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EDICIÓN | Febrero 2011

Patrimonio inmaterial

Patrimonio inmaterial

El terremoto de febrero de 2010, nos ha hecho reflexionar sobre la fragilidad de nuestro patrimonio arquitectónico, obligándonos a pensar en que otros elementos son los que nos identifican con un lugar determinado. Si se caen las edificaciones, quedan las personas, que con su experiencia, sabiduría, creencias, costumbres, conocimientos, son las que aportan aquello que permanece en el tiempo y nos dan identidad como pueblo, esto es lo que llamamos patrimonio inmaterial. Nos encontramos entonces con manifestaciones culturales intangibles como la música, las costumbres, la gastronomía, las creencias, los oficios de artesanos que utilizan en algunos casos técnicas ancestrales que se transmiten de generación en generación. En general este patrimonio no lo valoramos, salvo cuando nos enfrentamos a una nueva gran pérdida como la del sismo del 2010. Nuestra región de O’Higgins, tiene un patrimonio inmaterial muy rico, que el Museo Regional de Rancagua hace varios años está investigando. Iniciamos el trabajo realizando catastros de artesanía tradicional, de arquitectura, de festividades religiosas y costumbristas, de cantores a lo humano y a lo divino, cantoras de rodeo, luthiers o artesanos en instrumentos musicales, tarea que nos mostró un panorama general de la región, y a través del tiempo nos permitió comprobar que oficios como el de salinero, el de loceras, chamanteras, estriberos, espueleros han ido disminuyendo en algunos casos hasta desaparecer, ya que no son rentables para vivir y han sido sustituidos por productos realizados con materias primas más baratas. En cambio otros que pensábamos desaparecidos, como los cantores a lo divino, cuentan con jóvenes que cantan décimas en honor a un Santo, la Virgen o Jesucristo y por lo tanto tienen asegurada su supervivencia. Todos estos poetas populares tocan o se acompañan con guitarra, guitarrón, rabel, que son los instrumentos tradicionales del campo chileno. Otra manifestación muy desarrollada en la zona es la creencia en las animitas, espíritus de personas que han muerto en forma violenta, inesperada o injusta, que son objeto de culto popular y que se ven en las orillas de los caminos. Las festividades religiosas de mayor arraigo en la zona son la Fiesta de la Inmaculada Concepción que se celebra en el santuario de La Compañía (Graneros) y en Puquillay (Nancagua), la de Santa Rosa de Lima en Pelequén (Malloa), de Nuestra Señora de la Merced en Alcones (Marchigue), de San Andrés en Ciruelos (Pichilemu). Han resurgido fiestas como la de Cuasimodo, desaparecida por largos años y que ahora está presente en la mayoría de las comunas, lo mismo que las danzas religiosas o “bailes chinos” que en algunos sectores han llegado a formar cofradías. Las santiguadoras que “quiebran el empacho” en niños pequeños, que pensábamos sólo se encontraban en sectores rurales alejados, las encontramos en diferentes barrios de la capital regional. Otro oficio que está vigente es el de cuenta cuentos que ameniza cualquier reunión, ya que nos da a conocer mitos y leyendas, junto a fantasías muy entretenidas. Es tiempo de volver la mirada a este patrimonio que permanece en el tiempo y que nos pertenece a todos.

 

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