Para nadie es una novedad que la vida moderna ha significado cambios importantes en las formas de vida de las personas y los países. Asociado a las mejoras de las condiciones de vida se presentan variaciones demográficas y epidemiológicas, las que se observaron inicialmente en los países del primer mundo y ya hace años se evidencian en América Latina y el Caribe. Estos cambios derivan de una importante disminución de la mortalidad de la población joven, con un aumento de la esperanza de vida y también una disminución de la fecundidad. En este contexto, es inevitable el proceso de envejecimiento paulatino de la población y el cambio en las formas de enfermar de esa misma población.
Según datos de la CEPAL, Chile a más que duplicado los índices de envejecimiento en los últimos veinte años; con cifras de 20,3 por ciento de población mayor de 65 años sobre población menor de quince años en 1990, a 41,4 por ciento, en 2010. De mantenerse la tendencia, este indicador se proyecta a 60,2% en el 2020 y 90,8% en el año 2030. Este envejecimiento es preocupante, según la CEPAL, dado que se ha producido "a un ritmo más rápido que el registrado históricamente en los países desarrollados y un contexto caracterizado por una persistente desigualdad, un débil desarrollo institucional, sistemas de protección social de baja cobertura y calidad y una institución familiar muy exigida en materia de seguridad y protección".
Esta realidad nos desafía a enfrentar como país y sociedad no sólo la carga social y financiera que implica mantener a esta población dependiente e inactiva; sino que también tendremos que sobrellevar la carga de enfermedad asociada a las personas de edades mayores. Se trata de personas que presentan un mayor riesgo de afectarse y morir por enfermedades de tipo crónicas y degenerativas, como problemas cardiovasculares (hipertensión arterial, infartos, accidentes cerebro vasculares, diabetes...); cánceres de todo tipo y problemas de salud mental (demencia senil, Alzheimer). Demás está decir que el mayor reto para controlar estos problemas de salud es el desarrollo de políticas públicas y de salud enfocadas a prevenirlos en las nuevas generaciones.
No podemos dejar de mencionar que si bien este es un problema de orden global, somos las mujeres las más afectadas, dado que tenemos una mayor expectativa de vida que los varones. El indicador de esperanza de vida es, en la actualidad, de setenta y nueve años en promedio; sin embargo, esta cifra es de setenta y seis años para los varones y de ochenta y dos años para las mujeres. De lo anterior se deduce que los servicios que se establezcan para enfrentar la problemática obligan a tener un enfoque de género conforme a las necesidades de una población femenina envejecida.
La pregunta es "¿estamos preparados como país para enfrentar el envejecimiento de nuestra población?". Parte de las respuestas a esta reflexión las intentaremos abordar en un foro panel organizado por el Programa de Magíster en Salud Pública de la Facultad de Medicina de la Universidad Católica del Norte, el que se llevará a cabo el día 18 de noviembre y donde se presentarán y discutirán temas como salud y envejecimiento, problemas de salud mental en los adultos mayores, comparación de sistemas de previsión y pensiones de Chile con otros países y se mostrará la experiencia francesa en el desarrollo de políticas de bien envejecer.