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EDICIÓN | Julio 2011

Equilibrio abstracto

Hendrik Tschammer, escultor
Equilibrio abstracto

Si bien sus dotes artísticas empezaron de muy pequeño en su Alemania natal, dos grandes maestros le aconsejaron, después de vivir la época de la posguerra, que se ganara la vida con una profesión y no con el arte. Se tituló de ingeniero metalmecánico, diseñó un motor que ganó el campeonato mundial de motos en dos ocasiones y dejó su Europa por los encantos de Sudamérica. Pero en todos estos años nunca abandonó su espíritu creativo. Hoy se dedica de lleno a su gran pasión: las esculturas.

Por Laura Valdés P. / fotografía Philip Southern A.

En una parcela llena de árboles frutales y a los pies del cerro del Molle, Hendrik y su mujer crearon su hogar echando raíces definitivas en este lado del mundo. Muy distante a Oder y a Essen, ciudades que fueron testigos de su amor por el arte. La primera, por tener una infancia muy marcada por el gusto artístico de sus abuelos y la segunda, por la influencia de grandes artistas que lo motivaron a buscar la forma de crear donde fuera.

“Nunca dejé el arte de lado, siempre lo desarrollé de igual forma que mi profesión, y ahora continúo feliz”, señala con los ojos risueños, mostrándonos su parque de esculturas que llena el antejardín con una explosión de formas y colores.

¿Cómo llegó a desarrollar este tipo de esculturas?
Porque soy un observador innato. Cuando veo algo que me interesa, lo primero que hago es tomar un lápiz y hacer un boceto en un papel y lo guardo. Luego, con más tranquilidad, lo abro y busco la forma de llevarlo a una tercera dimensión. Ahí viene lo interesante, porque hay que calcular, hacer una maqueta y, finalmente, transformar esa idea en una escultura.

¿Cómo fue su encuentro con el arte?
Desde niño, a los cuatro años en la casa de mis abuelos. A mi abuela le gustaban las acuarelas y a mi abuelo el óleo. Crecí en medio de pinceles. Más tarde, en la época del colegio, el padre de mi mejor amigo era un pintor y escultor muy conocido. Él me enseñó muchas cosas, pero la principal fue cómo observarlas. Primero tenemos que utilizar nuestros ojos, desnudar las cosas, personas, rostros y luego hacer un trazo con eso.

Si le gustaba el arte, ¿por qué estudió metalmecánica?
Este artista, Heinrich Kasan, me dio el ejemplo de que el arte es muy duro para vivir de él. Mi amigo y su familia apenas sobrevivían después de la guerra en Alemania y, a pesar de ser un artista, tuvo que trabajar en una mina de carbón porque conseguir el sustento era difícil en esos tiempos. Constantemente él me decía: olvídate de esta cosa. Yo sé que te gusta y tienes habilidades, pero no pienses ganarte la vida haciendo esto.

Y buscó una carrera…
Sí. Además, a mí también me gustaba mucho la mecánica. Manejaba una moto desde los ocho años, sin licencia, claro. Mi madre tenía una y yo se la sacaba al principio y más grande empecé a arreglársela. Por eso opté por la ingeniería, pero además también seguí con el arte, en forma paralela, en la universidad.

¿Qué sucedió con el arte?
Mientras estudiaba en la Ruhr-University en Essen, escogí como ramo paralelo el arte. Tuve excelentes profesores, pero recuerdo especialmente a Joseph Beays, quien era famoso en esa época y viajaba por todo el mundo. “En la vida no se puede desperdiciar nada. Todo vale, cualquier material, porque todo es arte y todos somos artistas”, nos decía, y eso fue una gran enseñanza para mí Lo único que uno necesita son las herramientas para hacer una obra y luego que esa pieza toque, de alguna manera especial, a alguien. En ese momento, se produce arte.

LA GRAN ODISEA

Antes de terminar sus estudios, Hendrik siguió sus impulsos y en un viaje aventurero se embarcó con un amigo a New York para conducir un automóvil Jaguar. Su pasión continuaba por los motores, pero también por los animales. Una vez en América, quiso conocer, en su hábitat natural, un tigrillo, felino nocturno y de piel manchada, lo que los llevó a adentrarse por México, El Salvador, Guatemala, Panamá y, finalmente, Ecuador en su búsqueda. En este último país pudo recién encontrar un ejemplar, pero al mismo tiempo quedó enamorado de su geografía y de su gente. Apenas pudo, regresó con más tiempo, para luego trasladarse con su familia, en 1975. Allí desarrolló diversos proyectos de ingeniería, donde alcanzó pronto un buen pasar económico. Durante ese período comenzó sus primeros trabajos en pintura y esculturas en metal. Sus conocimientos profesionales los empezó a aplicar también en el arte. Pero con la crisis económica, decidieron marchar con su familia y buscar un nuevo lugar. Alemania ya no les gustaba, por el clima y la gente, y buscaron un país que estuviera más estable en Sudamérica. Así llegaron a Chile, en 1991. “Nos encantó, pero de todos los valles que recorrimos, este, el de Elqui, nos atrapó una noche con la cantidad de estrellas que había en su cielo nocturno y nos quedamos viviendo en el Molle”, señala. Desde esa época, él se ha dedicado a las esculturas y su señora al cultivo de orquídeas. “Somos felices”, acota satisfecho.

¿Y ahora puede vivir del arte?
Sí, ahora puedo.

¿Por qué?
Porque ahora tenemos muy pocos gastos (ríe con fuerza). La verdad es que tenemos suficientes ahorros, por lo que me puedo dar el lujo de hacer lo que yo quiero. Yo me dedico a esto con mucha seriedad. Cada pieza es única y tiene muchas horas de trabajo. Porque me gusta conseguir la perfección y el equilibrio.

¿Cuáles son sus próximos proyectos?
Quiero seguir creando, exponiendo. Tengo invitaciones del Colegio Alemán en Santiago y del Instituto Chileno Alemán, además de la mezquita en Coquimbo. Yo no paro, la gente puede ubicarme aquí en la parcela N°11, o en mi email tschammer@hotmail.com. Para mí, la vida es aprender todos los días algo nuevo y soy feliz con eso.

“Cuando veo algo que me interesa, lo primero que hago es tomar un lápiz y hacer un boceto en un papel y lo guardo. Luego, con más tranquilidad, lo abro y busco la forma de llevarlo a una tercera dimensión”.

 

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