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EDICIÓN | Febrero 2011

24 Horas en Cerro Tololo

Arturo Gómez (Astrofotógrafo, Observatorio Interamericano Cerro Tololo).
24 Horas en Cerro Tololo

Quizás muchas personas se pregunten, ¿qué cosas suceden en un observatorio astronómico? En realidad, aquí pasan muchas cosas, que no son muy normales, en relación con otros lugares de trabajo. Partiendo de la base que aquí trabajamos de noche y en el día dormimos, ya es una gran diferencia del resto de los mortales.

A las 12h55m suena el despertador y abro un ojo, tomo mi radio y la enciendo, para escuchar los titulares de las noticias. Rápidamente me dirijo a mi auto y voy en dirección a los telescopios, en donde chequeo, en cada una de las cúpulas, si todos los sistemas e instrumentos operaron sin problemas durante la noche. Son, en principio, cinco cúpulas y cinco telescopios con sus respectivos instrumentos.

Cuando son las 13:30 hrs llega el <em>carry-all</em> desde La Serena, el que trae a un astrónomo que observará, esa noche, en uno de los telescopios de Tololo. Yo ya sé, desde hace seis meses, qué instrumento y qué telescopio usará, además de la cantidad de noches que estará con nosotros. Nuestra carta satelital nos indica que el tiempo estará muy favorable y sin nubes. Es el sello de Tololo. Son trescientas noches despejadas al año, las que dan tranquilidad al astrónomo que nos visita.

Él usará un instrumento muy especial llamado "espectrógrafo", y que es como pedirle el carnet de identidad a cada objeto que él observe durante la noche. El espectrógrafo nos da información sobre qué elementos químicos, qué periodo de evolución, qué tipo de rotación y si el objeto se acerca o se aleja de nosotros, todo ello en una sola fotografía de su espectro.

Cuando son las 15:30 hrs, se presentan los ingenieros electrónicos para averiguar si hay alguna modificación en los equipos o en los computadores, que quiera el astrónomo implementar a última hora. Todo está perfecto. A las 16:30 hrs., todo el personal que subió desde La Serena a las 6:30 hrs A.M, está bajando a sus hogares. Solamente quedaremos trabajando, durante una semana, los turnos de los ingenieros electrónicos, cocineros y personal que opera los telescopios, durante la noche.

Cuando son las 17 hrs, todos bajamos a cenar, ya que nuestra labor de trabajo comienza al atardecer, a las 20 hrs., con la puesta del Sol. En ese momento, ya estamos trabajando, tomando fotografías del cielo brillante, sin estrellas, para poder calibrar nuestros instrumentos, que una hora después, estarán apuntando a las primeras galaxias del programa que trae nuestro astrónomo visitante. Ellos, los astrónomos, vienen de diferentes puntos del planeta, digamos... de todos los países del mundo. Casi no hay país que no haya visitado nuestro Observatorio de Cerro Tololo.

Lo más importante es que Cerro Tololo hizo, como lo dice la canción de Serrat... CAMINO AL ANDAR. Y ese camino lo hizo, también, nuestra gloriosa Universidad de Chile, que guió los pasos de los científicos, que andaban buscando un pequeño trozo de tierra en donde instalar un gran observatorio, para observar los más maravillosos objetos que la Madre Naturaleza había puesto en los cielos australes de este indómito universo.

Cuando son las 6 hrs A.M. ya vemos los primeros rayos del amanecer por sobre la Cordillera de los Andes y nos ponemos de acuerdo para juntarnos a tomar desayuno y comentar lo que sucedió en las horas previas. Fue sin duda una noche redonda, ya que todos los astrónomos completaron sus programas de observación y les quedó tiempo libre para recorrer y conocer objetos que, desde el hemisferio norte, no se ven, como son las Nubes de Magallanes, dos galaxias cercanas a la nuestra, La Vía Láctea.

Durante la mañana, electrónicos y especialistas en computación retiran y chequean los datos que han obtenido los observadores en las horas previas. Eso significa que, en un observatorio astronómico, se trabaja las 24 horas del día y que la coordinación entre todos nosotros es fundamental para que la eficiencia, frente al astrónomo visitante sea, como lo es hasta ahora, sea en un ciento por ciento, gracias a un pequeño terreno, ubicado en un monte llamado Cerro Tololo, en los "Andes Chilenos".

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