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EDICIÓN | Junio 2011

La Educación Superior en el Juego de la Vida

Julio Castro Sepúlveda, Rector Universidad Viña del Mar
La Educación Superior en el Juego de la Vida

<strong>En Chile debemos asumir que la demanda y expansión de este sector seguirá centrada en los estudiantes de menos recursos, menor capital cultural, menores redes sociales de apoyo y, en la mayoría de los casos, menores calificaciones.</strong> <strong>Por ello, garantizarles una educación de calidad no sólo apunta al interés individual de esos alumnos, sino al interés de toda nuestra sociedad.</strong>

La educación superior juega un papel clave en el desarrollo de la sociedad en su conjunto y ya no sólo de sus élites, como acontecía y se asumía en décadas pasadas. Al punto que hoy se la reconoce como la fuente principal de movilidad social. Sin embargo, aun cuando figura en el centro de las agendas públicas de la mayoría de los países del mundo, recién ahora ha empezado a entrar tímidamente en las agendas políticas.

Esta situación no deja de sorprender, por cuanto la educación, en general, y la educación superior, en particular, contribuyen al fortalecimiento de las instituciones que hacen posible la gobernabilidad democrática.

En Chile, la admisión a la educación universitaria se da en el contexto de una creciente cobertura y políticas nacionales que señalan que ampliar la cobertura es una necesidad del país, si éste quiere alcanzar los niveles de competitividad internacional a los que aspira.

Uno de los mayores desafíos que en la actualidad enfrenta nuestra educación superior es asumir el hecho de que su demanda y expansión va a continuar centrada, en buena hora, esencialmente en estudiantes de menores recursos, menor capital cultural, menores redes sociales de apoyo y, en la mayoría de los casos, menores calificaciones.

En efecto, la tasa de cobertura bruta de educación superior en Chile es de 41%, comparada con el 56% que -en promedio- alcanza el resto de los países de la OCDE. La encuesta CASEN 2009 indica que sólo el quinto quintil (el de más altos ingresos) presenta una tasa comparable con la de la OCDE, de lo cual se deriva que la mayor cobertura deseada para el sistema provendrá de los quintiles más bajos, que proceden -a su vez- de instituciones de enseñanza media municipalizadas o particulares subvencionadas cuyos rendimientos en la actual prueba de selección son significativamente inferiores a los que presentan los egresados de colegios particulares pagados.

Chile se vanagloria y, con justa razón, de haber aumentado la cobertura bruta en educación superior de un 7%, en la década de 1970, a un 41% en la actualidad. No obstante, es necesario tener presente que este aumento fue hacia los quintiles de menores recursos. Los quintiles más altos tienen cobertura casi completa. Pero este correcto resultado de política pública no está alineado con los incentivos públicos existentes. Recursos como el AFI, por ejemplo, siguen siendo dirigidos a las instituciones de educación superior que captan a los estudiantes provenientes de los quintiles más altos, pues son ellos los que tienen mejores resultados en la PSU. Haber logrado un puntaje de 500 puntos o menos en esa prueba no significa que quienes los obtienen tengan algún tipo de limitación. Significa, simplemente, que no han tenido las oportunidades.

Hacerse cargo de estos estudiantes, de esta nueva demanda, tiene costos adicionales a su formación, pues se trata no solo que ingresen a la educación superior, sino que tengan efectivas oportunidades de egresar e insertarse en un mercado laboral cada vez más competitivo.

Esto impone una carga importante a las  instituciones de educación superior, en el sentido que para enfrentar y superar este desafío se hace indispensable generar los cambios necesarios para adecuar la gestión académica e institucional,  la oferta de carreras o programas, el currículo, los métodos pedagógicos, los servicios estudiantiles, a las necesidades de esta nueva población estudiantil.

Garantizar una educación de calidad no sólo apunta al interés individual de nuestros estudiantes, sino al interés de toda la sociedad. Es decir, constituye no solo un bien privado, sino también un bien público, pues apunta a la formación integral de personas, ciudadanos y profesionales y, con ello, a la generación del capital humano imprescindible para el desarrollo nacional y de las regiones, apoyando, de esta manera, la creación de un país más justo, más inclusivo y  más solidario.

Héctor Aguilar Camín, ese notable escritor mexicano, señala en una de sus novelas que "en el juego de la vida, o el destino, los hombres no llegan tan lejos como les auguran sus talentos, sino como se los permiten sus limitaciones". Si esta lacerante afirmación es cierta, entonces, quizás, la tarea de las instituciones de educación superior hoy no es otra que apoyar a estas nuevas generaciones de estudiantes en la superación de sus debilidades y permitirles, de esta manera, llegar un poco más lejos en este "juego de la vida".

 

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