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EDICIÓN | Septiembre 2010

Reflexión Bicentenaria

Por: Gonzalo Olmedo Espinoza, Licenciado en Historia, Universidad de Valparaíso. Investigador del Museo O’Higginiano y de Bellas Artes de Talca.
Reflexión Bicentenaria

Originalmente pensaba escribir sobre las celebraciones del centenario en Talca, pero la tragedia que rodea las celebraciones del bicentenario me hizo cambiar de parecer. No sólo por el terremoto, sino que también por el derrumbe de la mina San José, cerca de Copiapó. Los treinta y tres mineros atrapados y la esperanza de rescatarlos antes de la Navidad del presente año, son coyunturas que, inevitablemente, estarán en los libros de historia.

En vista de nuestra trágica realidad, uno poco tendría que celebrar, pero si la tragedia ha sido una constante en la vida nacional, el abatimiento y la desesperanza no han sido parte de nuestra idiosincrasia. Como nación, una y otra vez nos hemos regenerado, hemos curado nuestras heridas y nos hemos vuelto a poner de pie.

Cabe recordar unas palabras de Simón Bolívar escritas en su <em>Carta de Jamaica</em>, en 1815, referidas a un contexto diferente, la instalación del sistema republicano y sus leyes, y que si bien no tienen que ver con el actual momento que vivimos, perfectamente nos pueden ilustrar en diferentes períodos de nuestra historia.“<em><strong>Si alguna permanece largo tiempo en América, me inclino a pensar que será la chilena</strong></em>”.

Cien años atrás, la fatalidad rodeó también las celebraciones del centenario. En 1906, Valparaíso y gran parte de la zona central de Chile se vieron afectados por un terremoto; en 1910, previo a las celebraciones, fallecieron el Presidente Pedro Montt y su sucesor Elías Fernández Albano. Desde la década de 1890, una serie de huelgas y movimientos obreros reclamaron por mejoras laborales y sociales, proceso conocido como La Cuestión Social y que tuvo, entre otros efectos, la muerte de miles de personas en el norte minero, los puertos, la capital, la zona carbonífera, el territorio mapuche, e incluso, la Patagonia. Fue una época de dolor nacional.

Pese a ello, no es poco lo que hemos avanzado en estos doscientos años (a decir verdad, ciento noventa y dos años de vida independiente, pero esa es otra discusión para un próximo artículo). Por de pronto, somos un país independiente y soberano, donde los derechos políticos están asegurados por la edad y no por la condición social, el nivel educacional o el sexo de la persona; la mujer está incorporada a la vida pública y laboral; los niveles de alfabetización llegan a casi el ciento por ciento de la población; y las condiciones y el sistema de salud han permitido mejorar las expectativas de vida, así como hacer prácticamente desaparecer enfermedades mortales como la viruela. Este listado también requiere de otro largo etcétera.

Por lo mismo, en estas celebraciones del bicentenario sólo pido sentido de responsabilidad, un compromiso ético de lo que hacemos frente a los otros. Que ello se asuma en nuestras labores, en nuestra vida cotidiana, y no después de cada tragedia. Sólo así podremos honrar a todos quienes hicieron de Chile una patria libre y soberana.

 

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