Vestir a las niñas chilenas. Ese fue el desafío de Carmen Gloria Norambuena y su marido, Andrés Valverde, al crear Limonada. Hoy ese desafío se ha extendido a sus hijas Paula y Valentina, quienes han tomado las riendas de este negocio y lo han hecho crecer exponencialmente.
Por Mónica Stipicic H/ Fotos Andrea Barceló
Madre e hija llegan juntas a esta entrevista. La primera sigue involucrada, como siempre, en el diseño de la ropa (labor que comparte con su hija Valentina), mientras que Paula es quien comanda el negocio. Se miran, se ríen, son súper cómplices y se nota. Paula trata a su mamá como “CG”, un apodo cariñoso que ocupa cada vez que se refiere a ella. Ella la observa orgullosa de la manera en que, pese a su juventud, ha llevado adelante el negocio familiar, haciéndolo despegar definitivamente.
Todo partió a mediados de los ochenta. Carmen Gloria tenía dos hijas pequeñas y un mercado reducido de ropa para ellas. Sin ningún estudio, pero con ganas y talento, decidió confeccionárselas ella misma. Empezó en la casa, pero a poco andar todo el mundo celebraba sus confecciones. “Así que me lancé, muy chiquitito, mi suegra me prestó una pieza que usaba como taller y le entregaba a algunas boutiques. Tenía un grupo de costureras externas y yo hacía las terminaciones, botones, planchado y embalaba y despachaba”, recuerda Carmen Gloria.
Así nació Limonada, nombre elegido porque representaba a sus propios productos: era fresco, sano y tierno. Pasaron tres años de producción artesanal hasta que lograron entrar al retail, específicamente a las tiendas Falabella. “En esa época se hacía todo acá, no existía internet para vitrinear, viajar era mucho más complicado y había muy buenas industrias textiles y máquinas. Nadie hablaba de importar nada”, recuerda.
Desde el principio las tareas estuvieron claras: Andrés veía las finanzas y la administración y Carmen Gloria las áreas de diseño y confección. El acceso a más tiendas grandes fue aumentando la demanda, pero siempre se mantuvo la idea de la producción propia, de externalizar lo menos posible y manejar la mayoría de los procesos desde el taller.
LAS HIJAS
“Mi entrada a Limonada tiene dos partes: una física y una emocional. Yo crecí en los talleres, del colegio pasábamos directamente a la fábrica. Me acuerdo de estar instalada en el escritorio de mi papá, jugando con su chequera. Mi sueño siempre fue estar a cargo de esta empresa y, por lo mismo, a medida que pasaban los años estaba cada vez más decidida a estudiar Ingeniería Comercial para entrar al negocio. De hecho, apenas entré a estudiar empecé a ayudar con la contabilidad y a modernizar algunos procesos”, recuerda Paula Valverde, hoy flamante gerente comercial de Limonada.
Paralelamente, la otra hija del matrimonio, Valentina, aún en el colegio, se entretenía con los botones, los hilos y los dibujos de su mamá. Cada una de las niñas tenía clarísimo su lugar dentro de la empresa familiar.
En 2006, el jefe de esta familia decidió tomarse un período sabático. Y ahí vino el ofrecimiento formal para que Paula se hiciera cargo de la administración. Ella, a pesar de sus veintidós años, no se atemorizó: “Lo esperaba hace demasiado tiempo, así que jamás tuve miedo. Era mi oportunidad”.
Una de sus primeras acciones fue partir a China con su mamá, sin hablar una gota de inglés, pero decidida a que ese era el futuro y que había que subirse a ese barco. “El viaje fue una completa aventura, no sabíamos dónde estábamos. Nos contactamos con un trader allá que nos puso una traductora, pero yo creo que la mitad de las cosas que decía las inventaba… creo que entendimos un cinco por ciento de lo que pasó en ese viaje, pero volvimos con un 25% de producción china”, recuerda Paula.
En ese momento, el año 2006, Limonada ya no era una empresa pequeña, estaba consolidada y tenía cerca de cien empleados, pero concentraba casi la totalidad de sus ventas a través del retail. Sólo tenían dos tiendas propias, a las que entregaban el remanente de las grandes tiendas. Y por ahí vino el gran cambio.
