Mientras estallaban los fuegos artificiales la noche de año nuevo y mis invitados se abrazaban me fui perdiendo en el cielo iluminado y desde la abstracción empecé a hacerme promesas. De esas promesas que tenía que empezar a cumplir ahora ya. Seguramente parecía soldado mirando a la bandera llena de orgullo. Pensaba: este 2012 si que sí. No volvería a decir empiezo el lunes, como las dietas, esa batalla la perdí hace rato, asumí que me encanta comer pan.<br /> <br /> Decidí encontrar esa parte mía que había dejado abandonada en algún lugar de los años, cuando tenía menos responsabilidades y gozaba más, cuando me reía más y me complicaba menos, cuando no tenía patas de gallos y las canas eran lejanas. No podía ser tan difícil, me prometí cosas sencillas, como disfrutar mi entorno y lo que le queda de patrimonio a la ciudad que habito. <br /> <br /> Busqué las fotografías que en los años sesenta Sergio Larraín tomó en Valparaíso. Con las imágenes en la retina llegué a los lugares fotografiados, divagué, pensé, me emocioné y pajaronié. ¡Qué acción más gratificante es esa!, me encanta pajaronear y lo mejor es que ya nadie me reta por pajarona. <br /> <br /> Empecé a vivir la ciudad sin mi cotidianidad ciega, sin tener un propósito, caminé y caminé, subí a los trolleys buses solo por subirlos, escuché en las noches las sirenas de los barcos, vi las obras de teatro en las calles, vi como esta ciudad y la vecina se llenaban de turistas, me convertí en uno más, incluso fui al Festival ¡y a platea! Tomé cerveza bien helada en una fuente de soda, fui a la playa San Mateo, comí cuchuflí y barquillo, vi como ciclistas de diferentes partes del globo se tiraban cerro abajo en una competencia. Y ahora que todos vuelven a sus lugares, y la ciudad se despeja un poco de los visitantes, pienso que me gusta el resumen veraniego, así que juro como un soldado vivir en verano todo el año.