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EDICIÓN | Octubre 2017

El regreso de Todd

Todd Temkin
El regreso de Todd

Todo un ícono de la apuesta cultural de Valparaíso, de fines de los noventa, fue Todd Temkin. Nadie puede negarlo. Su nombre aún resuena, como poeta, gestor cultural, columnista de El Mercurio de Valparaíso y fundador de la Fundación Valparaíso. Y aunque estuvo alejado de los medios de comunicación por un largo periodo, eso no quiere decir que no estaba en movimiento… al contrario, sigue más vivo que nunca. 

Por María Inés Manzo C. / Fotografía Mariela Sotomayor.

Hablar con Todd Temkin es escuchar una anécdota tras otra, y recordar una época en la que Valparaíso parecía perdido y volvió a renacer, gracias a ideas nuevas y proyectos proactivos que pocos se atrevían a hacer. Al pasar lo saludan como “el gringo”, algunos lo reconocen, otros creen hacerlo, pero para todos hay un saludo cordial o una sonrisa inmediata.

En las redes sociales —donde constantemente sube fotos y comentarios— se define como “un poeta de Wisconsin viviendo entre Valparaíso y la Patagonia” y se siente muy cómodo con esa descripción, pues ya dejó de ser el personaje mediático que aparecía en cada entrevista o reportaje acerca de la Ciudad Puerto y su labor como director de la Fundación Valparaíso. Hoy Todd se siente tranquilo y en paz.

A sus cincuenta y tres años, ha vivido veinticuatro en Valparaíso, su país adoptivo, y cree que no sería la persona que es sin haber llegado aquí. Le apasiona viajar, caminar, leer, escribir y tocar un poco de jazz y blues en su guitarra. “La imagen del hombre extrovertido que el mundo tiene de mí es un bluf. Soy ermitaño, poco asiduo a los asados, feliz con mis libros y con mi familia”.

¿Cómo compararías al Todd que llegó a Chile en los noventa y el que eres hoy?
Cuando llegué era un poeta narciso y mesiánico. Quería cambiar el mundo. En el camino me enamoré, me casé, tuve hijos. Perdí a mi padre. Todo eso te cambia. Te hace más humilde frente al universo. Sigo con el deseo de cambiar el mundo, pero desde una perspectiva más mística, más sutil. Mi enfoque hoy es el slow-life. A no confundir la comodidad con la felicidad. Siento que mi etapa de “personaje público” se acabó, gracias a Dios.  

¿Sientes que cumpliste esos primeros sueños y expectativas?
Mi vida ha superado mis expectativas. No obstante, siento la responsabilidad de seguir soñando. De escribir poemas nuevos. De agregar belleza al mundo. Recuerdo los años cuando escribía todos los domingos para el diario El Mercurio de Valparaíso. Los porteños me paraban en las calles, los cafés y los ascensores. Si jugaba golf en Granadilla, la gente cruzaba de un hoyo al otro para conversar y opinar. Era loco. De repente aparecían autoridades—intendentes, empresarios, senadores, ministros, etc. —de ambos espectros políticos que me llamaban “el hombre más influyente de Valparaíso” y cosas parecidas. Suena bonito, pero terminé totalmente agobiado. No tenía una gota de energía para la poesía. Sin saberlo había creado un mito sobre mi persona y el peso de ese mito me estaba sofocando.

¿Qué hiciste entonces?
En esa época mi papá estaba muriendo y llegué a la conclusión de que tenía que enterrar el mito del “gringo de Valparaíso” para que otro Todd Temkin renaciera. Así, dejé de escribir en el diario. Empecé a bajar el perfil de la fundación. En la calle me preguntaban “¿Qué te pasa Todd?” Pero yo sabía lo que estaba haciendo. Me inspiraba la leyenda de George Washington. He walked away from power. Cedió voluntariamente su poder para que otros liderazgos puedan surgir.

Así pasaron varios años, pero Todd sentía un vacío que no lo dejaba tranquilo y de repente le dijo a su esposa Pilar, a quien conoció en el Instituto Chileno Norteamericano de Santiago: “Voy a cumplir cincuenta años y tengo claro lo que quiero regalarme: Un pedacito de la Patagonia donde pueda escuchar el sonido de un río salvaje, donde pueda perderme en un bosque de coihues.” Pilar no dudó y lo apoyó de inmediato. Este pequeño campo, el cual compraron hace un año, se ha vuelto gran obsesión en estos días, a tal nivel que dice que muchos amigos ya no lo soportan. “Cuando me paran en la calle para preguntarme cuándo voy a volver a ‘figurar’, les contesto: estoy feliz con mis abejas, mis cerezos, y mis alpacas”.

