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EDICIÓN | Abril 2011

El silencio, un bien cada vez más caro

Por Pilar Sordo
El silencio, un bien cada vez más caro

Si yo le preguntara cuántas veces al día está en silencio o cuántas veces en la jornada lo encuentra o si se preocupa por buscarlo, seguramente reconocería que muy poco.

El silencio de un hospital o de una clínica es casi un bien inexistente, para qué hablar de una iglesia o de un templo donde ya se habla como si fuera un mall. Atrás quedó esa sensación que yo tenía desde chica, cuando aparecía un letrero cercano a un hospital que decía “zona de hospital” para indicar que no se podía tocar la bocina y que ojalá los autos disminuyeran la velocidad.

Parece que algo nos pasa con el valor de lo “sagrado”, con el respeto por el otro y donde el ruido es hoy un sinónimo de vida, modernidad y positivismo. Algo nos ocurre con el silencio, parece que nos angustia, nos da miedo y tratamos de evitarlo, quizás para no tomar contacto con nosotros mismos.

Es claro que el silencio buscado genera crecimiento interior, paz y nos permite conectarnos con lo más esencial de la vida. Hace más fácil la búsqueda vocacional de los jóvenes, permite el reencuentro de las parejas y nos facilita visualizar conflictos como pocos estados emocionales.

El problema es preguntarnos, y que usted se cuestione, por qué lo evitamos, cuándo lo buscamos y qué hacemos cuando estamos en contacto con él. Una clásica pregunta es ¿qué hacemos cuando despertamos en las mañanas o cuando llegamos a la casa después del trabajo? ¿Está todo en silencio para comenzar el día o este comienza cuando prendemos las pantallas, y lo mismo hacemos al llegar por la tarde? ¿Cuándo dejamos nuestras casas en silencio para escuchar a los que amamos o para poder oír el silencio del alma? Ese silencio que habla y que dice muchas cosas, que la mayoría del tiempo no estamos dispuestos a aceptar.

El silencio, a mi juicio, será un bien tan codiciado como el agua dulce en muy poco tiempo y si no hacemos cosas desde la voluntad para generarlo, podemos perder contacto con él y con todos sus beneficios. Ya sea que lo encontremos, que lo busquemos o como creo que será en el futuro, que paguemos por él, es un elemento que no puede perderse. Sin duda, colabora y ayuda a la salud mental y física de las comunidades, donde las más evolucionadas, desde el punto de vista espiritual, saben cuidar y mantener dentro de las rutinas cotidianas. Los invito a pensar en este tema, eso sí, en el más absoluto SILENCIO.

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