En la cultura pop las opiniones unánimes son casi imposibles, pero acá una extraña excepción. Desde su debut en 2007, esta serie dramática no solo ha conquistado el reconocimiento de la crítica y los mayores premios de la industria televisiva estadounidense por su elaborada producción, la inteligencia de sus guiones y la profundidad de sus personajes, sino que ha conseguido algo más complejo: es un referente cultural capaz de representar crudamente la masculinidad, con sus grandezas y miserias. El personaje principal Don Draper, un exitoso publicista de la neurálgica avenida Madison en la Nueva York de los años 60, encarna una selección de rasgos que muchos ambicionan. El tipo tiene facha, es sofisticado, capo en su trabajo, gana buena plata y arrasa con las mujeres mediante maneras elegantes y viriles. Toda esa áurea triunfal colinda con oscuros rincones en el historial de Draper: carga un pasado sórdido plagado de mentiras que terminaron arruinando su matrimonio y desintegrando su familia, todo enmarcado en un periodo de voluptuosos cambios sociales y culturales, incluyendo la política, el sexo y las drogas. Esta cuarta temporada es definitivamente la mejor por una razón sencilla: es el ciclo en el que Don Draper se humaniza y se revela más vulnerable que nunca. La nueva agencia Sterling Cooper Draper Pryce es mucho más modesta y enfrenta serios problemas para conseguir clientes. Y Draper, ahora soltero, lleva una vida desordenada y carreteada. El glamour que irradia da paso a la desorientación, a cierta decadencia apenas disimulada. Sin perder el énfasis en el mundo publicitario âesa sobria manera que tiene Mad Men de enseñar cómo se promociona y vende en la meca del capitalismoâ, en este ciclo la serie alcanza cuotas de maestría. Hace rato es la televisión y no el cine estadounidense el lugar donde se producen los mejores dramas. La pantalla chica anida el riesgo, como valora la inteligencia del público. Esta serie es la confirmación definitiva. Mad Men. Domingo 22:30 en HBO