<em><strong>âMe preocupa la poca importancia que le damos a la mesa como centro de conversación y de comuniónâ.</strong></em>
Yo no sé si se han dado cuenta, pero los jóvenes tienen muchos problemas para expresarse y para mantener conversaciones fluidas, sobre todo cuando se refieren a temas de âadultosâ o de información de cultura general.
Quizás una de las razones que llevan a eso es la poca importancia que le damos a la mesa como centro de conversación y de comunión, y la dificultad que tenemos muchas familias para sentarnos en ese lugar para compartir y además para comer.
Cuando nos sentamos a la mesa, hay unas sillas en las cuales se ubican siempre mis hijos y cuando ellos no están, estas quedan vacías. Con esto, ellos, donde estén, se sienten seres importantes y, por sobre todo, irremplazables.
Si a eso le agregamos el maravilloso concepto de la sobremesa, casi desaparecido, esa conversación cuando ya no queda nada de comer o se consumen los restos, donde aparecen historias, posturas frente a temas complicados. Donde desarrollamos la capacidad para escuchar, aprender del otro, conocer nuestra historia familiar, reírnos, para enrabiarnos y perdonarnos, haciéndonos sentir que, a pesar de todo, la familia está ahí.
Quizás con estos dos elementos podríamos volver a desarrollar en nuestros jóvenes la capacidad de conversar desde el amor y desde la incondicionalidad. Donde, aunque haya tensión y conflicto, también aparecen las formas de solucionarlos.
Sin duda, la mesa es un lugar de crecimiento, encuentro y conocimiento mutuo. Un espacio donde no importa lo que comamos, es más un lugar donde nos encontramos no sólo con los otros, sino con nosotros mismos y con la esencia de nuestra historia.