Las tremendas batallas de Concón y La Placilla, con todo su tremendo costo humano y material, no habrían sido más que el desenlace de la Revolución de 1891. A diferencia de cómo nos enseñan en las escuelas, los sucesos bélicos que sellaron esa cruenta guerra interna se escribieron en la pampa salitrera que, al final de cuentas, era, además, el gran botín de guerra. <br /> <br /> Cómo no recordar cuando a mi hija mayor, que estudiaba para una disertación, le di amplios antecedentes sobre esta batalla y su relevancia, que debían significarle un merecido reconocimiento. A su vuelta del colegio venía decepcionada. Ambos -ella a instancias mías- habíamos quebrantado algo de la historia "oficial", aquella que seguimos con incauta obediencia, perdiendo de vista la historia regional, con sus hechos gravitantes, con nuestra economía que sustenta erarios, con estos territorios siempre claves.<br /> <br /> Febrero de 1891. Ya el conflicto se hallaba en pleno desarrollo y sus acontecimientos principales acontecían en el norte, donde se originaban, en gran medida, las causas de esta guerra: la política de José Manuel Balmaceda de nacionalizar el salitre y los ferrocarriles, lo cual había encontrado férrea oposición, al chocar con poderosos intereses, dentro y fuera del país.<br /> <br /> Ya se habían librado sendos combates en la Aduana de Iquique; en Dolores y en Huara. Faltaba la batalla decisiva, que definiese la dominación del territorio desde Tacna hasta Copiapó. El lugar seleccionado por una suma de avatares fue Pozo Almonte, en el entorno de la estación del ferrocarril, siempre estratégico, lo mismo que el agua. Hasta allí llegaron las fuerzas balmacedistas, comandadas por el coronel Eulogio Robles, y las congresistas, dirigidas por el general Estanislao del Canto. Más de tres mil hombres se enfrentarán entre cerros y calichales. Ambos bandos contaban con trenes, uno blindado de los congresistas y una locomotora armada de los gobiernistas. <br /> <br /> Mediodía del 7 de marzo de 1891: algunos errores y aciertos estratégicos permitieron una rápida culminación de la batalla, dejando como vencedores absolutos a las tropas del congreso, con un lamentable "repase" de prisioneros, que se ensañó con el coronel Robles, previamente herido y refugiado en la Cruz Roja del pueblo. <br /> <br /> Hoy: no hay monolito que recuerde los sucesos, ni un homenaje a los caídos. La batalla sigue casi desconocida, pese a ser tan o más relevante que Concón y La Placilla. Con su triunfo, los congresistas aseguraron el dominio de las provincias de Tacna, Tarapacá, Antofagasta y Atacama, controlando la industria del salitre y constituyendo la Junta de Gobierno de Iquique. En estos desiertos se armó gran parte del ejército que desembarcó en Quintero, con veteranos de la guerra del 79 y pampinos que, paradojalmente, apoyaron a las fuerzas del congreso, contribuyendo así a que se instaurara la República Parlamentaria, la misma que será trágicamente severa en reprimirles en las décadas siguientes, volviendo de nuevo la mirada a Balmaceda y su sino trágico.