Tell Magazine

Columnas » Patrimonio

EDICIÓN | Septiembre 2011

Calama en una noche de ensueño

Por Floreal Recabarren Rojas
Calama en una noche de ensueño

<strong>AFIANZANDO EL PODERÍO BRITÁNICO</strong><br /> <br /> Nubarrones negros avanzaban sobre la historia, amenazando la estabilidad económica y política del mundo. La posguerra (1914) asomaba con cara de cadáver y guadaña de desgracias. En el tercer decenio del siglo XX, el salitre natural de Chile perdió el interés de los agricultores por la presencia del sintético, el cual resultaba  más barato. La nueva constitución se convertía en un obstáculo político, mientras se adecuaba a las circunstancias. Para colmo, las Fuerzas Armadas entraban de lleno en el quehacer político, de modo que el coronel Carlos Ibáñez del Campo afianzaba su protagonismo político.<br /> <br /> Europa buscaba nuevos caminos para avanzar. Mussolini y Hitler iniciaban el diálogo del cañón y la metralleta. En Inglaterra, se observaba con preocupación la merma de su capacidad imperial, especialmente su relación con América Latina. La libra esterlina perdía su fortaleza como moneda de uso de intercambios y surgía amenazador el dólar norteamericano. En esas circunstancias, el gobierno británico se movilizó con todo su poder y su historia para restablecer y consolidar su valor como nación. Éste, usando de  su poderío diplomático envío embajadas de amistad hacia América Latina, donde se inserta la presencia de dos príncipes y herederos del trono: Alberto y Jorge.<br /> <br /> <strong>LOS PRÍNCIPES EN LAS ALTURAS DE OLLAGÜE</strong><br /> <br /> La actual comuna de Ollagüe tiene una superficie de 2.900 Km cuadrados por sobre 3.600 metros sobre el nivel del mar. El ferrocarril de Antofagasta y Bolivia ha sido su apoyo económico y poblacional. Los escasos habitantes que allí vivían -la mayor parte indígenas-, se habían ya informado de la llegada de los soberanos ingleses y esperaban su arribo con curiosidad infantil.  El gobierno de Carlos Ibáñez del Campo, en la estrategia de buscar amigos y aliados para enfrentar el conflicto de límites con Perú, ordenó un recibimiento real, a cargo del almirante Juan Schroder y al coronel Bruno Montt.<br /> <br /> Por su parte, la embajada inglesa comisionó al cónsul Juan Barnett para recibirlos en nombre del gobierno británico. Asistieron don Mateo Radovic, en representación de la Intendencia, y el ferrocarril instruyó a su administrador, don Arturo Haskett, para recibirlos como anfitrión. Era un hermoso día de verano -20 de febrero de 1931- y las autoridades esperaban impacientes mientras un grupo de bolivianas, cholitas, con sus vestidos de pollerones amplios de seda y sombreros de pita blancos con una copa muy alta, esperaban el momento de realizar su baile.<br /> A lontananza se observó el avance del tren, que con los efectos del sol daba la sensación de un objeto que se deshacía. El pito anunció el arribo de Jorge y Eduardo. El silencio milenario se quebró entre aplausos y vivas. Luego de eso, en un gesto de coquetería, Eduardo pidió a Jorge fotografiarse junto a las cholitas y las risitas vergonzosas se dibujaron en los rostros de las niñas.<br /> <br /> <strong>TIERNAS COMO LOS CHOCLOS</strong><br /> <br /> Antes de las cinco de la tarde se anunció la partida hacia Calama. El convoy estaba dispuesto de todo: coche dormitorio y comedor para Eduardo y la comitiva. Mientras el convoy iba devorando los kilómetros, la estación ferroviaria de Calama se iba convirtiendo en un centro de manifestación popular. Una concentración de mujeres, madres e hijas de ingleses y americanos, repletaban el sector más cercano a la línea del tren, mientras las morenitas estaban postergadas en segunda fila.<br /> <br /> Todo se detuvo a las 22:15 de la noche, menos el silencio. De pronto, vistiendo pantalones grises y camisa azul, dos apuestos varones que se desplazaban con elegancia y movimientos atléticos, descendieron del tren provocando una gran ovación. Paralelo a eso, la banda del regimiento tocaba los himnos nacionales, mientras Eduardo y Jorge estrechaban las manos tiernas de las mujeres. La tez bronceada, los ojos claros y cabellos rubios, provocaban un sortilegio.  Nadie podía adivinar que seis años más tarde, Eduardo (VIII) decidió a favor del amor y renunció al trono inglés, mientras su hermano asumía como Jorge VI.<br /> <br /> Una historia de hadas para contarla en las noches frías de los inclementes inviernos calameños. Tierna como sus choclos.<br />

 

Otras Columnas

» Ver todas las Columnas


OPINA

  • Verificación Anti SPAM, Ingrese el resultado de la siguiente operación7+1+8   =