Son diversas las manifestaciones artísticas en las que el vino es fuente de inspiración o protagonista. Por ejemplo desde que la literatura existe, el vino ha estado ligado a ella. Este âDios misterioso en las fibras de la vidâ âcomo lo llamaba Baudelaireâ. La literatura chilena, incluyendo la poesía, compite âcopa a copaâ con las letras que más han cultivado las afinidades etílicas: la rusa (Dostoyevski), la inglesa (Evelyn Waugh, Graham Greene), la norteamericana (William Faulkner, Scott Fitzgerald, Hemingway). Son muchos los poetas chilenos del siglo XX que encontraron en el vino un buen soporte para la creación: Nicanor Parra, Pablo Neruda, Pablo de Rokha, Jorge Teillier. No puedo dejar de mencionar al fallecido enólogo Rodrigo Alvarado Moore, uno de los más prolíficos escritores del vino en Chile. En la pintura, la representación del vino para el hombre antiguo corresponde a lo que era para ellos: un dios sabio, fecundo y danzarín, Baco o Dionisio. Digno de mencionar son las famosas etiquetas del premier cru Mouton Rothschild que, desde 1946, han sido ilustradas por famosos artistas tales como Jean Cocteau, Andy Warhol, Salvador Dalí, Joan Miró, Pablo Picasso, Rufino Tamayo. Hay cine alumbrado por el vino y hay vino elevado por el cine a la categoría de argumento, de símbolo o de aventura. La primera vez que coincidieron, cine y vino, fue en 1900, en Francia, en un reportaje publicitario realizado por Méliès, Caves de lâUnion de Vignerons et Consommateur. Mención honrosa para las películas Entre copas, y La fiesta de Babette. Para terminar esta reseña, sólo me resta invitarlos a disfrutar del vino elegido, respetando el ritual que requiere su correcta apreciación: âescuchar el líquido que se vierte sobre la copa profunda; percibir el aroma inicial que sabe a frutas maduras y untuosas; agitar e identificar los componentes más sutiles como la madera o las especias; sorber un poco, para que el sabor empape la boca y descubrir que el rojo tiene muchos maticesâ. La inspiración llegará por añadidura.