Este clásico de la década no solo trata de lo guapos y glamorosos que son Sean McNamara y Christian Troy, y cuán rayados están sus pacientes ansiosos de borrar desperfectos físicos, sino que opera como espejo de una sociedad hedonista, obsesionada con el aspecto y el éxito, acostumbrada a refugiarse en lo material como una manera de eludir el espíritu. En Nip/Tuck, por exitosas que sean las maniobras con el bisturí, las cicatrices emocionales nunca desaparecen. Si a menudo se acusa a esta creación de Ryan Murphy, creador también de la exitosa Glee, de ser un show retorcido, sórdido, y de moral relativa, este ciclo final de diecinueve capítulos está en posición de escandalizar todavía más. Aunque la estética sofisticada, cool, persiste como marca registrada, el contraste con las intervenciones quirúrgicas es más brutal. En esta temporada el trabajo en el quirófano resulta más crudo, se ven más tajos, carne, sangre y grasa, mientras la estabilidad emocional de Sean y Troy -siempre ligera y al borde de la mutua traición-, es más precaria que nunca. Aunque las historias y los personajes todavía son atractivos e intensos en este último ciclo, el fin llega en el momento justo. Esta temporada mantiene el nivel de las anteriores, pero también demuestra que Nip/Tuck no soportaría un lifting mayor. Ya no se puede estirar más. Su vida útil como un drama televisivo de primera categoría concluye, y a tiempo. Los personajes de Sean y Christian giran en círculos sobre sus propios vacíos existenciales y ambigüedades, incapaces de un rumbo que no sea solo saciar los instintos. Nip/Tuck. Viernes 00:25 horas en TVN.