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EDICIÓN | Agosto 2011

Corazón agradecido

Heidi Dettwiler, gestora Miravalle
Corazón agradecido

Hace dieciocho años inició un proyecto de vida en un rincón de Quilimarí. Rodeada de naturaleza y sintiendo que este era un punto de partida, instaló, junto a su marido, un centro de retiros para quienes necesiten recargarse, descansar y estén buscando un sentido a su existencia.

Por Laura Valdés P. / fotografía Isabel Sanhueza U.

La carretera empieza a serpentear por la costa, playas como Pichidanqui, Los Molles y Los Vilos regalan un paisaje distinto al acostumbrado en la capital regional. Hay más vegetación y el azul del cielo llega a fundirse con el del mar. Atravesándola y dirigiéndose hacia los cerros a la entrada de Quilimarí, uno pasa por el pueblo de Guangualí, continúa por el camino de la Iglesia y unos pocos kilómetros adentro está Miravalle. Un reducto lleno de vegetación y flores que muestra una asombrosa transformación sufrida desde que Heidi y su marido Hugo llegaron. El terreno eriazo y seco de antaño muestra hoy "el regalo de la vida". Con paciencia y mucho amor, las plantas fueron creciendo, los árboles dieron frutos y se muestra como un oasis para "la sanación del alma", como le gusta llamarlo a nuestra entrevistada.

Heidi es uno de los motores principales del centro. Rubia y de ojos azules, denota sus orígenes suizos por el lado paterno. Imparable, le gusta hacer cosas, organizarlas y no estarse quieta. Ese espíritu de ver más allá de lo cotidiano lo trae desde pequeña. Pasó su infancia y adolescencia en Chile, entre Santiago, Panguipulli y Papudo. Estuvo en el Colegio Suizo de Santiago y el último año, sin pedir permiso a sus padres -vivía para entonces con sus abuelos- lo hizo en el Manuel de Salas, ya que quería conocer la diferencia entre su cuidado ambiente en el Colegio Suizo y el ambiente mucho más controversial y masivo de un liceo.

Los mejores recuerdos de niña son la conexión que tenía con la naturaleza en Panguipulli, los bosques que amaba, los ríos y el cielo azul. Para ella no había mejor experiencia que gozar de las flores, el sonido de las hojas bailando en el viento, los jardines llenándose de aromas y colores y el canto de los pájaros. Todo eso en contraste con una vida familiar inestable, una vez que sus padres se separaron. Por eso, sus abuelos fueron su gran sostén, además de su hermana Romy, quien fuera su compañera de juegos y un pilar de ayuda fundamental en su vida, especialmente cuando a los dieciocho años quedó embarazada de su único hijo. "No tuve apoyo de mis padres. Fui obligada a casarme y a hacerme cargo de mi propia vida; hasta ese entonces era soñadora, muy idealista, medio hippie y alternativa. Era sana, no me interesaban las drogas ni el alcohol. Disfrutaba de Khalil Gibran y de los versos de Neruda".

Sin embargo, al poco tiempo se separó y aprovechando su doble nacionalidad, en los tiempos difíciles del gobierno militar, su padre la envío a Suiza sola. Fueron años muy duros para ella. "No pude llevarme a mi hijo, estaba devastada, deprimida y apenas capaz de hacerme cargo de mí misma. Tenía mucho miedo y solo quería morir. Eso hasta los veinticinco años".

¿Qué sucedió?
Traté de salir de ese estado con sicólogos en Europa, pero de a poco me fui fijando en la cultura oriental. Algo había en ella que me hizo sentir esperanzada, sentí una inexplicable sed de conocer la India, sed que se calmó cuando varios años más tarde y casada con mi segundo marido, pudimos por fin visitarla. Fue una experiencia llena de poder, de magia, de amor y belleza. Luego seguimos yendo cada año, ya han sido diecisiete viajes a este lugar. En uno de ellos, estando en India, cerca de Varanasi, me enamoré de Buda; sin saber nada de él ni de sus enseñanzas, sentí profundamente que conocer su camino me ayudaría a entender mi vida y a mí misma. Con mi marido fuimos a Nepal pocos días después de esta fuerte revelación. Conocimos a un gran Lama budista y empecé a seguir sus enseñanzas. Conocí el camino de Buda y mi vida por fin adquirió todo el sentido que había buscado tantas veces en medio de mi incomprensión y queja de la vida.

