia está lista o nuestra impresora nos entrega cuantas copias le pidamos. En la antigüedad esto era imposible para quienes no tenían acceso a una imprenta; a comienzos del siglo XX se inventó un aparato que facilitó mucho la labor de copiar documentos y la puso al alcance de quienes no tenían los recursos para costear las impresiones; este es el mimeógrafo, ampliamente utilizado en colegios para reproducir pruebas y guías. Los textos eran preparados en una matriz de papel llamada esténcil, impregnada con tinta por una de sus caras; este se colocaba en el rodillo del mimeógrafo el que se giraba con una manivela haciendo pasar las hojas que se requería imprimir. Nuestro museo posee uno de estos aparatos, el cual perteneció al poeta rancagüino Oscar Castro, quien lo utilizaba para reproducir la revista <em>Actitud</em>, publicación del grupo literario "Los Inútiles" a mediados del siglo XX.

Así como estos dos pequeños ejemplos, existen en nuestro museo otros cientos de objetos testigos de las múltiples historias. La invitación es, entonces, a que conozcamos nuestro pasado, visitemos los museos y valoremos nuestro patrimonio, reflexionemos en torno a él y encontremos las bases que nos permitirán proyectarnos al futuro.

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