Quizás uno de los elementos más importantes de la modernidad es el fenómeno de lo rápido que se hacen las cosas. Calentar comida en un microondas, planchar fácil, lavar ropa es sencillo, y si a eso le agregamos que ya no reparamos nada, porque todo parece desechable -incluso los afectos- entonces tendríamos que concluir que la vida es así y que bien poco podemos hacer. Sin embargo, creo que eso no es tan así y un ejemplo es lo que pasa con las fotografías. Los viejos, hace mucho tiempo que perdieron el derecho de verlas, porque nosotros tenemos todas las fotos metidas en máquinas. Un día algún loco va a introducir un virus o se puede producir un golpe eléctrico en los computadores y, sin darnos cuenta, nos vamos a quedar sin historias, sin pasado y sin nada para comentar de nuestras vidas.
Las fotos que tienen los viejos son en blanco y negro y las que pudieron revelar antes de los años ochenta; después, nunca más vieron fotos. Porque en este mundo, donde todo parece fácil, las dejamos de imprimir. Tenemos las fotografías metidas en carpetas donde hay un promedio de seiscientas fotos que jamás volveremos a ver en familia, porque nadie o muy pocas personas se van a sentar en el living de una casa a mirar esos cientos de fotos. Nosotros antes éramos felices con treinta y seis que almacenaban las historias de casi dos años de la vida de familia.
De verdad, tenemos que volver a imprimir las fotos. Debemos entender que en todos los dolores que hemos vivido este año como país, lo único que ha dado un poco de paz a las familias más dañadas son las fotografías, que hacen sentir, de una manera o de otra, que la historia continúa y que el pasado se puede llevar con uno cuando el presente es doloroso y el futuro, incierto. Además, las fotografías muestran otra realidad que es importante de analizar. Hoy nadie sale feo en las fotos. Las fotos se arreglan o si no se eliminan. Esto es un reflejo grave de un problema que nos muestra un mundo que no tolera las imperfecciones y que no acepta los errores. Así de rápido se están eliminando las relaciones poco gratas; evadimos los conflictos y no aceptamos algo tan natural como la vejez.
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<em><strong>âLas fotos que tienen los viejos son en blanco y negro y las que pudieron revelar antes de los años ochenta; después, nunca más vieron fotos. Porque, las dejamos de imprimirâ.</strong></em>
El mundo de las fotografías es un estupendo reflejo de cómo estamos funcionando como sociedad y del mundo que voluntariamente estamos construyendo todo los días. Un mundo poco tolerante, poco agradecido, desechable y que nos muestra que no por tener más lo podemos disfrutar. Hay gente que posee tanta música grabada en un pendrive que, aunque se vaya manejando a Alaska, no alcanzará a escuchar.
Volvamos a imprimir las fotos, usemos la voluntad para poder mantener la historia en nuestras manos, en nuestros espacios emocionales reales y no virtuales. Recuperemos la historia en nuestras manos y, por sobre todo, permitamos las imperfecciones, pues son parte del alma.