Sully nos recuerda lo más importante de la industria del transporte aéreo: teóricamente sus normas de seguridad son infalibles cuando se trata de máquinas, pero la decisión siempre está en el flexible factor de que hay un ser humano en la cabina.
Encendí la televisión y CNN ya estaba transmitiendo esta icónica escena con el Airbus A320 de US Airways aún flotando en el río Hudson con los pasajeros parados sobre sus alas y ya siendo socorrido por los primeros ferrys. ¿Qué hace un A320 flotando en el Hudson y sin daños? A solo tres minutos de haber despegado del aeropuerto de La Guardia y teniendo una altitud muy baja de 900 metros, una bandada de gansos fue succionada por las dos turbinas dejándolas inutilizadas y el Airbus a la deriva. El capitán Chesley “Sully” Sullenberger consideró volver a La Guardia o aterrizar en el otro aeropuerto cercano, Teterboro. No tenía la capacidad de planeo para llegar a estos aeropuertos y en una decisión hasta hoy admirable por la rapidez con que fue evaluada, decidió aterrizar de emergencia en el único lugar “despejado” donde podía hacerlo –en el río Hudson– siendo hasta hoy quizás el único amarizaje exitoso y sin la pérdida de ninguno de los 155 pasajeros.
Sully, milagro en el Hudson (2016) es una película biográfica dirigida por Clint Eastwood basada en el libro Highest Duty del mismo Chesley Sullenberger. Está protagonizada por Tom Hanks, Aaron Eckhart y Laura Linney. La película a ratos toma una estética similar a programas tipo Mayday, emergencia en el aire del canal Discovery, siendo difícil trazar la línea que los diferencia, hasta que aparece como un personaje crucial en el guión la burocrática NTSB (Junta Nacional de Seguridad en Transporte), quienes mencionan el antecedente clave diciendo que “la turbina derecha no había quedado totalmente inutilizada y podía proveer al Airbus de suficiente potencia para regresar a La Guardia sin tener que amarizar en el río Hudson”. En este momento es cuando uno piensa que el mundo está al revés y que todos los teóricos de escritorio son unos inservibles despiadados que vacían su frustración vocacional por no poder volar como profesión, hacia pilotos que se juegan la vida en cada despegue.
Con el fatal accidente hace unos días del equipo Chapecoense en Colombia, Sully nos recuerda lo más importante de la industria del transporte aéreo: teóricamente sus normas de seguridad son infalibles cuando se trata de máquinas, pero la decisión siempre está en el flexible factor de que hay un ser
humano en la cabina. Si la aerolínea LaMia hubiera tenido a Sully de capitán nunca hubiera despegado desde Bolivia. En Nueva York su inmediata capacidad para analizar la crítica situación los salvó a todos. Aquí está el mayor tesoro de esta película. No apela a la emoción de primera capa ni al relato lineal y predecible. Al estar construida sobre raccontos ordenados casi en tiempo real, estos hacen que uno olvide que ya sabe el final de la historia y te coloca dentro del vuelo 1549, con toda la dosis de adrenalina, incertidumbre y angustia que sentirías si hubieras abordado este vuelo esa fría mañana de invierno en Nueva York.
En Sully dejas el cine con una sensación muy extraña, mostrando que durante esos 207 segundos los pilotos hicieron lo que debían hacer y no hay por qué aplaudirlos ni considerarlos héroes (como si amarizar fuera tan rutinario como ir a comprar pan). Una noche de noviembre de 2005, volando desde Tokyo a San Francisco, a bordo de un 747 de JAL Airlines, estuvimos atrapados a 10.000 metros de altura y durante una hora dentro de una corriente en chorro que sacudía el Boeing como una coctelera. Fue la primera vez que sentí que podía morir dentro de un avión. Como iba sentado junto al ala sentía cada intento del piloto por hacer lo único que debía hacer: entregarle más fuerza a las turbinas para descender a una altitud menor, debajo de la corriente. No lo sabía, pero en ese momento el actuó como el Ángel-Sullenberger que ojalá nos cuide y proteja cada vez que tengamos que elevarnos hacia los azulados cielos de nuestro planeta