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EDICIÓN | Febrero 2011

Costumbres y cultura enoculinaria

Por Klaus Schröder B. Viña AltaCima, Cavas Schroder & Hanke Ltda.
Costumbres y cultura enoculinaria

Los encargados de la salud pública y el periodismo añejo, por falta de actualización de conocimientos o por comodidad, relacionan al alcoholismo con el vino. Así es que seguiremos viendo en las campañas contra el alcoholismo, la fotografía del curadito con la botella de vino. Esto —hace cincuenta años— era el enfoque correcto. Hoy las cifras estadísticas duras indican todo lo contrario. Si llevamos el consumo a cifras comparables de alcohol puro (100º), la ingesta de vino ocupa menos del treinta por ciento. El setenta por ciento es ocupado por la cerveza y los combinados de gaseosas con destilados caribeños y otros.

El vino, hoy en día, es el producto emblemático de nuestras exportaciones y nos sentimos orgullosos de su calidad y de sus éxitos mundiales. Nuestras botellas generan un maridaje potenciador con la cultura culinaria del mundo. En las mesas, un plato sabroso sabe más rico si es combinado con la copa del vino preciso. El habitante culto del mundo quiere comer y beber menos, pero mejor. Nuestro público internacional desea tener una vida cada vez más larga. Para lograrlo, busca vivir más sano. Nuestros vinos y su riqueza en antioxidantes le son atractivos. Comparativamente, contienen menos residuos de agroquímicos que los de otras latitudes. Nuestra vitivinicultura está empeñada en la búsqueda de un desarrollo nacional sustentable. En el año 2010, exportamos setecientos treinta millones de litros, que embotellados.

En Chile, los dieciséis millones de habitantes consumimos doscientos cuarenta y cinco millones de litros, alrededor de dieciséis litros per cápita al año. Son muy pocos los almuerzos de domingo que están bien acompañados con ese vino del que tanto nos enorgullecemos. Por lo tanto, todos nosotros —los involucrados en la vitivinicultura— tenemos una gran deuda pendiente con nuestro propio país. Producto del afán exportador, nos olvidamos de traspasar la cultura vitivinícola hacia el interior.

Durante décadas hemos elaborado tetras dulces, genéricos, con nombres de fantasía: cero aporte a la cultura vitivinícola. Y es por esto que estamos pagando la deuda. El consumo de vino continúa bajando y aumenta la ingesta de combinados y de cerveza.

Ojalá se unieran los Ministerios de Educación y de Cultura, los encargados de la imagen país y el rubro vitivinícola para traspasar el positivo y profundo conocimiento del por qué nuestro vino es motivo de orgullo.

 

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