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EDICIÓN | Enero 2017

SEMILLAS PARA LA PAZ

Ximena Abogabir, fundadora de Casa de la Paz
SEMILLAS PARA LA PAZ

Piensa en lo global, pero actúa a nivel local. Para ello se ha propuesto sembrar semillas de conciencia en personas y organizaciones, para lograr una tregua con el planeta. Lo ha hecho desde la fundación que creó hace más de treinta años y desde la cual hoy nos sigue mostrando que es posible construir un mundo distinto.

Por María Jesús Sáinz N. / fotografías Andrea Barceló A.

El lugar donde vive Ximena Abogabir está a cuarenta y un minutos caminando de su trabajo: la Fundación Casa de la Paz. Lo sabe porque recorre diariamente esa distancia a pie. Esa y muchas otras, porque para moverse privilegia siempre las caminatas. También dice que cada vez que ‘una vitrina le hace un guiño’ se hace la pregunta de si realmente necesita lo que está viendo; y si algo va a comprar, busca dejar la menor huella ecológica posible, por ejemplo, eligiendo el envase más sustentable.

Son decisiones cotidianas que marcan su manera de vivir y que el 2016 le significaron ser reconocida con el premio Elena Caffarena a Mujeres destacadas.

Cada una de estas acciones personales se refleja también en su trabajo en la fundación que creó hace treinta y tres años, donde apuestan por el desarrollo sustentable. En esta organización, cuya sede es una casa ubicada en el barrio Italia en Santiago, está llena de jóvenes que trabajan comprometidamente, desarrollan proyectos que buscan educar, establecer vínculos y articular acuerdos entre la comunidad, las empresas y el gobierno para promover una convivencia sustentable con el medio ambiente, socialmente justa y económicamente viable.

¿Por qué es necesaria esta organización?

En un contexto de país dominado por la desconfianza, la existencia de un capital social débil y la desigualdad, debemos repensar nuestra forma de trabajar. Necesitamos diseñar procesos que generen confianza, que permitan desarrollar capacidades en los actores y soluciones integrales y sostenibles en el tiempo.

 

EL PODER DE LOS SUEÑOS

Ximena es periodista y hace treinta y tres años, cuando trabajaba en publicidad, un sueño la despertó en la mitad de la noche. En él, sus hijos le demandaban más tiempo. Se preguntó qué estaba haciendo en esos momentos que no pasaba con ellos. “Tomé conciencia de que no había nada más importante que pudiera hacer por mis tres hijos, que concentrar mi energía creativa en la supervivencia de la especie humana. Tan brutal como eso”, recuerda. Esa misma mañana habló con sus socios y decidió dar un vuelco en su vida.

¿Por qué sentiste que debías trabajar por la paz?

En el año 1983, en el contexto de la Guerra Fría, el mensaje que se dio era que no esperáramos que los gobiernos consiguieran la paz, sino que debíamos ser los ciudadanos los que nos organizáramos para decir que eso que estaba pasando era una locura, que venía la Tercera Guerra Mundial.

¿Cómo se podía lograr eso?

La única manera de hacerlo era salir desde el refunfuñe que uno hace en el living de su casa, y juntarnos, hacer comités de barrios, de artistas, de gente con las mismas afinidades. Y empezar a sacar la voz.

O sea la fundación, que hoy trabaja por el medioambiente, ¿comenzó para evitar la guerra?

En América Latina estábamos viviendo gobiernos militares. Entonces, por un lado queríamos restituir la democracia y, por otro, parar la Guerra Fría, porque se estaba poniendo en riesgo las existencia de la humanidad.

¿Y hoy cuáles son las amenazas que ponen en riesgo la existencia humana?

Yo creo que son dos: Una, el modelo económico que impuso occidente a todas las culturas y que fue llevado a los países a través del Banco Mundial, donde se les decía que había que abrir las economías, que cada país debía especializarse en lo que era bueno y que así superarían la pobreza. Y dos, que todos iban a poder acceder al estilo de vida del norteamericano medio.

¿Y le parece que no se cumplió ni con el modelo ni con la promesa?

Es que el mismo modelo lleva a esa aspiración imposible. Las personas piensan que deben esforzarse por trabajar para tener un auto, un refrigerador o un microondas. Tenemos un sueño americano metido en la cabeza. Las casas tienen que ser grandes, hay que tener pasto, un perro, dos autos, grandes camionetas. Les dimos a todos los habitantes de este planeta la ilusión de un estilo de vida que no es sustentable.

¿No alcanza para todos?

No da. A lo mejor era posible para algún grupo, pero no para todos. Rompimos culturas que eran mucho más sustentables que la nuestra.

 

DEJAR DE BAILAR EN EL TITANIC

Para Ximena, en el mundo hay dos tipos de personas: las que están “conscientes de lo que está pasando y de la gravedad del momento”, y las que están adormecidas y, como en la cubierta del Titanic, siguen bailando.