Pero las abejas no están allí al azar, pues Todd, justamente, las escogió porque le recuerdan  tres de los días más inolvidables de su vida. Una lloviznosa mañana del año 2000 llegó a la casona patrimonial que tenían el recordado Douglas Tompkins y su esposa Kris en Puerto Montt. Recorrieron el Parque Pumalín, salieron a pie y a caballo; conversaron de la vida y la poesía; revisaron distintos proyectos, desde reforestación a ambientalismo, dentro de los que se incluía la apicultura, pues sin las abejas definitivamente no hay vida.

En busca de encontrar esos valores —fuera del paradigma del poder y la competencia que Todd critica de la sociedad actual—, hoy le inculca a sus hijos Nicholas (15) y Elyse (13) el trabajar la tierra y disfrutar lo sencillo de la vida. Como familia son muy unidos, disfrutan de sus escapadas a Cachagua y de placeres culpables como la obra Hamilton. “Conocemos las letras de todas las canciones y ha marcado profundamente nuestra vida. Culturalmente es muy interesante, pues relata la vida del inmigrante Alexander Hamilton, uno de los cinco padres fundadores de Estados Unidos, pero es el menos conocido”.

¿Tus hijos dimensionan la fama que tuviste?
Sí, y hacen todo lo posible por mantenerme humilde, ellos siempre hablan de mí como un minor minor celebrity. Están orgullosos, ambos leyeron mis libros sin que yo se los haya pedido, pero también soy objeto de burla en la familia (ríe).

LA FELICIDAD ES AHORA

¿Qué te inspira para escribir poesía?
La poesía es el acto de habitar e impregnar el ahora. Es un acto político de rechazar la seudofelicidad del consumo. Escucho tanto decir, “Voy a ser feliz cuando…” Imposible. La felicidad solo puede existir en el ahora. Escribiendo uno descubre miles de sinergias que confluyen en el instante. Pero uno no las ve porque está preocupado por tonteras. El lugar más bello del mundo debe ser, por definición, el lugar que habitas en ese instante. Si no entiendes eso no puedes escribir poesía y tampoco la puedes leer. Si no entiendes eso no puedes ser feliz. Conozco mucha gente exitosa que busca llenar su vida con adrenalina. Pero eso es una droga. Su efecto pasa y se necesita una dosis cada vez más grande. Leer, crear, amar, dar es más integral, más sano.

¿Cómo describirías a Valparaíso y su gente? ¿Y a los viñamarinos?
Viña es la clásica ciudad “tipo americana”, donde se confunde la comodidad con la felicidad. En Valparaíso se sufre más. Pero la vida es más intensa. Sin sufrimiento no hay alegría.

¿Estás escribiendo actualmente?
Siempre.

¿Tienes pensado un nuevo libro?
Obvio. Lamentablemente, escribo poemas en inglés y publico cuando puedo, en revistas gringas. Siempre seré un poeta gringo y allí está mi público. Para que aparezca otro libro de poemas en español tiene que haber interés acá para traducirlos. Es un proyecto tedioso. Complejo. En prosa tengo suficiente material para hacer una secuela de Moriré en Valparaíso. Pero no lo hago porque me quedé dolido del primer proceso. Moriré… agotó su primera edición. Apareció un par de semanas en el top ten de los diarios santiaguinos. Apareció en la lista de nominados del Altazor. A pesar de esto, la editorial, que es de Santiago, optó por no autorizar la segunda edición. Me desmotivó.

FUNDACIÓN VALPARAÍSO

Para muchos, Todd Temkin había desaparecido, pero fue justamente lo contrario, porque su mente insaciable y búsqueda de proyectos no para. Ha vuelto a escribir, esporádicamente, para El Mercurio, es director de la Fundación Piensa, consejero regional del CNCA, vicepresidente del Instituto Chileno Norteamericano de Valparaíso —una institución patrimonial que ha aumentado mucho su contribución cultural en estos años—, director del Jardín Botánico Nacional y socio de la consultora G4, donde ha destacado su fuerte apuesta regional.

¿Qué significa para ti Fundación Valparaíso?
Una experiencia maravillosa. Tuve la suerte de ser la persona correcta, en el lugar correcto, en el momento correcto. Estaré eternamente agradecido. Pero sufro mucha pena de no haber sido capaz de institucionalizar la fundación más allá de mi figura. Los donantes donaban porque estaba yo. Las autoridades, lo mismo. Hicimos miles de cosas. Pero no fui capaz de entregar la FV a una nueva generación con la autonomía suficiente para seguir sin mí. Me entristece esto. Lo siento como mi gran fracaso. 