¿Cómo llegaste a Quilimarí y hace cuánto tiempo?
Llegamos "enviados" por manos invisibles, así es como siempre lo he sentido. Luego de varias visitas al valle, por fin pudimos comprar un pequeño terrenito de dos hectáreas. Al cabo de un tiempo construimos una casa pensando en salir de Santiago los fines de semana y poder tener nuestro jardín, frutales y huerto. Durante un viaje a India conocimos a un Swami que luego nos vino a visitar. Con él hicimos nuestro primer retiro de yoga y meditación -ya más de dieciocho años atrás- invitando a nuestros amigos y conocidos, veinticuatro personas en total. El Swami sugirió que creáramos un espacio libre de contaminación para que la gente pudiese limpiar sus cuerpos y mentes. Eso significaba nunca comer carne en el lugar, no fumar ni tomar alcohol, no usar pesticidas y abonos químicos para las plantas y permanentemente practicar ejercicios espirituales y meditación en el lugar. Ya éramos vegetarianos y todo lo demás resultó de lo más fácil, pues creíamos en ese estilo de vida. Así se plantó la semilla de lo que sería un centro de retiros. Con el devenir del tiempo fue creciendo y, finalmente, dejamos la vida en Santiago y nos mudamos a vivir aquí.

¿Cuáles han sido las grandes satisfacciones que te ha traído Miravalle?
La primera, y sin duda, el contacto permanente con la naturaleza; ver crecer las plantas, los árboles, compartir el espacio con mis perros, gatos y otros seres visibles e invisibles. Respirar aire puro y escuchar el silencioso ritmo del latir de la Tierra. Sentir que esta tierra es un pedazo del todo y que solo somos sus guardianes, tratarla con amor y devoción, cuidarlo todo para que la gente que viene pueda beneficiarse. Ver las caras de los estresados santiaguinos al llegar y luego sus bellas expresiones relajadas al irse de vuelta, testificar sus cambios, su proceso de sanar y transformar.

¿Sientes que has encontrado un ancla en tu vida o al contrario, hay más lugares que descubrir?
Este es mi lugar ahora. No he dejado de viajar -especialmente a Asia- y hay varios lugares que me han cautivado, lugares que llevo prendidos a ese punto del corazón en donde arde la llama del amor puro y la luz.

¿Cuál es tu filosofía de vida?
Desarrollar el amor y la compasión, salir de mi ignorancia y caminar el sendero de conocerme y llegar a experimentar la realidad tal y cual es. Vivir en simpleza y armonía, aprender, aprender y no dejar de aprender. Sobre todo, aprender a darme entera a los demás.

¿De qué forma aplicas esta filosofía en la cotidianeidad?
Pues viviendo, simplemente viviendo lo más conscientemente que puedo.

Leyendo tu página en Internet he visto que hacen varios talleres, hay también cursos, ¿qué más puede la gente encontrar allí?
¿Qué tal encontrar un camino de vida o al menos intuirlo? Además, excelente comida, sana, y preparada con amor. Masajes y sanaciones. Conversaciones que abren el horizonte, compartir con otros que ya se han cansado de buscar afuera y no lo han podido encontrar.

¿Cuáles son tus proyectos?
Seguir creciendo, en ambos sentidos, primero el interno (¡me falta tanto camino por recorrer!); luego también en cuanto a Miravalle mismo, hemos adquirido otro campo, de sesenta y cinco hectáreas, donde pensamos desarrollar algún proyecto de amor a la vida.

Si tuvieras que definir tu estado presente, ¿cuál sería y por qué?
Estoy mucho más grande, he aprendido harto de mí y de la vida, soy bien feliz a ratos; digo a ratos porque la felicidad, mientras no haya total liberación, no es permanente, va y viene, como todo. A ratos sufro, me enojo, lloro, me desilusiono, juzgo, rechazo. Soy humana. Pero ahora tengo herramientas, sé cómo salir de mis estados aflictivos, entiendo mucho mejor mis procesos, mi mente, mis desafíos. Ya hace rato dejé de buscar la felicidad afuera. Ahora sé que lo perdido está adentro y solo aquí (sus manos apuntan su pecho), lo he de encontrar.

¿Qué significa para ti la felicidad?
Vivir sin ego. Entender y conocer el propósito de la vida. Amar.

Heidi se muestra feliz del camino seguido. Su hijo, casado hace un año, le dio un nieto, una alegría que viene a sumar muchas en este período de su vida, la que continúa en la búsqueda del crecimiento personal.

"Estando en India, cerca de Varanasi, me enamoré de Buda; sin saber nada de él ni de sus enseñanzas, sentí profundamente que conocer su camino me ayudaría a entender mi vida y a mí misma".

 

 

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