En Pichilemu, donde la niebla marina riega los hermosos valles del interior, nació el niño José Caro Rodríguez. Mientras José María, padre, esperaba en la sala contigua, Rita, su esposa, enfrentaba los dolores del parto. Era un día frío y lluvioso de 1866.
Desde pequeño, José María fue un fervoroso creyente y se cobijó bajo el alero de la Iglesia Católica. Su vocación lo llevó a ingresar al Seminario de Santiago y su entrega fue tal que continuó su camino en Roma, en el Colegio Pío Latino de la Universidad Gregoriana, donde obtuvo el grado de doctor en teología.
A sus cuarenta y seis años, la autoridad eclesiástica lo envió a Mamiña, pueblo cordillerano de aguas sulfurosas. Al año siguiente, fue nombrado vicario apostólico de Tarapacá, con sede en Iquique.
<strong>IQUIQUE SIN DIOS Y SIN LEY</strong>
Iquique vivía la grandeza del salitre, sal blanca transformable en oro. Sus habitantes habían olvidado la fe de sus padres y los idearios de los partidos radicales, democráticos y socialistas, habían acrecentado el ateísmo popular.
En las faenas del salitre, el trabajo portuario y ferroviario generó un proletariado que convirtió a los curas en el blanco perfecto de sus críticas. Mientras, el capitalismo salitrero explotaba el trabajo de sus obreros con horarios sin descanso y sin ninguna seguridad social, lo que generó las condiciones para que los trabajadores sintieran la necesidad de agremiarse.
El vicario se puso de su lado, a pesar de los ataques sin justificación que recibía la Iglesia. Por ello, Caro decidió salir a las calles y acercarse a la gente. Por primera vez, en Iquique se realizaría la procesión de Pascua de Resurrección y con solo anunciarla, recibió críticas e insultos. Los obreros se desquitaban con la Iglesia de las injusticias que sufrían. Sin embargo, Caro continuó con su cometido y se propuso levantar una capilla en cada una de las oficinas salitreras de la región.
En una campaña para hombres físicamente fuertes, la débil figura del obispo se alzó para denunciar las pésimas condiciones de vida de los obreros y para ayudar a que los chilenos, especialmente la aristocracia y la creciente burguesía, comprendieran que "la cuestión social" existía. Monseñor tomó la bandera de la justicia social, así lo expresó en el semanario católico: "vamos a trabajar para que haya una solución en el carro social que hoy beneficia a unos pocos y deja en la pobreza a una inmensa masa".
Monseñor José María Caro permaneció tres años desempeñándose en la vicaría de Tarapacá, difundiendo la fe y defendiendo a los obreros y a los pobres.
<strong>LA GRANDEZA DE</strong><strong> LOS GRANDES</strong>
El vicario fue trasladado a La Serena en 1925 y cuatro años después, llegaba a Santiago con el cargo de arzobispo. En otro escenario, pero en el mismo tiempo, la izquierda unida en el Frente Popular apoyaba la candidatura de Pedro Aguirre Cerda a la presidencia. Conservadores y liberales montaron la campaña del terror: el presidente Aguirre, masón y radical, destruiría las iglesias, atentaría contra las religiosas y cerraría los colegios católicos.
Aguirre resultó electo y, a pesar de los comentarios, don José María lo visitó para saludarlo. Fue el inicio de una amistad verdadera, que se mantuvo, contra viento y marea. Afectado por una tuberculosis, Pedro Aguirre Cerda agonizaba mientras su fiel amigo de toda la vida, rezaba por él la oración final.
<br class="spacer_" />