¿Pero el proyecto sigue en pie?
Sí, a pesar de mis mejores intentos de sabotearla (ríe), la FV aún existe. Tengo un directorio nuevo, de lujo, y esperamos lograr aún la anhelada institucionalización. Tenemos sueños, pero hay que entender el contexto, pues para la futura fundación será distinto al que se tenía en el pasado… hoy Valparaíso tiene gestores culturales, doctores en patrimonio, liderazgos increíbles. El año noventa y siete ocupamos un espacio que no existía en esa época, pero que hoy cuenta con muchos talentos. Lo que sí tengo claro es que uno de los sellos que me gustaría mantener es su discurso proactivo.

¿Cuál crees que fue su mayor logro?
Son muchos y cada uno me enorgullece. Pero más allá de ellos, lo que más me emociona es haber aportado mi granito de arena para que Chile, como país, cambiara su relación con Valparaíso. Hace veinte años, el 97% de los chilenos veía en Valparaíso “una ciudad pobre que se evita evita en camino a Viña”. Hoy este mismo 97% camina orgullosamente los cerros, chochos y emocionados. Haber contribuido a este cambio de paradigma —junto con otras valiosas personas— es, lejos, mi logro más importante.

¿Quiénes te apoyaron incondicionalmente? ¿Y cuáles fueron las críticas que más te dolieron?
Centenares, tal vez miles, me apoyaron. Las principales críticas surgieron los primeros cuatro años. Algunos no podían creer en un gringo que se creía profeta de Valparaíso. Tenía que haber algún gato encerrado, insistían. Lo buscaban incansablemente hasta que se aburrieron. Algunas de esas personas hasta me saludan hoy en la calle.

¿Esa sobreexposición mediática gatilló tu bajo perfil estos últimos años?
Cuando sentí que necesitaba gastar energía en sostener un mito sobre mi persona, me di cuenta de que había creado un monstruo. Era mejor dejarlo morir.

Eres arquitecto honorario, ¿qué opinas de proyectos como Mall Barón y los constantes peligros que vive la ciudad puerto de perder su título de Patrimonio de la Humanidad?
Participé en el consorcio que ganó la licitación para asesorar a la EPV sobre Puerto Barón. Presentamos un proyecto muy distinto a lo del Mall Plaza. Claramente habría preferido el Acuario Nacional de Chile como ancla y no una Falabella. Uno de los temas que flotó nuestro consorcio era la idea de hundir Errázuriz y la línea férrea entre las Avenidas Argentina y Francia, generando una gran rambla. La contraparte técnica de la EPV no lo apoyó ni tampoco algunas otras ideas que propusimos. Lo de hundir Errázuriz creo que hay que repensarlo. Eso sería un importante aporte del Estado para mejorar el actual proyecto.

¿Qué opinas de la ley Valparaíso?
Es muy necesaria. La pobreza de la IMV no es solo resultado de las malas administraciones. Ocurre porque más del sesenta y cinco por ciento de las casas del anfiteatro están exentas de pago de contribuciones. Ocurre porque la ciudad patrimonial no puede tener malls ni torres y, por ende, no puede recaudar patentes que otras ciudades de Chile sí pueden recaudar. Si Chile quiere que Valparaíso sea una joya patrimonial tiene que recompensarla con los recursos que no puede recaudar y que otras ciudades si pueden.

¿Cómo llegas a ser parte de los fundadores de Piensa?
Hace cuatro años creamos la consultora G4 con mis amigos Mikele Atucha y Jorge Martínez. De repente, Jorge empezó a sonar fuerte como el candidato natural para liderar la puesta en marcha de Piensa. Era un proyecto demasiado interesante como para no dejarle la libertad de ir. Jorge insistió en que yo participara como fundador. La idea fue bien recibida y hasta me propusieron para el directorio, donde he servido desde el inicio.

¿Qué ha significado para ti ser parte de este grupo humano?
Gran Valparaíso es un dedal. Ya conocía más de la mitad de los fundadores. Algunos eran amigos míos. Los otros me ubicaban desde la FV o el diario. Ha sido un proceso fluido y natural. Piensa tiene grandes familias empresariales atrás. Así, trato de aportar más desde mi perspectiva porteña y de poeta. 

 

“Sigo con el deseo de cambiar el mundo, pero desde una perspectiva más mística, más sutil. Mi enfoque hoy es el slow-life. A no confundir la comodidad con la felicidad. Siento que mi etapa de ‘personaje público’ se acabó”.

“Hoy Valparaíso tiene gestores culturales, doctores en patrimonio, liderazgos increíbles. El año noventa y siete ocupamos un espacio que no existía en esa época, pero que hoy cuenta con muchos talentos”.

“Algunos no podían creer en un gringo que se creía profeta de Valparaíso. Tenía que haber algún gato encerrado, insistían. Lo buscaban incansablemente hasta que se aburrieron. Algunas de esas personas hasta me saludan hoy en la calle”. 

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