Dice que hace años vio “el iceberg hacia el que nos dirigimos" y, por lo mismo, ya no puede participar de la fiesta. Debe movilizarse y despertar al resto. Por eso, creó la Fundación Casa de la Paz, donde el diagnóstico ha ido cambiando, pero el enfoque hacia la necesidad de despertar conciencias se ha mantenido.

Cuando en el año noventa volvió la democracia, recuerda que se abrió una ventana de esperanza, pues el tema ambiental requería participación ciudadana, y eso era algo que por fin sería posible. En ese contexto hicieron las primeras campañas de reciclaje, salían a las plazas con pancartas y nadie sabía de lo que estaban hablando. “Era muy hippie. Algo muy revolucionario en esa época”.

¿Era nuevo pedir paz para la naturaleza?

Sí, porque nosotros le echábamos la culpa del problema ambiental al capitalismo derrochador. Pero cuando cayó el muro de Berlín y miramos para el otro lado, nos dimos cuenta de que era peor. Entonces tomamos conciencia de que había que hacer “paz” con la naturaleza.

¿Y lograron algo?

A mediados de la década empezamos a ver que no sería tan fácil generar un cambio. Vino la primera crisis del año noventa y siete, y empezamos a tener crisis ambientales y financieras cada vez más frecuentes y profundas. En Río de Janeiro, por primera vez, aparecieron empresarios diciéndonos que hasta entonces la humanidad había tenido el médico equivocado, con el remedio equivocado para tratar a los enfermos. Esos médicos eran los gobiernos y el remedio los subsidios. Nos dijeron que con la sustentabilidad —que en ese minuto era el concepto nuevo— iban a empezar a producir de una manera diferente. Pero tampoco fue así.

¿Y entonces dejaron de creer en las soluciones institucionales?

Nos pusimos a pensar: ¿Podemos confiar en que los gobiernos arreglarán esto?, parece que no. ¿Podemos confiar que con el tema de la sustentabilidad y la responsabilidad social los empresarios lo harán?, tampoco. Entonces nos dimos cuenta de que cada uno de nosotros teníamos que organizarnos y hacer nuestra propia tarea.

¿Una tarea personal?

Hay una tarea personal en cuanto al estilo de vida que adopto como individuo. Yo, una persona entre siete millones, para disminuir mi huella ambiental. Y esto se logra tratando de consumir menos agua y energía, generando menos residuos, caminando o usando transporte público en vez de automóvil. O sea, buscando ser parte de la solución y no del problema.

¿Y la fundación cómo ayuda en este camino?

Nosotros tratamos de facilitar procesos de participación ciudadana que sean efectivos, de modo de recoger esa inspiración inicial de que solo los ciudadanos conscientes pueden generar un cambio.

¿Qué proponen?

Tenemos que buscar un acuerdo global que permita que aquellas comunidades de bajo desarrollo humano puedan subirlo, sin aumentar necesariamente su huella ambiental. O sea, que se puedan desarrollar de otra manera. Y para compensar, debemos buscar cómo hacemos para disminuir la huella ecológica de los países sobre consumidores sin disminuirles su indicador de desarrollo humano.

¿Y lo han logrado?

Depende de dónde pongas la mirada. Siento que en mi vida he ido plantando semillas, y al final las semillas generan un bosque. Yo no me responsabilizo del bosque. Yo no lo planté. Yo planté una semilla y si el terreno estaba fértil y alguien la regó, habrá un resultado. No es que me sienta responsable del cambio, sino que me siento responsable de mi mejor esfuerzo. El cambio no depende de mí, pero sí mi esfuerzo. Ese iceberg que veo venir no es mi responsabilidad, pero sí me puedo responsabilizar de cómo reacciono ante él.

 

“Las personas piensan que deben esforzarse por trabajar para tener un auto, un refrigerador o un microondas. Tenemos un sueño americano metido en la cabeza. Las casas tienen que ser grandes, hay que tener pasto, un perro, dos autos, grandes camionetas. Les dimos a todos los habitantes de este planeta la ilusión de un estilo de vida que no es sustentable”.

“¿Podemos confiar en que los gobiernos arreglarán esto?, parece que no. ¿Podemos confiar que con el tema de la sustentabilidad y la responsabilidad social los empresarios lo harán?, tampoco. Entonces nos dimos cuenta de cada uno de nosotros teníamos que organizarnos y hacer nuestra propia tarea”.

“Hay una tarea personal en cuanto al estilo de vida que adopto como individuo. Yo, una persona entre siete millones, para disminuir mi huella ambiental. Y esto se logra tratando de consumir menos agua y energía, generando menos residuos, caminando o usando transporte público en vez de automóvil. O sea, buscando ser parte de la solución y no del problema”.

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