La moda de los chefs con onda lleva un rato y crece. Hay algunos un poco siúticos âsimpático Sumito pero su voz engolada, uf-; los que tienen vocación de instructor militar como Gordon Ramsay, el demonio de Hellâs Kitchen, y quienes se toman el asunto en plan rockstar, la opción de Anthony Bourdain. El británico Jamie Oliver (35) encanta precisamente porque no parece interesado en montar un personaje, sino ser él mismo y darle un intenso toque de naturalidad a sus programas. Maneja la palabra con gusto y decisión. Nunca para de hablar ni de moverse inquieto, pero tampoco atosiga con las explicaciones de sus platos y en los detalles atendibles a la hora de ir a la feria, la tienda o el supermercado.
Aunque de seguro podría ser todo lo sofisticado que quisiera, Oliver cocina pensando siempre que para replicar sus preparaciones más bien sencillas, solo se necesitan ganas. Reivindica todo lo que puede el uso de hierbas aromáticas âla salvia y el romero por ejemplo-, cocinar con los dedos, y encajar el tocino en la mayoría de sus recetas, como una manera de declarar que la comida sana no es sinónimo de fome. Aún así, la cocina de Oliver es notoriamente saludable y con enjundioso aspecto casero, mientras los escenarios de sus distintos programas âtodos de notable factura técnica y cuidada producción- sugieren dinamismo y un estilo de vida saludable, todo sellado con absoluta espontaneidad.
Oliver luce tan seguro de la bondad de su estilo, que ha encabezado en Inglaterra campañas para mejorar los bizarros hábitos gastronómicos de sus compatriotas, entrando en conflicto con grandes marcas de alimentos y grupos de padres que rechazan sus propuestas. Sin embargo nada detiene su cruzada con un eslogan que no aparece escrito, pero decodificable en todos sus espacios: de una buena comida depende una buena salud.
Jamie Oliver en Fox Life