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EDICIÓN | Diciembre 2016

EL TRÓPICO EN CHILE

Alberto Piwonka, fundador de Guallarauco
EL TRÓPICO EN CHILE

Lleva más de treinta años cultivando un negocio al que llegó sólo por el buen olfato y las ganas de diversificar su empresa constructora. Lo suyo son las frutas, pero no cualquiera, sino que las subtropicales: papayas, chirimoyas y lúcumas. Y no en cualquier formato: en conserva, puré, helados y jugos. La vuelta necesaria para el éxito.

Por Mónica Stipicic/ Fotos Andrea Barceló y Guallarauco

A un costado de la carretera que lleva a Los Andes, en un parque industrial, la maquinaria pesada se mezcla con los camiones de fruta. En este espacio conviven los dos mundos de Alberto Piwonka: el del ingeniero civil, creador de la constructora Tricam, y el del fundador de Guallarauco, la empresa nacional líder en frutas procesadas.

 

¿En qué minuto se encontraron estos dos mundos? Fue a principios de los ochenta, cuando este ingeniero se encontraba trabajando en la zona de la Ligua. Inmediatamente le llamaron la atención las condiciones climáticas de esa zona, que permitían la plantación de frutas de características subtropicales.

 

Sin pensarlo demasiado y confiando en su instinto, compró seis hectáreas y las plantó con paltas, chirimoyas y papayas. “No sabíamos nada del tema. De hecho, yo pensaba que era cuestión de plantar, ponerle candado al sitio y volver después a cosechar… pero no había pasado una semana cuando me empezaron a llamar porque faltaba agua y porque las plantas se estaban poniendo de todos colores”, recuerda.

 

¿Cómo enfrentó eso?

Yo ya me había aventurado a entrar en ese rubro y a poco andar me di cuenta de que era mucho más difícil de lo que yo pensaba. Lo primero que hice fue actuar como ingeniero, comencé a hacer pozos e instalar cañerías y después contacté a un especialista, que en ese momento fue don Gregorio Rosenberg. Cuando él llegó, lo primero que me dijo fue ‘venda esta tierra porque acá no hay solución’.

 

¿Frente a ese diagnóstico no pensó en abandonar?

Para nada. De hecho, le discutí, le dije que el clima era estupendo y que yo podía encargarme de traer agua. Me dijo que el problema era el suelo, que era de una arcilla muy densa y que para solucionarlo necesitaba de material drenante en que pudieran desarrollarse las raíces de las plantas. Inmediatamente me puse a trabajar para darle la tierra que necesitaba, llevé unas máquinas y construí los primeros camellones que hubo en Chile para frutales, que son acumulaciones de tierra en que las plantas quedan elevadas del suelo y permite el desarrollo de las raíces y un buen drenaje de la tierra.

 

¿Con eso se solucionó el problema?

La verdad es que cuando le mostré lo que había hecho me dijo ‘esta es una solución de ingeniero. Las raíces se van a salir por los lados, así que yo no me meto en esto’. Pero yo lo hice igual, porque pensaba que por ahí iba la cosa. Después llegó otra persona a asesorarnos, Francisco Gardiazábal, quien apoyó mi idea y trabaja con nosotros hasta el día de hoy.
 

 

CASUALIDADES EXITOSAS

 

Con un primer período muy precario y años mejores que otros, las plantaciones se fueron ampliando hasta llegar a las quinientas hectáreas que hoy tiene la empresa, repartidas en tres campos, en los valles de Longotoma y La Ligua.

 

“La primera etapa fue completamente artesanal. Molíamos las lúcumas en una casa… de hecho, una vez tuvimos que poner un techo nuevo, porque había tanto vapor adentro que se vino abajo”, recuerda. Poco a poco se fue mejorando hasta llegar a lo que tienen hoy, aunque siempre han mantenido la cosecha y producción en la misma zona: allá están los campos y las plantas de procesamiento. Los camiones y las instalaciones que hay en Santiago sólo se preocupan de la distribución.

 

Chirimoya, frambuesa, mango, papaya, piña, maracuyá, lúcuma, huesillos, peras y duraznos son las variedades con las que trabajan en distintos formatos. Este tipo de frutas, que claramente no son las más comunes ni masivas, fueron el foco de Alberto Piwonka. “Porque hay que buscar elementos escasos, aunque los riesgos sean mayores”.

 

El nombre de la empresa, cuyo gerente general es su hijo Juan Luis, responde a una simple —y a estas alturas anecdótica—, casualidad. “Cuando llegamos a la etapa en que debíamos procesar y comercializar la fruta, nos dimos cuenta de que había que buscarle un nombre a la empresa. Llegué donde mi abogado y amigo, Patricio Valdés, quien me ayudó con los asuntos legales. Como no teníamos nombre, él me dijo que conocía perfectamente la zona y que la playa donde desembocan estos dos valles se llamaba Guallarauco. El nombre me sonó bastante tropical y, además, correspondía al lugar desde donde venía la fruta, así que seguimos con ese”, explica.

