Cuando todo el mundo habla de los planes y reformas para la educación, el discurso casi siempre se limita a ponderar factores económicos, incluso cuando se habla de calidad. Carreras más cortas, selección más estricta, contenidos que aporten a la producción. Y es evidente que si nuestro parámetro de desarrollo se limita a la gestión de recursos, ese es el camino a seguir. Sin embargo, hay un factor que no es tomado en cuenta y que le “roba” a la educación superior esa característica que la diferencia de la simple instrucción: ¿reflexionan hoy quienes conducirán nuestro futuro mañana? Cada año se va restando importancia a aquellas disciplinas cuya finalidad es ayudarnos a transformar la información en conocimiento. Por eso, actividades como las realizadas a propósito de la Semana de la Educación Artística, cobran aún más valor. Ver en terreno cómo algunos jóvenes realmente vibran con el trabajo creativo traspasa la simple idea de que “son artistas” y revela que tienen capacidad de análisis, relación de contenidos y conclusiones que quizás no manifiestan en otras asignaturas. Entonces ¿qué nos pasa como sociedad que dejamos el arte solo como alimento para el espíritu? Es resorte de los padres potenciar ese talento “¿qué crees tú que significa esta obra?”, “¿cómo te hace sentir?”, “¿te recuerda algo?”, son preguntas que vale la pena hacer y que son la base para que esos jóvenes se conviertan en adultos capaces de analizar, reflexionar y actuar en consecuencia. ¿Y acaso no es eso lo que esperamos de un buen profesional?