“Cuando entré, mi visión era crecer de manera propia. Siempre vi a mi mamá estresada pensando en qué pasaba si las tiendas le decían que no… quebrábamos altiro. Había que ir cada seis meses con un muestrario a dar “prueba” para seguir. Muy estresante. Así que me senté con el equipo y les mostré un mapa de Chile, pinté un corazón en cada ciudad importante y les dije que, de ahí en adelante, la meta era tener una tienda en cada uno de esos lugares”, recuerda Paula.
Se necesitaba harta plata para hacer algo así.
Sí, pero yo tengo ese espíritu aventurero, emprendedor. La idea era probar al más bajo costo posible, con nuestros maestros, nuestros propios dibujos. La primera tienda que construí fue Plaza Vespucio… y la inversión se pagó en dos meses. Funcionó perfecto, así que nos fuimos con dos más, en Plaza Norte y Plaza Oeste, ya de manera más profesional. Y seguimos creciendo.
¿Siempre ropa de niñita?
En ese momento empezamos a pensar que la mamá con dos niñitas, también puede tener un hombrecito y que podríamos ofrecer lo mismo para ellos. Y empezamos con la marca de hombres Black and Blue. Estábamos creciendo en tiendas, pero en la administración seguíamos siendo los mismos.
Era el momento de formar equipos. Primero se integró su hermana Valentina y también su pololo —hoy marido—, que trabajaba en un banco. El novio de Paula también se sumó. “Teníamos que echar mano a todos. Nosotros no veníamos de un colegio grande ni teníamos cientos de contactos ni queríamos arriesgar el patrimonio que tanto les había costado construir a mis papás, así que debíamos partir por los amigos, los pololos y los conocidos que estuvieran dispuestos a jugársela por este proyecto”, explica Paula.
SIN PARAR
El crecimiento fue explosivo. De tres tiendas el 2007, pasaron a cuarenta el 2010, mismo año en que entraron a formar parte de Endeavor. “Yo me dedicaba 24/7. Hasta que me casé y pasé a trabajar 24/5… cuando nació mi primera guagua, bajé al 12/5. Hasta ahí, cuando me di cuenta de que o crecía Limonada o mi matrimonio”, recuerda Paula. Ahí incorporaron a Agustín Solari, que venía del mundo del retail y quien se transformó en un pilar fundamental para sostener este ritmo de crecimiento.
Hoy no sólo están de Arica a Punta Arenas, sino que ya duplican la cantidad de tiendas en las distintas ciudades. ¿Límites? “Todo lo contrario. La idea es que esto vaya creciendo en cantidad y en oferta. Acabamos de incorporar una línea de zapatos y estamos tirando líneas para salir de Chile… Hoy estamos abriendo a un ritmo de dos o tres tiendas mensuales, es una locura”.
¿No te asusta que se te vaya de las manos?
No, mucho más me asusta que nos quedemos pegados. Eso sí que me da terror. Siempre amenazo a Agustín y le digo que o avanzamos más o tengo otra guagua, pero que no puedo sentirme estancada… así que la meta es crecer de diez a cien, llevar la empresa al próximo nivel.
“Yo crecí en los talleres, del colegio pasábamos directamente a la fábrica. Mi sueño siempre fue estar a cargo de esta empresa y, por lo mismo, a medida que pasaban los años estaba cada vez más decidida a estudiar Ingeniería Comercial para entrar al negocio”, recuerda Paula.
“En esa época se hacía todo acá, no existía internet para vitrinear, viajar era mucho más complicado y había muy buenas industrias textiles y máquinas. Nadie hablaba de importar nada”, recuerda Carmen Gloria de los inicios de Limonada.
“Nosotros no veníamos de un colegio grande ni teníamos cientos de contactos ni queríamos arriesgar el patrimonio que tanto les había costado construir a mis papás, así que debíamos partir por los amigos, los pololos y los conocidos que estuvieran dispuestos a jugárselas por este proyecto”, explica Paula.