La ciudad de La Serena, reconocida también como la Ciudad de Los Campanarios, atesora en la actualidad un patrimonio arquitectónico que nos trae a la memoria las iglesias de la región de Andalucía y Extremadura, sobre todo aquellas que fueron construidas por los conquistadores de la región, a fines del siglo XVI y comienzos del siglo XVII. Nos referimos al conjunto de iglesias, capillas y oratorios diseminados en la traza urbana y que dan cuenta de una ardua tarea de evangelización de nuestra sociedad a través de 462 años. Entre ellas, destacan las pertenecientes a las órdenes fundacionales que fueron partícipes de la fundación de la ciudad de San Bartolomé de La Serena. Y de las cuales reseñaremos referencias históricas de interés. La iglesia del Convento de San Francisco, con su torre campanario al costado sur, que guarda en su interior la imagen del Cristo articulado, que hasta la segunda mitad del siglo XX fue el centro de la devoción y la penitencia de la feligresía serenense durante Semana Santa. Sus gruesos muros fueron levantados con la piedra sillar extraída desde las canteras de Tierras Blancas, y otras tantas, de las calizas de Juan Soldado o Punta del Teatino. Asimismo, los maderos para construir los andamios, fabricar sus recias puertas, tallar los postes de la techumbre y el artesonado de dinteles, pórticos y ventanas fueron sacados de los bosques de la Estancia de Fray Jorge. Los clavos y tachones de cobre que sirvieron para asegurar la estructura, fueron proporcionados por las minas de cobre de Brillador y Marquesa La Alta. Por su amplia y sólida arquitectura se puede suponer que su creación se remonta a la fundación de la ciudad, a la par que la iglesia Matriz o Catedral. En diciembre de 1627 debió estar terminada no sin antes sufrir, como en tantas ocasiones anteriores, el terremoto de 1604. La iglesia del Convento de Santo Domingo, famosa no tan solo por albergar a los predicadores de la doctrina católica por valles y serranías de la región de Coquimbo, sino por haber sido ocupada, saqueada e incendiada por el pirata Eduardo Davis, en 1686. Sus sólidos muros fueron construidos con los bloques de piedra caliza de la mina de Punta del Teatino o Juan Soldado, propiedad que en el siglo XVII se conoció como la estancia âdel otro lado del ríoâ. Debido a la escasez de recursos, la iglesia pudo terminarse hacia 1775. El convento e iglesia de la Virgen de la Merced Redentora de Cautivos en Tierra Santa es, a no dudar, la que luce la mayor prosapia, abolengo y poder, desde la fundación de La Serena en 1549. La orden de los mercedarios es la red vinculante de los nueve conquistadores y encomenderos a quienes el rey de España entrega mercedes de tierras y pueblos indígenas para su evangelización y manutención. El patrono y protector de este convento es el capitán general don Francisco de Aguirre, que en 1581 debió ser enterrado en el altar mayor. Durante todo el período colonial y la primera mitad del siglo XIX (1851), el convento atesoró las mayores riquezas artísticas, joyas y propiedades, que los conquistadores y los parientes de las familias de los Aguirre, Cisternas, Bravo de Morales, Cortés Monrroy, el Marquesado de Piedra Blanca y Guanilla, y tantos otros, legaron a los residentes del convento y la Virgen, sus bienes muebles e inmuebles. Un ejemplo notable es la marquesa María Bravo de Morales, quién entregó a la Virgen sus collares y aros de perlas y oro, ribeteados de esmeraldas, rubíes y diamantes. Lamentablemente, todas las alhajas y ornamentos sagrados de la Iglesia y la Virgen de La Merced desaparecieron con la revolución de 1851, liderados por Félix Vicuña y José Miguel Carrera y Fontecilla, hijo de don José Miguel Carrera. La evangelización espiritual y cultural desarrollada por las órdenes mendicantes y militantes de la Iglesia Católica sobre los pueblos originarios y sus descendientes en la región de Coquimbo, queda representada en la permanencia arquitectónica vernácula de los templos, de la ciudad de los campanarios, que en términos simbólicos es la Ciudad de la Luz, pues combate las tinieblas de la ignorancia y el pecado e irradia los principios de la fe y la civilización