¡Qué gran dilema! Somos campeonas para dudar a la hora de sorprender a nuestro alrededor, gastamos tanta energía en mirar para el lado, buscando aprobación, que perdemos nuestro objetivo.
Me he topado con madrinas al borde del ataque de nervios, cuando la futura consuegra le “robó” el color o el modelo. Solo hay una cosa en donde previamente se ponen de acuerdo —que corresponde a un asunto de protocolo— y es el estilo. Ni hablar cuando se trata de eventos que son al mediodía o de tarde. Es una confusión. Nadie sabe qué hacer, basta que el vestido tenga un mínimo de brillo, para que sea descartado.
Bien, todo esto pasa por un tema, que a mi juicio es bastante serio, de una inseguridad que raya en el extremo. Si nosotros trabajáramos nuestra estima, desde pequeñas, nada de esto pasaría. Ante una invitación, se debe seguir el protocolo, pero nosotras somos quienes debemos darle un plus a la tenida. Nunca vamos a pecar de elegantes, ni estar off, todo lo contrario, seremos admiradas desde el silencio o bien verbalmente. Dejemos de lado ese eterno afán de que no nos vean, tengamos otra actitud para mostrar que la belleza interna también se puede expresar por fuera.
En cuanto al largo del vestido, eso pasa por un tema personal. A veces un buen par de piernas son nuestra “cartita bajo la manga” que vale la pena lucir. O un insinuante y elegante escote, o bien, una bonita espalda… Cada una sabe lo que tiene, y a qué sacarle partido, la opinión de los demás sobra. ¡Ah! y si el vestido tiene un brillo, qué más da, ¡así somos nosotras y olé!