La ingeniería genética permite obtener plantas que soportan las heladas o evitar el uso de plaguicidas, tratar áreas contaminadas por petróleo o desechos mineros, y acceder a terapias para corregir males congénitos. Sin embargo, debe sustentarse en una investigación básica y aplicada, independiente y veraz, que permita aquilatar los riesgos reales de los imaginarios, y tomar decisiones fundadas en buenas razones y no en prejuicios. La expresión “Organismo Genéticamente Manipulado (OGM)” ha venido a trasformarse en sinónimo de algo negativo, cuando no peligroso, y más cuando se trata de alimentos. Pero ¿qué son los OGM?, ¿por qué investigar en ellos y producirlos?, ¿son realmente peligrosos? Mientras para la primera pregunta la respuesta es relativamente simple, no lo es para las dos siguientes.
Los OGM son organismos que han sido objeto de cambios en sus genomas usando técnicas biotecnológicas, y se suelen agrupar en aquellos en los que se ha alterado la dotación cromosómica, generalmente incrementándola, conocidos como poliploides. Estos pueden originarse en forma natural o artificial, y son conocidos y usados en la agricultura desde antes del desarrollo de las técnicas modernas de genética y biotecnología. Por ejemplo, cereales como el trigo y la avena son poliploides naturales, condición que contribuye a darles sus características productivas favorables explotadas por el hombre.
El segundo grupo de OGM incluye las manipulaciones genéticas, en las que mediante técnicas de ingeniería genética se cambian propiedades naturales de los organismos con fines específicos. Cuando estas modificaciones implican la introducción de nuevos genes en el genoma de una especie, estamos en presencia de un organismo transgénico. Así, estos son una más de las múltiples categorías de OGMs. La investigación en ingeniería genética ha cobrado gran relevancia por el enorme potencial que ofrece para lograr organismos con propiedades específicas para determinados fines. Por ejemplo, pueden lograrse plantas que soportan las heladas mediante la introducción de genes para proteínas anticongelantes, provenientes de un pez, o evitar el uso de plaguicidas incorporando genes para la síntesis de proteínas insecticidas, provenientes de una bacteria. Asimismo, estas tecnologías tienen aplicaciones para producir productos farmacéuticos en grandes cantidades, a bajo costo y con menores riesgos para la salud humana o animal, el tratamiento de áreas contaminadas por petróleo o desechos mineros, o terapias génicas para corregir males congénitos, entre muchas otras.
Considerando que para el año 2050 se espera que la población humana en el mundo se incremente desde los aproximadamente seis mil millones actuales a unos nueve mil millones de personas, la mayoría en países subdesarrollados o en vías de desarrollo (África y Sud-Este asiático, principalmente), y que el uso intensivo de los suelos agrícolas y el cambio climático tienden a reducir la superficie de suelos utilizables para la agricultura, estas tecnologías son vistas como una herramienta poderosa para brindar seguridad alimentaria a la población humana.
Sin duda que, como en todo campo del quehacer humano, la aplicación de estas tecnologías entraña algunos riesgos, pero no se las puede evaluar en términos absolutos, sino contra la mejor alternativa. Así, el uso de plantas transgénicas resistentes a insectos (inocuas para vertebrados) deberían compararse con la producción de los mismos cultivos usando insecticidas químicos, solución alternativa para lograr producción agrícola de alto rendimiento. Por último, lo que es insustituible, es contar con buena investigación básica y aplicada, independiente y veraz, que permita aquilatar los riesgos reales de los imaginarios, y tomar decisiones fundadas en buenas razones y no en prejuicios.