 

Y como muchas veces de las casualidades nacen las mejores cosas, don Alberto recuerda que cuando su hijo tomó las riendas de la empresa, contrataron una asesoría para buscar un nombre que cumpliera con todos los requisitos que buscábamos y que reflejara lo tropical y novedoso. El resultado de mucho trabajo fue que el mejor nombre de todos era Guallarauco.

 

 

FRUTA E INNOVACIÓN

 

“Las cosas se van dando solas. Al principio no se me había ocurrido procesar la fruta. Pero nos encontramos con esta producción muy delicada, muy especial y que nos hacía depender mucho de su propio ciclo de maduración. Entonces concluimos que lo mejor era tener una vía de comercialización propia, solucionar el problema del deterioro de la fruta procesándola nosotros mismos y vender el producto final, sin tanto intermediario”, explica.

 

Mal que mal, nadie se come una lúcuma sola…

No, se hace puré. Tampoco se comen las papayas porque son fuertes. Las chirimoyas se comen naturales, pero también se usa mucho para jugo y heladería.
 

¿Siempre pensaron en jugo y helados?

Sí, ese fue el inicio, fruta procesada, aunque después le fuimos agregando otras características para hacerla más versátil e, incluso, a mezclar distintas variedades.
 

Y empezaron a aprender de industria alimenticia…

Claro. Y a poco andar nos dimos cuenta de que nuestra fruta se usaba para hacer jugo y decidimos meternos nosotros en ese proceso. La verdad es que cambiábamos en la medida que iban apareciendo nuevos desafíos.

 

Y en ese avance fueron haciéndose líderes en innovación

Es que va directamente relacionado y ha salido de manera natural. Hay una inquietud propia de pensar en darle la vuelta a las cosas, en buscar formas novedosas de consumir fruta. Y así han salido un montón de ideas, unas que han resultado y otras no. Me acuerdo cuando hicimos las conservas de papayas en bolsas plásticas: era tan cómodo que las señoras echaban las frutas en la cartera, pero después descubrimos que la fruta fermentaba y las bolsas empezaban a explotar… eso son los desafíos que hay que ir subsanando. No todo se ha planeado, pero siempre el norte es ir sacando adelante ideas nuevas.

 

Siempre atreverse…

Siempre atreverse, pero en forma medida. Cuando uno innova es muy riesgoso lanzarse en grande inmediatamente, se puede perder mucho. Pero sí hay que desarrollar contra resultado. Además, el mundo ha cambiado, la gente cada vez requiere satisfacer más y mejor sus necesidades y por eso hay que mejorar lo que existe y crear cosas nuevas.

 

Don Alberto tiene delegadas sus dos grandes empresas a sus dos hijos, pero sigue a la cabeza de ambas. Mirando, supervisando y participando en las grandes decisiones. Fue así como hace dos años fue parte de la negociación en que el Grupo Angelini adquirió dos tercios de la compañía. La familia Piwonka se quedó con los campos, un tercio de la sociedad y dos de los cinco asientos en el directorio.

 

¿Cómo surgió este acuerdo?

Pensamos que era bueno que entraran empresas con mayor grado de desarrollo que nos ayudaran a crecer. Ya nos habían llamado antes de otros lados, pero decidimos que era el minuto. Ellos llegaron aportando racionalización y metodología en el desarrollo empresarial.

 

Hoy en Guallarauco trabajan unas cuatrocientas personas y, por el momento, sólo operan a nivel local. Exportar es uno de los desafíos pendientes, pero para lograrlo tienen que asegurar otras variables, como la estabilidad de la fruta y el volumen de producción. “Yo siempre he pensado en exportar lúcuma y hace mucho tiempo me enfoqué en eso y contacté a una tremenda fábrica de helados a nivel mundial, Häagen-Dazs, hasta que convencí a su gerente para el Cono Sur a que viniera y conociera lo que hacíamos. Y se entusiasmó mucho, tanto que me dijo que íbamos a fabricar helado de lúcuma durante una semana en una de sus fábricas más pequeñas, ubicada en Singapur. Llamó y me pidió que le enviara de inmediato quince contenedores… ¡nosotros producíamos, como mucho, cuatro al año! Así que hasta ahí no más llegamos”, recuerda con una sonrisa.

 

“Yo pensaba que era cuestión de plantar, ponerle candado al sitio y volver después a cosechar… pero no había pasado una semana cuando me empezaron a llamar porque faltaba agua y porque las plantas se estaban poniendo de todos colores”.

“Nos encontramos con esta producción muy delicada y nos dimos cuenta de que lo mejor era tener una vía de comercialización propia, solucionar el problema del deterioro de la fruta procesándola nosotros mismos y vender el producto final, sin tanto intermediario”.

“Hay una inquietud propia de pensar en darle la vuelta a las cosas, de buscar formas novedosas de consumir fruta. Y así han salido un montón de ideas, unas que han resultado y otras no”.

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