Vengo de participar en la II Conferencia Internacional de Indología, celebrada en la ciudad de Shenzhen, República Popular China. Este fue un encuentro de especialistas en estudios de India, su cultura y civilización, organizado por dos entidades equivalentes: el Indian Council for Cultural Relations, y la Asociación del Pueblo Chino para la Amistad con Países Extranjeros.
¿Por qué una conferencia sobre India, en China? Simple, porque son dos civilizaciones que por milenios se han encontrado e influenciado. Y si bien India fue la que más dio, China supo recibir con inteligencia y agradecimiento. El paper de este columnista a la Conferencia fue acerca del intercambio que ya ocurría desde tiempos remotos. Hace cinco mil años, ya había movimiento de gentes a través del Asia Central. Iban y venían por los oasis y enclaves de lo que se podría llamar fue la primera ruta comercial del mundo. Porque el Asia central siempre estuvo muy habitada. Si bien no tuvo concentraciones como sí hubo desde los albores de la historia en Mesopotamia, o en las orillas del Indo, las inmensidades del Asia interior fueron abundantes en tribus de nómades. De paso, aclaremos que nunca existió una “Ruta de la Seda”, nombre que se usó en libros recientes de aventuras y viajes. Sí hubo, desde hace cinco mil años, un nutrido intercambio por el Asia Interior de todo tipo de bienes desde focos de civilización del Cercano Oriente, Medio, con el Lejano Oriente. En el centro quedó la zona Bactrio-Margiana, eje y área de encuentro entre lo que venía de Mesopotamia, con India, y la Lejana China.
Desde siempre, hubo movimiento de un poblado a otro, buscando intercambiar bienes. A más frecuentado era un lugar de comercio, mayor era la posibilidad de lograr buena valoración e intercambio para lo que se poseía. Sistema de trueque en que también opera la oferta y la demanda; escasez o abundancia, hacía a los bienes más o menos valiosos. Así, además de alimentos, pieles, tejidos, se tranzaba cobre, oro, plata, perlas, piedras preciosas y semipreciosas, jade, ámbar, y marfil. Este último tenía tres procedencias: África, India y la Siberia. El marfil siberiano con su suave color canela, es el de colmillos de mamut, animales congelados durante la Era Glacial. Los grandes colmillos eran muy apreciados en China, usados para realizar maravillosos tallados en una sola pieza. La “Ruta de la Seda”, mejor podría ser llamada entonces Ruta del Marfil. Pero, no sólo fluyeron mercancías; entre viajes y movimientos, se difundieron adelantos técnicos, conocimientos y mensajes. Cristianismo, budismo, islam y otras variantes, se esparcieron en todas las direcciones por el interior de Asia.
Al final de toda la red de comercio y movimiento estaba China. Donde, desde “el comienzo del tiempo, cuando reinaba Huang-dí”, hasta la plena era imperial se apreció toda novedad y era bienvenido todo peregrino. China estaba muy lejos; más allá de todas las estepas y desiertos; detrás de montes y cordilleras. El pacífico mundo chino siempre supo oponerse a las invasiones violentas; mas no objetaba a los extranjeros si traían buenas intenciones e ideas. Ofreciendo cautelosa hospitalidad, observaban las curiosidades ofrecidas por el forastero. Tras cerciorarse de que se trataba de aportes valiosos, abrían sus puertas. A la larga, siempre adaptaban las novedades y llegaban en eso a ser los mejores. Así, los chinos fueron los mejores broncistas, más tarde hicieron maravillas con el hierro. China siempre seleccionó a quien entraba; sometían lo foráneo a aislamiento. En espacios externos observaban el comportamiento de la cosa o del aspirante que quería vivir dentro del imperio (¡sabiduría china!). De ese modo, dejaron entrar al budismo, pero no al islam. Es la explicación de la existencia de lugares legendarios, como el Templo de Shaolín, y semejantes. O de las provincias externas donde hasta el presente se practica el islam.
Hoy se habla y se ha escrito sobre una nueva era de complementación y mutuo entendimiento. Chindia es la integración de dos superpotencias económicas que han mantenido fructíferos lazos a lo largo de la historia. La conferencia en Shenzhen fue fértil en proposiciones, muy buenos papeles; más discursos oficiales en la inauguración y la clausura por autoridades que comprometieron a ambos países. Chindia existe, y es una lección para un Occidente desorientado que no sabe cómo tratar a los inmigrantes, ni controlar las oleadas migratorias. Los dos países más habitados del mundo, que juntos suman más de un tercio de la humanidad, no temen a los abrazos, ni a los encuentros, ni a los préstamos, ni a las visitas mutuas. Usted dirá… sí, suena bonito, pero los separa el colosal muro del Himalaya. Es que cuando se sabe ordenar, y poner cada cosa en su lugar, se puede vivir en armonía y en paz.