En esta segunda entrega ahondamos en los rituales de Semana Santa. Una mezcla de lujo y suntuosidad, con procesiones y creencias, por un lado, y celebraciones paganas, por el otro. <br /> <br /> En los rituales solemnes de la semana santa se desplegaba todo el lujo y la suntuosidad posible, reflejada en los adornos que se empleaban, sobre todo en el día jueves santo, distinguiéndose la plata labrada de los numerosos candelabros que adornaban los pasillos y salones, tanto en las casas aristocráticas como en las valiosas mallas de las iglesias. En las llaves de los cofres, donde se depositaba el sacramento, lucían piedras preciosas con profusión, facilitadas por las señoras de mayor alcurnia familiar.<br /> <br /> Pero la procesión más solemne de la semana santa serenense de aquellos tiempos sacros, era la del viernes santo, que se llamaba "Del Descendimiento". A la derecha se ubicaban las andas donde estaba la imagen de Nuestra Señora de los Dolores con goznes o articulada en los brazos; le acompañaban dos niños ataviados lujosamente como ángeles vivos y sentados a la vera de la Virgen.<br /> <br /> Cuando el predicador disertaba sobre la pasión de Cristo, la Virgen de los Dolores, por medio de un resorte, levantaba los brazos enjugándose las lágrimas y los ángeles imitaban este gesto, provocando expresiones masivas de congoja. Antes de terminar el sermón y llegado el momento del descendimiento de Cristo crucificado, dos sacerdotes subían hasta la altura de la cruz, revestidos con roquetes y portando un martillo, además de otros utensilios que permitían bajar el cuerpo. Empezaban sacando el cartel INRI, luego seguía el clavo de la mano derecha, y con el martillo golpeaban para extraerlo mostrándolo a los fieles, y así sucesivamente, hasta desclavar totalmente el cuerpo; por último, lo tomaban en brazos y lo mostraban al pueblo, provocando con ello las mayores demostraciones de dolor. Terminada esta ceremonia, el crucificado se colocaba en un sepulcro en andas y comenzaba la procesión, saliendo todas las insignias de la pasión que se hallaban dentro y fuera de la iglesia. De allí partía, pasando por San Agustín y la Merced, desde donde salían otras andas que se unían a las de San Francisco, formando el cuadro más extraordinario de sociabilidad democrática y fe religiosa de La Serena.<br /> <br /> Destacaban entre los acompañantes, unos hombres llamados "Cucuruchos", quienes días antes salían a pedir limosna por la ciudad para costear esta función, diciendo: "para el santo entierro de Cristo y soledad de la Virgen". Vestían de ropa talar negra que les cubría de la cabeza a los pies, donde se apreciaban unas ojeras por las que miraban, llevando en la cabeza una capucha larga que terminaba en la parte superior en forma de espiral, o más bien dicho, un sombrero con forma de pirámide cónica. Las festividades de semana santa en España guardan celosamente estas prácticas de fe. De las otras celebraciones religiosas del año, solo una destaca: la fiesta de la Señora de las Mercedes, en cuya procesión se sacaba un preso de la cárcel, de los que no tenían delito grave.<br /> <br /> En la fiesta de Corpus Cristi se presentaban varias figuras en la plaza a fin de dar solemnidad a la función; tales eran las tarascas, caballitos, gigantes, cojuelos, catimbados (hombres semidesnudos vestidos con pieles de machos cabríos) y danzantes, cuyas figuras eran más bien un embeleco para alarmar a los muchachos y entretener a la población concurrente. Estas celebraciones eran financiadas por los diferentes gremios de artesanos de la ciudad, a quienes encargaban fabricar estas figuras, como también la fabricación de los arcos que se ponían en la circunferencia de la plaza, bajo los cuales pasaba la procesión del Santísimo. Los arcos eran adornados con muchas cintas, palios que servían para colocar en las mesas de los altares de la iglesia, como asimismo, otros adornos de vestiduras sacerdotales como manípulos, cíngulos y estolas de lama de brillo. También colgaban de ellos varias figuras artesanales, como muñecas, mineros y frailecitos, todos con sus respectivos ropajes. Estas figuras fueron abolidas por los sacerdotes de la curia romana en los años 1835 a1836. Los cucuruchos fueron abolidos en 1823 o 1824, pero perduran hasta el día de hoy en la semana santa de Salamanca. El costo de la festividad del Corpus y la octava fue suprimido por el intendente Francisco de Borja Irarrázabal, al negarse a firmar el decreto para autorizar el prorrateo forzoso de los gremios de comerciantes; como asimismo la obligación de los artesanos de cancelar los materiales usados para levantar los arcos en cada esquina de la plaza. <br /> <br /> Aires de laicismo y liberalismo soplaban en La Serena a mediados del siglo XIX.<br /> <br />