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EDICIÓN | Enero 2017

Migraciones y prejuicios en la sociedad de La Serena

Hernán Cortés Olivares. Académico e Historiador Universidad de la Serena
Migraciones y prejuicios en la sociedad de La Serena
El desplazamiento de los homínidos desde África hacia los cuatro puntos cardinales permitió el poblamiento de todos los continentes. La movilidad humana adquiere diferentes formas históricas: las invasiones, los peregrinajes con sentido religioso, las expediciones comerciales de occidente a oriente y las colonizaciones de vastos territorios que, según sus proyecciones históricas, han destruido o construido imperios, naciones y Estados.
¿Qué es lo que motiva estos flujos migratorios? Puede ser el hambre, el aumento de la población, el clima adverso, la búsqueda de mejores oportunidades, o bien, las crisis de las economías agrarias o industriales, con sus ciclos permanentes que alteran los equilibrios del intercambio de bienes de capital o consumo corriente. También los movimientos obedecen a las crisis políticas y la guerra, que afectan a miles de personas obligadas a huir y desplazarse hacia zonas más seguras, para salvar sus vidas.
 
El siglo XV da inicio a un nuevo y gran movimiento migratorio desde Europa hacia América, que en el imaginario colectivo, es tierra de seres mitológicos, riqueza inconmensurable y de enriquecimiento personal para alcanzar la jerarquía de Gran Señor. Entre 1492 y 1600 más de cien mil españoles inmigraron a todos los confines del territorio de América, con devastadoras consecuencias demográficas para las poblaciones autóctonas, junto a la caída de los imperios teocráticos que existía. La región de La Serena quedó en poder de ocho capitanes de conquista, y amos de más de cuatro mil indígenas sobrevivientes, más los esclavos negros y cobrizos traídos desde Centroamérica, el Perú y el Altoperú. Una población variopinta que durante las primeras décadas convivió y luchó por un destino común, pero pasadas las dos primeras décadas la Sociedad de Conquista reproduce las jerarquías metropolitanas: los señores y los súbditos, los vasallos y sirvientes, los esclavos negros y cobrizos.
 
En el siglo XVII, todos los inmigrantes europeos y de otras tierras de América, conviven con los pueblos originarios desplazados desde las regiones del sur, centro y allende los Andes, generando la nueva sociedad mestiza de variados colores: desde la piel blanca, ojos azules y vellosidad tupida, pasando por los mestizos parecidos a los señores y las mayorías con rasgos indígenas o negroides. La cultura pigmentocrática ha sobrevivido en nuestra mentalidad hasta el presente: lo blanco es signo de pureza, lo negro es la oscuridad del mal, es el origen de la discriminación racial y étnica, fundada en la doctrina católica. Estas ideas se refuerzan con los prejuicios señoriales de la esfera blanca, que atribuye los vicios y pecados a la esfera de color: flojos, borrachos, traicioneros, violentos, salvajes. 
 
Los prejuicios y la discriminación se refuerzan con la llegada de nuevos inmigrantes en el siglo XVIII, vascos y catalanes: sobrios y tacaños, empresarios y comerciantes, pocos dados a las fiestas y el jolgorio, privilegian siempre el ahorro y la inversión sin riesgos. Las artes mecánicas, al igual que a los andaluces y extremeños, no les agradan por ser viles y propias de quienes para sobrevivir deben ofertar su mano de obra, no viven de rentas. Este prejuicio, se refuerza con la inmigración de franceses, ingleses, alemanes, italianos, llegados durante la independencia, y reforzados con los ciclos de la bonanza económica del cobre, el trigo, el oro, la plata y el salitre. El ser blanco es sinónimo de éxito, inteligencia, nobleza y prosapia. Los prejuicios sociales se refuerzan con la lingüística para clasificar y nominar a las personas, tales son los apelativos de control y menosprecio: negro, indio, cururo, mechas de clavo, rucio, etc. 
 
La sociedad de La Serena es a la manera de un crisol donde por siglos ha fundido inmigrantes que han debido convivir con los prejuicios de una sociedad señorial.
 

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