Fue durante una batalla en el pueblo de Tarapacá, unas décadas antes de aquella de 1879. Ocurrió en medio de las vicisitudes y caudillismos en que se enfrentaban y amistaban, una y otra vez a Perú y Bolivia y que tenían como guinda al apetecido puerto de Arica. Las desavenencias llegan al punto que en noviembre de 1841 el gobierno de Agustín Gamarra declara la guerra a Bolivia e inicia una la invasión de ese país. Mal le fue, ya que sufrieron una gran derrota en la batalla de Ingavi, cerca de La Paz. <br /> <br /> El triunfador de ese episodio bélico fue el General José Ballivián, quien como contrapunto ordenó a invadir el sur de Perú, lo cual cumple hasta las proximidades del Cusco, incluyendo por lo tanto a Tarapacá.<br /> <br /> Un capítulo poco conocido es la batalla que se libra en San Lorenzo de Tarapacá, capital provincial. Los hechos se gestan los primeros días de 1842, cuando unos cien soldados bolivianos, comandados por el coronel José María García, ocupan el poblado. El subprefecto Calixto Gutiérrez de La Fuente va por ayuda a Iquique, donde el mayor Juan Buendía (el mismo que participará de la Batalla de 1879) organiza una milicia de veinte osados, que emprenden rumbo a la quebrada. En la noche del 6 de enero los peruanos toman por sorpresa a la guarnición boliviana, que en la oscuridad no dimensionan las proporciones de las fuerzas que les atacan, atrincherándose en el edificio del Cabildo. <br /> En esta parte del relato sigamos los escritos "Tradiciones Peruanas" de Ricardo Palma (publicadas desde 1860): Sobre una hora después eran poco más de treinta los fusiles y escopetas que hacían fuego sobre los cien soldados del coronel García. A las cuatro de la mañana la victoria pareció inclinarse a favor de los bolivianos, pues los disparos de sus adversarios disminuían y la corneta de Mariano Ríos (un joven que se había enrolado armado únicamente con el instrumento), había cesado de resonar. Se les habían agotado las municiones. Tenían algunos tarros de pólvora, pero ni una libra de plomo....<br /> <br /> Buendía comenzaba a desesperar. De pronto un joven eclesiástico que vagaba entre los combatientes auxiliando a los heridos y moribundos, se acercó y le dijo: - No hay que desmayar; voy a traer plomo. Y entrando en su habitación se detuvo ante un retablo que representaba el divino misterio de Belén.<br /> <br /> Era la noche del 6 de enero, día de la Adoración de los Reyes Magos. El clérigo tenía en su casa un precioso nacimiento... y el Niño Jesús era... de plomo. Gracias a él los peruanos tuvieron balas para continuar el combate a la luz del sol. Aquellas balas hicieron maravillas. Háganse ustedes cargo... ¡Eran balas del Niño Dios!<br /> <br /> A las siete de la mañana, agotadas ya sus municiones, los bolivianos se rindieron y Tarapacá tomó especial consideración por su fuerza y por el temple de aquel grupo que diezmó a tan superior número de invasores, con balas de tan providencial origen.