Tell Magazine

Entrevistas

EDICIÓN | Junio 2011

Sentidos de vida

Rafael Jordán, maestro yoga
Sentidos de vida

A los quince años empezó una afición que le transformaría la vida: el yoga. Su adolescencia y los años de la universidad fueron una etapa de aprendizaje constante. Combinaba sus estudios de abogado con la meditación y los ejercicios. A los veintiséis decidió, en un impulso, viajar a Japón por seis meses para compartir la meditación en silencio con monjes que practicaban el Za-Zen. Tiempo suficviente para regresar a Chile con una mirada completamente nueva, que en esta entrevista compartió con nosotros.

Por Laura Valdés P. / Fotografía Philip Southern A.

Rafael es un hombre de caminar y hablar pausado. La sonrisa dispuesta y amable. Su alta y atlética figura no pasa desapercibida y uno puede encontrarse con él en pleno centro vestido de traje y corbata con maletín en mano, como a orilla de playa con un holgado pantalón y en la posición del loto meditando.

Son mundos distintos que convergen en una personalidad agradable, dueña de una perspicacia aguda, inteligente y crítica. Por un lado, ejerce la abogacía, porque siempre le gustó defender las causas justas "y luchar contra las injusticias y los abusos", señala. Y por otro, se dedica a enseñar yoga, que ha sido el motor incombustible de su alma.

La primera inquietud de saber más sobre esta milenaria disciplina surgió al hojear un libro que su padre tenía en su casa en Santiago; allí se pasaba horas hojeándolo y viendo las distintas posturas que aparecían en las ilustraciones. Empinándose en los quince años, buscó por todos lados un lugar donde aprender y solo encontró a un amigo con su misma afición y que los llevó a auto practicar en un parque de La Reina, muy cerca de su casa.

<strong>¿Desde cuándo te dedicas de forma más profesional al yoga?</strong><br /> Siempre me lo tomé muy en serio. Los primeros años tenía que combinar los estudios, el colegio y luego los compromisos en la universidad. Durante ese tiempo seguí en mi búsqueda de un centro donde aprender, pero no había, hasta que años después encontré uno que se ubicaba en Antonio Varas. Pero al ir, quisieron dejarme de profesor y la verdad es que no era lo que yo buscaba, porque lo que quería era aprender realmente, no enseñar.

<strong>¿Y cómo te fuiste perfeccionando?</strong><br /> Fue progresivo. Porque el yoga siempre fue mi base, aunque practicaba otros deportes como taekwondo y atletismo. Cuando me titulé en la universidad, a los veintitrés años, me di el gusto de viajar a la India. Allí me dediqué a recorrer muchos lugares donde se practicaba yoga.

<strong>Estabas recién egresado, además...</strong><br /> Claro, entonces regresé con la idea de juntar un poco más de plata y volver. Junto con el yoga, también en ese tiempo le tomé el gusto a practicar la meditación y nuevamente me puse en la búsqueda de un lugar donde practicarla, porque definitivamente no existía un espacio, en esos años, para el yoga. Me encontré con el Centro de Cultura Oriental que está en Santiago y cuya modalidad era la meditación al estilo japonés Za-zen, que significa meditación sentado.

<strong>¿Y qué te pareció?</strong><br /> Me gustó porque era muy profesional, había personas serias. La primera vez que fui me encontré con la gente meditando, todos en silencio y sentados contra una muralla, al más puro estilo japonés, y con los trajes para la ocasión. Tocaron una campana y fue la señal para comenzar a meditar... esos primeros cuarenta minutos me dieron una sensación muy especial, me sentí muy bien y fue el momento en que me di cuenta de que había encontrado un espacio mágico.

<strong>CAMINO AL MONASTERIO</strong>

En su primer viaje a la India, en medio de un caleidoscopio de imágenes, había varias que se repetirían en su subconsciente; distintos letreros que anunciaban <em>full mooning Za-zen</em> o meditaciones en luna llena. En esa ocasión no pudo hacer ninguna, pero al encontrar en Chile un espacio, sintió que tenía una oportunidad para hacerlo. Y no se equivocó. Desde ese minuto se entusiasmó tanto que empezó a ir cada vez que podía hasta que le ofrecieron dirigir las prácticas. El destino hizo que conociera a un monje norteamericano que se llamaba Eishu-san que venía constantemente a Chile. Con veintiséis años, su vida se repartía en su trabajo como abogado y las prácticas de meditación. "Organizábamos retiros Zen que duraban unos siete días en completo silencio. Era todo serio, potente, realmente era una práctica muy buena", señala contento.

<strong>Fue toda una revelación...</strong><br /> Sí, fue tanto mi interés que este monje norteamericano me invitó a Japón al Monasterio de Bukokuji en Obama. La idea era que yo tuviera un encuentro con el que era su maestro, porque veía que yo estaba muy entusiasmado. Y un día decidí ir. Me acuerdo que estaba caminando por el centro a la hora de almuerzo y me metí a una agencia de viajes, pregunté si tenían pasajes a Japón y los compré para el próximo fin de semana.

