Estas semanas hemos visto una locura por el mundial y la actuación de Chile. Todo el mundo disfrazado y participando de cada uno de los eventos relacionados con Sudáfrica. Independiente de si a uno le gusta o no este deporte, me parece sano para un país la posibilidad de compartir, reírnos y juntarnos, sintiéndonos iguales frente a un sueño. Después de lo vivido el 27 de febrero, qué emoción me da ver a la gente damnificada gozar con algo y, por un rato, olvidarse del dolor para poder âsimplemente- disfrutar de la vida. Me emocionó ver en la cancha al equipo chileno y escuchar el himno nacional, aunque me llama la atención que no todos los equipos canten su himno. Me tocó el corazón ver a tanta gente reunida con los colores patrios, esos que a veces nos cuesta tanto mostrar. Siempre me ha sorprendido ver que los niños chilenos se âdisfrazanâ para el 18, en vez de vestirse con sus trajes típicos. Ojalá esta efervescencia nacional ayude a que sintamos más orgullo por lo nuestro. Me parece bien la fiebre por el mundial, me parece sano que nos riamos mucho, que sintamos la tensión de esos dos tiempos y que explotemos en gritos cuando ese esfuerzo se concreta en un gol. Creo que nos hace más humanos, más simples, más sanos y, sobre todo, más cercanos y parecidos. Sin duda alguna, el deporte saca lo mejor de nosotros, nos hace bien. Por lo tanto, debiera haber, a mi juicio, más políticas que estimulen distintos tipos de disciplinas para compartir muchas más veces, en diversas ocasiones, estas alegrías del alma. Gracias a Dios por poder ver a mi país más cercano y optimista y espero que seamos capaces de mantener esta energía después del mundial. Eso indicaría que no sólo lo pasamos bien, sino que crecimos como seres humanos y como sociedad.
<em>FRASE DESTACADA</em>: â<strong>Ojalá la efervescencia nacional por el Mundial de Fútbol, ayude a que sintamos más orgullo por lo nuestro</strong>â.