Cuando cumplí ocho años, recibí mi primera mascota, un canario. Dejé de lado mis muñecas y me tomé en serio lo de la maternidad, estaba a cargo de un ser vivo. Ambrosio el canario, ocupaba mi tiempo y pensamientos. No sólo le daba agua, alpiste y limpiaba su jaula todos los días; aprendí que tenía un paladar refinado, zanahoria, lechuga, manzana, apio, huevo duro, entre otros, fueron parte de su menú.
En verano le ponía una piscinita y en las noches lo soltaba para que vola- ra en mi pieza. Teníamos que comunicarnos de alguna manera y apren- dí a silbar.<br /> Con los años decidí que necesitaba un hogar más grande, así que partí con mi papá, o sea su abuelo, a la feria de las Pulgas en la Avenida Argentina. Nunca había estado en ese lugar. En dos segundos me llené de pulgas y dejó de parecerme raro el nombre. Había visto en las pelí- culas de Semana Santa bazares gigantes, pero una feria como ésta, nunca. Cabezas de muñecas para repuesto, herramientas aceitosas, ropa usada, muebles, manillas, cerraduras, loza, madejas de chalecos destejidos, granos, animales, jaulas y todo tipo de cachureos, era una feria enorme y alucinante.
Hicimos el cambio de hogar, al rato la jaula estaba abierta y Ambrosio volaba a cielo abierto. Mi papá corría y yo lloraba detrás. Lo agarramos a varias cuadras del lugar de fuga. Regresó a su antiguo hogar, la gran jaula no era segura para él.
Ambrosio fue mi mascota durante dieciséis años, murió dos semanas después que mi papá. Lo enterré en el jardín envuelto en un pañuelo de su abuelo.
Hace veinte años salimos a comprar la jaula a la feria de las Pulgas, que se instala todos los domingos en la Avenida Argentina. Con el tiem- po se ha ido extendiendo a otras calles, se ha modernizado, abundan electrodomésticos y accesorios de celulares, pero si buscan bien, toda- vía se encuentran los repuestos y cachureos antiguos, de esos que ahora ocupo para restaurar mis muebles.