<strong>¿Así tal cual?</strong><br /> Así. Y nadie sabía, y recuerdo que estaba el domingo en la mañana haciendo un bolsito y mi mamá me preguntó ¿para dónde vas? Y yo le dije, me voy para Japón y claro, no lo podía creer.

Y él tampoco se lo creyó. Hasta que se vio a bordo de varios aviones, combinaciones de vuelos de Santiago a Estados Unidos, y de ahí a Kioto, para luego llegar al lejano monasterio, apenas unas horas antes de que comenzara un largo entrenamiento. En plena medianoche entraba con su larga y hippie figura. Sus ojos azules brillando y una barba espesa que desentonaba con las cabezas calvas y trajes de ceremonia de los monjes del lugar. De una forma muy afectuosa lo recibió Roshisama, un gurú extraordinario, quien le mostró un lugar en el suelo para dormir. A las cuatro de la mañana tocaron las campanas y recién en ese momento Rafael tomó conciencia de su impulso y se preguntó. ¿Qué hago acá?

<strong>¿Y qué sucedió?</strong><br /> Fue increíble. Comencé a adaptarme a una vida muy fuerte porque para nosotros todas estas prácticas zen y yoga son como algo accesorio a la vida; la gente está preocupada de su familia, de sus estudios, de su trabajo y bueno, cuando tiene un rato libre destina un tiempo para eso, pero es como algo anecdótico, no es algo como muy vertebral para sus vidas. Pero ahí te das cuenta que es al revés. Que aquí las cosas que para la gente son las más importantes allí no interesan. Y la práctica es una cosa de vida y muerte

<strong>¿Cuánto tiempo te quedaste?</strong><br /> Seis meses. Pero fue a causa de un pequeño accidente que tuve al fracturarme un tobillo. Estaba meditando y se me habían dormido las piernas, tocaron las campanas y había que salir corriendo y yo me tropecé y me lesioné. No pude aguantar el dolor. De todas formas, la práctica de la meditación requiere que seas capaz de dejar el cuerpo para trabajar con tu mente y es difícil lograr eso.

<strong>Pero fue suficiente para ver las cosas distintas...</strong><br /> Totalmente, cuando llegué a Santiago venía con el cambio de mentalidad completo. Todo me parecía absurdo y además había quedado muy impresionado con la actitud de los japoneses; con la perseverancia que tenían, con la disciplina, con esto de entender el misticismo como algo esencial de la condición humana... Para ellos estar vivo es una oportunidad única que no se repite y que hay que aprovecharla al máximo. De hecho, ellos  siempre te están alentando a que tú no te duermas, no puedes desperdiciar esto.

<strong>EL VALLE DE ELQUI</strong>

Después de su viaje a Japón, tuvo la oportunidad de estar un tiempo más en Santiago e incluso realizar un segundo viaje al monasterio por tres meses. Sin embargo, surgía una necesidad de establecerse, tenía una pareja y junto a ella llegaron a los valles de la cuarta región por el año noventa y siete. Se compró un terreno, construyó una casa de adobe con la ayuda de un maestro y criaron a la hija de su pareja en plena libertad.

A un costado de su casa tenía su oficina donde llegaban los clientes para consultar temas legales, defendiendo las causas de varios de ellos cuando empezó la construcción del tranque Puclaro. Le fue tan bien que llegó a ganar más de lo que había trabajado diez años en Santiago. Eso le permitió estar tranquilo y dedicarse con más ahínco al yoga. Junto a Patricio Goicolea, o Jiku-san, crearon una comunidad zen en El Molle. Durante cinco años fue un proyecto exitoso, donde, incluso, realizaban yoga para los internos de la cárcel y los gendarmes. Sin embargo tuvo su fin y todos partieron menos él.

Se quedó en La Serena, donde continúa impartiendo clases de yoga a un gran número de personas. "Mi interés es poder despertar la conciencia de que es una práctica muy buena", agrega. "La vida se hace infinitamente más agradable, y aunque la gente lo conoce más como una práctica física, sólo representa un quince por ciento de todo el sistema de yoga, puesto que abarca una disciplina de vida. Entonces, la gente no necesariamente tiene que tener una condición física, porque en cualquier situación el yoga le va a servir. Y le va a permitir armonizar y entender su situación vital", sonríe y finaliza añadiendo: "el yoga te enseña que la vida es siempre lo que está surgiendo en el momento. Y es un proceso dinámico puesto que el yoga está totalmente vivo".

<strong><em>"Tocaron una campana y fue la señal para comenzar a meditar... esos primeros cuarenta minutos me dieron una sensación muy especial, me sentí muy bien y fue el momento en que me di cuenta de que había encontrado un espacio mágico".</em></strong>

<br class="spacer_" />

 

Otras Entrevistas

» Ver todas las entrevistas


OPINA

  • Verificación Anti SPAM, Ingrese el resultado de la siguiente operación5+6+9   =