De pequeña acompañaba a su abuela a hacer campañas de salud por los alrededores de Chiguayante. Ahí se sembró en Paula Calbacho la inquietud de mirar al otro y reconocer sus necesidades. Una forma de ser, que luego de más de diez años de acción social, la llevó a organizar, junto a otras familias, una Navidad para los niños de Polcura, un pueblo ubicado en la cordillera cerca de Yungay.
Elena Méndez puede estar orgullosa de su nieta Paula Calbacho, hoy ejecutiva de Inversiones del Banco de Chile y educadora diferencial de profesión, porque, el servicio al prójimo que le inculcó desde muy pequeña, rindió muchos frutos.
Paula se formó en el hacer. De niña, a las seis de la mañana, se levantaba ágil para acompañar a su abuela dentista en los operativos dentales que ella regularmente practicaba en poblaciones de Chiguayante, donde atendía pacientes en forma gratuita. Paula era su secretaria, labor que ejercía con mucho entusiasmo.
Este espíritu de servicio la marcó para siempre. Si su abuela atendía a niños deficientes mentales, ella la acompañaba para compartir con los niños. Luego, en el colegio Madres Domínicas visitó un asilo de ancianos en Penco. Y sola, todos los domingos, después del almuerzo familiar en casa de Elena, visitaba a los abuelitos. “Para mí no era ningún trabajo. Al contrario, hasta el día de hoy siento que sin esfuerzo, se logra hacer felices a los demás”, señala.
En 2003, y por motivos de trabajo de su marido, Andrés Barriga, Paula vivió varios años en Arauco. Parte de este tiempo, fue educadora diferencial de una escuela de Tubul y él presidente del Rotary. La combinación perfecta para lograr hacer muchas cosas por su escuela de Tubul. Allí, además de involucrarse afectivamente con “sus niños”, como ella los llama, estaba al tanto de las carencias y deseos del momento, por lo que inmediatamente actuaba para lograr algún objetivo. Así, les celebraba los cumpleaños en el complejo turístico Antulafken, propiedad de ella y su marido; conseguía los materiales y herramientas para poner techo en las casas; viajaba con los niños a Concepción a algún programa de la televisión, etc. En Navidad, gestionaba los recursos entre sus mismos conocidos, organizaba la fiesta y repartía canastas de Navidad con regalos y alimentos. Hasta el día de hoy, mantiene contacto con las personas de Tubul, y está pendiente de ellos. “Después que volví a Concepción, luego del terremoto de 2010, y a pesar de la distancia, les preparamos una hermosa Navidad a los niños de la caleta con los apoderados del colegio de mis hijos. Siempre se puede ayudar, solo hay que organizarse y actuar. Fuimos cinco familias completas a ayudar y compartir. Lo mejor fue ver a todos los niños jugando, trabajando y riendo, como una gran comunidad”.
FORMA DE SER
Para Paula es imposible no involucrarse. Es parte de su manera de ser estar atenta a los otros, y tratar de ayudar con acciones solidarias que hacen la diferencia.
¿Qué te mueve a ayudar al prójimo?
Es algo natural, ahora es más planificado, pero antes me daban ganas de hacerlo y punto, sentía que con un pequeño esfuerzo, como hablar con un abuelito o regalar mi ropa a la Cruz Roja —donde mi abuela fue presidenta alrededor de veinte años—, la gente quedaba muy feliz. No había una proporcionalidad en eso. Se me hace muy fácil empatizar con los demás, sobre todo con los niños y abuelos. Un pequeño esfuerzo, puede hacer mucho. Hay que contar esto para que otras personas se entusiasmen y puedan vivir esta linda experiencia. Me siento muy afortunada con la familia que tengo, tres niños sanos, marido, hermanos, sobrinos, una gran familia y no nos falta nada. Es una forma de dar gracias a Dios y a la vida.
Concretamente, ¿qué pueden hacer las personas que sientan el impulso de ayudar?
Hay una chispita que todos tenemos, solo basta que se encienda, que la gente se una y formen grupos de ayuda. No cuesta nada y es algo que alimenta el alma. Basta con acercarse a algún hogar, a un asilo y preguntar por sus necesidades. Después de la primera vez es adictivo y ya no se sabe si se hace por uno o por los demás. Estas acciones me hacen sentir muy feliz y satisfecha, más aún si puedo hacerlas en familia.
PARTICIPACIÓN
¿Cómo inculcas en tus hijos la solidaridad?
La solidaridad ha sido parte de sus vidas. Cuando tenemos una actividad puntual, ellos automáticamente suspenden sus otras actividades y priorizan ayudar en familia. Desde pequeños me han acompañado y compartido con los demás.
¿Qué opinas de una sociedad sin solidaridad?
Una sociedad sin solidaridad es muy pobre, vacía. Hay personas muy individualistas, pero es porque no se les ocurre, no han tenido la oportunidad o simplemente no han buscado la posibilidad de ayudar. Pero la regla general es que al ser invitados, participan y colaboran como pueden. Es mucho más entretenido y tangible hacer algo concreto que donar el vuelto en una farmacia.
¿Cómo se logra que otras familias también participen de las acciones solidarias?
Invitando a familias, ellos van y les encanta la experiencia, por lo que quedan con ganas de repetirlo. Eso sí que no siempre organizan algo, sino que esperan que uno los vuelva a invitar, pero da lo mismo, lo importante es el fin.
¿Cuál ha sido el momento más impactante en tu labor solidaria?
En 2006, en la caleta Tubul. Cuando entregué una canasta navideña en una casa, una niñita de unos cuatro años se puso a llorar. Al principio no entendí y le pregunté por qué lloraba… y entre sollozos le dijo a su mamá: “vamos a comer pollo”. Dentro de las canastas había dulces, regalos, etc., pero para ella lo más emocionante era comer pollo. Nunca lo olvidé y desde ahí, el pollo siempre va incluido.
Este año, Paula y su marido se juntaron con dos matrimonios con intereses afines, Gonzalo Villanueva y Beatriz Seguel, y Francisco Hernández y Chantal Lacazette. Todos conforman el grupo INCLÚYETE. Con la colaboración de sus respectivas comunidades de amigos y conocidos, aúnan esfuerzos para realizar acciones solidarias. En agosto, celebraron el Día del Niño en una multicancha de Lota. Y el 17 de diciembre realizaron una fiesta navideña para más de cien niños de Polcura, ubicado en la cordillera, cerca de Yungay. Para Paula lo mejor es la relación que se genera con las familias visitadas, los niños de todos se conocen y comparten, ayudando y viviendo una Navidad diferente y muy especial, donde el verbo recibir se cambia por dar.
“Se me hace muy fácil empatizar con los demás, sobre todo con los niños y abuelos. Un pequeño esfuerzo puede hacer mucho”.
“Hay una chispita que todos tenemos, solo basta que se encienda, que la gente se una y formen grupos de ayuda”.